¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 21 #4
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Capítulo 21 #4

Fayna no dice nada. No hace falta para que sepa qué está pensando.

Piensa que ha sido injusta con el equipo.

Piensa que nos ha llamado egoístas de mierda cuando ella ha sido más egoísta que nadie.

Piensa que no se equivocaba al sentir una pequeña debilidad por Karen, su guiri, porque hasta Karen, su guiri, tiene penas arraigadas al alma.

Piensa que tiene que mejorar, eso lo sé por el modo en que toma aire.

Piensa que tiene que ser mejor que todo esto que ha sido.

—Nada en ti es perfecto, mi niño —me sorprende diciendo, la vista aún orientada al horizonte.

Esta tarde, Fayna es del color del ámbar, está más bronceada, sus ojos son rojos como los rubíes de la cueva de las maravillas de Aladdín.

—¿Perdona? —protesto con la mano en el pecho, pero sé a qué viene eso y sé a qué se refiere.

—Ni tu trabajo, ni tu familia. Nada en ti es perfecto. Yo esas cosas las huelo, ¿sabes? —Se unos golpecitos en la nariz perforada—. Nunca me habría fijado en ti si hubieras sido ideal.

—¿Ahora es cuando empiezas a insultarme?

—No es un insulto. Es un reconocimiento de dignidad.

—¿Quieres decir que solo sufrir nos hace dignos?

—Dignos seres humanos —confirma con un asentimiento.

—¿Eso no es lo que se cuentan aquellos que sufren para que no los consuma la desesperación? «A veces se gana, a veces se pierde, siempre se aprende»; «No hay luz sin oscuridad», etcétera.

—Es que no hay luz sin oscuridad. ¿Sabes cuántos turnos de tarde tienes que comerte encerrada en una cafetería o una tienda de ropa para valorar algo tan simple como estar aquí sentado un jueves laborable? —pregunta con la ceja enarcada, y señala el paisaje con un gesto de cabeza.

—Seguro que unos pocos —contesto mirándola con fijeza.

—Sí, unos pocos. — Mierda, mi sutil invitación para que continúe desahogándose ha ido al palo —.

No sé si tú tuviste que trabajar explotado en alguna parte, ni sé si tienes una abuela o un padre enfermos —no se me escapa que dice «padre».

Es su padre el familiar de quien tuvo que cuidar, pues.

Lo anoto en la libretita de mi cabeza, la de las cosas importantes—, pero sí sé que la sensibilidad artística es producto de algún tipo de dolor.

—¿Esa es tu teoría? ¿He tenido que sufrir porque aprecio el arte y soy capaz de crearlo?

Porque yo diría que la sensibilidad artística es, más bien, producto del egocentrismo.

A todo el mundo se le ocurren ideas; solo los engreídos como yo nos creemos no ya en el derecho, sino en la obligación de llevarlas a término.

—Esa es una forma muy mediocre e injusta de describir a los artistas.

—Es que a lo mejor la palabra «artista» me viene grande a mí en concreto.

—Lo dudo. No estás grabando este documental porque no tengas nada mejor que hacer o no se te ocurran proyectos de mayor envergadura. Ganaste premios, ¿no?

—Solo un par.

—Y prestigiosos —insiste—. Más que suficiente para llamarte artista.

—¿Qué es eso que oyen mis oídos? ¿La Fayna Silvestre haciéndome un cumplido?

No me mira, pero el rastro de sonrisa que tontea con sus labios pintados de atardecer me lo dice todo.

Es mío, el rastro. Y la sonrisa.

Y los labios, si me apuras.

—No creas que escurriste el bulto con éxito. Sigo pendiente de la conversación principal.

Me hago el sueco por si acaso colara.

—¿Qué conversación principal?

—Una vez me dijiste que te dedicabas a decepcionar a tu familia. Me dijiste que eras quien curaba las heridas de tu hermana. Me dijiste que abortaste una vida empresarial que no querías...

—Veo que apuntas todo lo que sale de mi boca.

—¿Por qué insistes en negar que eres como todos nosotros? —me interrumpe.

—No lo niego. Es que no hay nada que quiera compartir.

No es mi historia —aclaro—, y si no es mi historia, no me corresponde a mí contarla.

Sí puedo decirte que las he pasado canutas para llegar hasta aquí.

Puedo decirte que he tenido que renunciar a muchas cosas, cosas que para ti podrían ser una prioridad sagrada.

Puedo decirte que yo también mataría y me dejaría matar por alguien; por mi hermana Laia.

Puedo decirte que mi vida debería ser muy diferente a lo que es ahora mismo.

Fayna me mira de reojo.

—¿Y por qué no es muy diferente a lo que es ahora mismo?

—Porque soy un rebelde.

Ella sonríe con una satisfacción que no me pasa desapercibida.

—Eso lo supe en cuanto te vi. Eres una persona a la que no le importa cargarse su maleta para no pagar lo que le dice la aerolínea, y no creo que sea por una cuestión de dinero, porque llevabas puestas unas sandalias Camper.

—Conque reconoces una sandalias Camper, ¿eh?

—¿Cómo no las voy a reconocer? La marca lleva spameándome el correo con propuestas de colaboración desde que empecé en TikTok.

—Pone los ojos en blanco y reacomoda su postura abrazándose más las piernas—.

Consideran que soy la persona indicada para publicitarles los modelos porque siempre llevo los deditos al aire.

Los hace bailar moviéndolos de una forma graciosa que me arranca una sonrisa.

Se distrae enseguida de la conversación y de sus pies con la intromisión de un zumbido: el batir de las alas de lo que pensaba que era un insecto poco agraciado y más bien molesto, pero que resulta no ser ni feo ni mediocre en absoluto, o al menos nadie definiría así a...

—Una libélula —exclamo con asombro—. ¿Cómo es que las hay volando en la playa?

—¿Una libélula, dices? —repite ella, sonriendo extrañada—. Un folelé.

—¿Cómo que un folelé?

—Así lo llamamos en algunas zonas de Tenerife. Al menos en el suroeste de la isla, de donde yo soy. —Alarga la mano hacia el punto del aire en el que la libélula se sostiene como un colibrí, batiendo las alas a una velocidad hipnotizadora—. Un folelé.

Le copio la palabra pronunciándola solo para averiguar cómo suena, cómo sabe, cómo se mueve la lengua. Me despierta una inesperada ternura, como todas las palabras que parecen inventadas por un niño porque repiten sílabas, porque parecen carecer de raíz léxica, porque me recuerdan a un juguete.

Fayna se ríe conmigo por esta última diferencia cultural, que cualquiera creerá inocua pero a mí me conmueve inexplicablemente. Es como si hubiera conocido a un alienígena y a ese alienígena también le hubiera gustado yo. La colisión de dos planetas.

Rompo el silencio al cabo de un ratito.

—No has dicho nada de mi cara, ¿sabes?

—¿Qué?

—«No tienes un trabajo perfecto. No tienes una familia perfecta» —la cito—. Pero no has negado la perfección de mi cara.

Fayna ladea el rostro en mi dirección. Por fin me libro de su perfil indiferente y puedo mirarla a los ojos color sol, que con esta iluminación se derriten, son de un material precioso que pertenece a otro mundo; podrían ser xenonita eridiana si la xenonita eridiana de la película de Gosling fuera dorada y no plateada.

No sé si soy yo el que la mira con una intensidad sobrenatural o es ella la que con su concentrada manera de observarme gana esta vez la guerra de la tensión insoportable.

Diría que sí, que es Fayna la que me hipnotiza en esta ocasión, porque me desarma hasta tal punto que no veo venir la caricia de sus dedos en mi ceja izquierda.

—Esta cicatriz de aquí —murmura—. Tu cara no es perfecta por su culpa.

—Entonces menos mal que no te gustaban las cosas perfectas, ¿no?

—¿«Menos mal»? Qué mala suerte, más bien —corrige con el mismo tono de voz, aunque con un ligero desprecio hacia sí misma—. Así no me gustaría nada nunca porque aquello capaz de gustarme no existiría.

—Pero existe.

Fayna me aguanta la mirada y yo se la aguanto a ella.

Esta postura suya de abrazarse las rodillas me había parecido infantil y medio nostálgica, pero ahora que me fijo no es más que otra pose defensiva de tantas de su repertorio, un campo de fuerza que invoca para repelerme o para ponerme a prueba, porque no dudo que en el fondo desea que vulnere sus barreras y la tome entre mis brazos.

De hecho, cada vez que me pelea, el subtexto no es «libérame de ti, por favor», sino «demuéstrame que eres digno».