Capítulo 21 #3
— I’m so happy I came with you, guys —suelta de repente.
Fayna es la primera en alzar la cabeza, sacudirse el sueño de encima y mirarla con atención.
Todos nos concentramos en ella, no solo porque siempre que habla dice algo que merece la pena escuchar; también porque su tono no es el dulce o desahogado al que nos tiene acostumbrados—.
I was so tired of Madrid. So tired of my routine…
So tired of my husband —añade con un hilo de voz.
—Si te gustó el notas del piercing , no tienes que darnos explicaciones —señala Fayna con una sonrisa divertida—. Aquí nadie te va a delatar con Javier.
— I’m not cheating on him! —exclama, ofendida—.
It’s just... I didn’t tell you, but I decided to join you all because I needed time apart to think about my marriage.
I’ve been considering… —Se muerde el labio, dudosa.
Candela apoya los codos en los muslos y se echa hacia delante para animarla a continuar.
Karen agacha la cabeza—. This is awful, and you’re not the appropriate people to say what I’m…
He’s your employer, I mean... —Deja de gesticular, atacada de los nervios, y acaba mirando a Yasen, su indiscutible favorito—.
I’m unhappy, you know? I’ve been seeing a therapist all these past months. In English, of course.
— Of course —conviene Yasen.
— We came to the conclusion that my problem is...
—Javier —completa Fayna.
— It’s not that he’s a bad person! —se apresura a explicar—.
He’s just obsessed with his job, with money, with…
And when I married him, I thought that was all I cared about too.
I was young, pretty, vain; I was a model, for God’s sake!
What did you expect? The world revolved around me.
But now that I’m about to turn... —Hace un aspaviento para abarcar el número prohibido—.
I don’t know. Call it a middle-age crisis if you may, or maybe a revelation.
Thing is —continúa— I gave myself a couple of weeks to indulge myself with different activities, to meditate, to figure out what life can be far away from Javier , just making use of my free will, my savings, and…
I actually… I’m afraid I… I like being far away from him —confiesa con un hilo de voz.
Agacha aún más la cabeza y se cubre la cara con las manos—. I don’t even miss him. Not a bit.
Por un segundo solo se oye la canción que hace bailar a los doce apóstoles de Maspalomas: un éxito de ABBA , Dancing Queen .
Fayna, ceñuda por la preocupación, hace el amago de levantarse para abrazarla, pero Candela se adelanta pasándole un brazo por los hombros y dice, en inglés:
—Sé cómo te sientes. No hay nada peor que obligarte a hacer o querer algo que no está alineado con tus deseos.
¿Y por qué nos obligamos? ¿Por no ser desagradecidas?
¿Somos desagradecidos por cambiar de opinión?
, ¿por crecer? Yo tampoco era feliz en Córdoba, ¿sabes?
Y quien estaba allí eran mis padres, a los que quiero con locura.
Pero no me entienden. No respetan mis sueños.
Con ellos no hay forma de hacer las cosas bien.
Tenía que irme, aunque fuera sintiéndome culpable.
— He doesn’t respect me either —confiesa Karen.
Mira a Candela con los ojos cuajados de lágrimas—.
He thinks I’m this stupid blonde with no opinions, feelings or whatsoever.
I’m pretty sure he just married me because I was american, and that gives some sort of…
aura, as you young people say nowadays. And because I was a knock-out, obviously.
—Obviously —vuelve a asentir Yasen.
—But I’m none of that anymore. As you said, I want to know what I’m capable of on my own.
—Nadie te obliga a estar con él, Karen —le recuerda Yasen—.
Dices que tienes ahorros, supongo que de la época que trabajaste en pasarelas, y seguro que podrías volver a trabajar si necesitaras mantenerte.
Mi abuela no tuvo esa suerte, así que se vio forzada a quedarse con mi abuelo hasta que murió, y para cuando se liberó de ese demonio, le diagnosticaron Alzhéimer.
Nunca es tarde para empezar de nuevo, pero, al mismo tiempo, hay que empezar cuanto antes, ¿entiendes?
—No sabía lo de tu abuela —murmura Candela, sobrecogida.
—Ya ni siquiera se acuerda de mí —confiesa Yasen.
Tiene las manos entrelazadas sobre el regazo y se inclina hacia delante como los demás.
Si el fuego no crepitara entre nosotros, abriendo una separación, estaríamos como los niños que juegan a los tazos, con las cabezas juntas—.
Por la naturaleza de mi trabajo, que me obliga a viajar constantemente, y también por la indiferencia de mi familia tuve que internarla en una residencia.
No estoy orgulloso, pero es lo único que pude hacer.
Soy quien la paga, y no es barata que se diga.
Por eso, en parte, fui algo traicionero contigo —añade mirando a Fayna.
No sé si es el reflejo del fuego en el cristal de las gafas o que él también se ha emocionado, pero da la impresión de que vaya a llorar—.
Mi abuela es mi vida. Haría lo que fuera para asegurarme de que esté bien.
Fayna sacude la cabeza.
—No pasa nada, Yasen. Lo entiendo. Yo también haría lo que fuera por mi familia.
Sé lo que es tener a un miembro cercano enfermo y sé, sobre todo, lo que es que nadie lo quiera ayudar y solo tú puedas levantarlo —apostilla en voz baja.
Asiente para sí misma, la vista clavada en las llamas—.
Tuve que hacer muchas, muchísimas travesuras, por decirlo de un modo suave, para sacarlo adelante. Y lo haría mil veces.
Hay un pequeño hiatus en la charla en el que sin embargo seguimos interactuando.
Bajo la superficie del silencio, un mecanismo continúa funcionando.
Quizá ese mecanismo no es conversacional, pero produce un movimiento que nos acerca los unos a los otros.
Karen solloza en brazos de Candela, que vigila de soslayo el comportamiento siempre austero del callado Yasen.
El sonidista y Fayna, por su lado, entierran del todo el hacha de guerra tan solo aguantándose la mirada como lo harían dos veteranos de una guerra particular.
Una a la que han ido juntos aunque no coincidieran espaciotemporalmente.
Luego, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, se giran hacia mí.
Es Cancán la que resuelve el misterio antes de que se me ocurra preguntar qué pasa.
—¿Y tú qué? ¿No piensas contar nada personal?
—¿Acaso Fayna ha contado algo personal? Solo ha tirado una miguita.
—Tú no has hecho ni eso y te estás beneficiando de una apertura de confianza. No seas rácano —me reprocha Candela.
—¿Qué queréis que os diga? —Me enderezo y cruzo las piernas a la altura de los tobillos, donde pierdo la mirada para huir de la curiosidad y el juicio ajenos—. Mi vida ha sido siempre perfecta.
—Sí, claro —rezonga Cancán.
—Te lo juro. —Me encojo de hombros—. Mi familia es perfecta. Mi carrera académica ha sido perfecta. Mis trabajos son perfectos. Y mi cara... —añado, acariciándome la barbilla con los dedos—. En fin, ¿qué decir que no hayáis visto ya?
Fayna pone los ojos en blanco y se levanta del tronco como si ya hubiera tenido suficiente.
De seguro lo ha tenido. No tolera ni la tontería —«boberías», le dice ella— ni la intensidad emocional por demasiado tiempo.
En eso somos iguales. A lo mejor me gusta hacer el canalla, pero nunca sin el beneplácito o la correspondencia de mi interlocutor.
A lo mejor soy insistente en mis declaraciones de afecto, pero no hay huevos a sacarme un «te quiero» ni nada más comprometedor que «me gustas y quiero volver a follar contigo».
Antes de marcharse a la orilla, Fayna abraza a Karen.
Se diría que incluso la acuna, porque la norteamericana se aferra a ella y apoya la cabeza en su hombro igual que una niña asustada.
Fayna tiene la fortaleza de carácter de una madre de familia para sostener sus sentimientos y su dolor sin inmutarse.
— For what it’s worth —oigo que le dice con los labios pegados a su pelo—, I think you’re still a knock-out. And way too much for him.
— In what sense?
— In all of them. —Le guiña un ojo—. He should be working his ass off to deserve you. Don’t let anybody take you for granted.
Nunca habría dicho que Fayna, entre todas las personas, sería la que conocería las palabras exactas para ahuyentar a los monstruos de la nostalgia.
Pero las conoce. Ha sabido cuáles necesitaba Karen, porque una enorme sonrisa de agradecimiento le espanta las lágrimas de los ojos y sé, igual que saben los demás, que dentro de unos minutos habrá recuperado su ánimo adolescente.
El ánimo absolutamente inofensivo que de seguro le ha estado ocasionando peleas con su marido porque hay gente que se toma demasiado en serio a sí misma.
Fayna le da un beso a Candela en la coronilla y le aprieta el hombro con cariño a Yasen antes de encaminarse al mar.
Observo su silueta recortada por los tonos de agua y de fuego de los que se prende el atardecer marítimo mientras se saca el top por la cabeza, se quita la falda y, con solo unas bragas tipo culotte , se interna en el suave oleaje.
Trago saliva con discreción, a sabiendas de que a estas alturas incluso eso podría delatar mis sentimientos, y me pongo de pie sin pensarlo dos veces.
Para cuando llego a la orilla, a la que me he dirigido con las manos en los bolsillos y aparentando indiferencia, Fayna ya ha salido del agua, empapada, y se ha sentado en la orilla con las rodillas abrazadas para cubrir su desnudez.
Resisto la tentación de fotografiarla o algo peor, algo más permanente, como sorprenderla por detrás con un beso en el hombro, y en su lugar me siento a su lado para contemplar los últimos destellos del ocaso.
No es nuestro primer atardecer y no quiero que sea el último.