Capítulo 21 #2
—Pues porque, para empezar, no tiene forma de concha. Y por el pequeño e insignificante detalle de que la gente que ha puesto la música a toda leche está de barbacoa y completamente desnuda, dos prohibiciones que suelen tener en común todas las playas.
—¿Nos has traído a una playa privada? —le pregunto a Karen, no sé si más asombrado o divertido, me temo que nunca fastidiado.
Ella pestañea dos veces. El mensaje es claro: háblame en inglés. O eso es lo que yo extraigo de su reacción indiferente, al menos, pero es obvio que me equivocaba porque Karen no espera a que me explique en su idioma materno y sigue adelante.
La escena es tal y como la ha descrito Fayna.
La cala es minúscula —pero no por ello menos encantadora— y está ocupada por una docena de sujetos de mediana edad totalmente en bolas, la mayoría quemados por la continua exposición al sol, algunos con tatuajes a color old school , todos con cócteles de colores y con sombrilla en la mano.
El único que no anda en pelotas es el tipo que sacude la cabeza al ritmo de la canción que revienta los altavoces, un calvo musculoso con la barba perfilada.
Se cubre las vergüenzas —no así el culo— con un delantal que pronto descubro que reza «Chef por fuera, golfo por dentro».
Uno de los fiesteros que había estado bailando muy pegado a otro tipo se coloca la mano como visera al vernos llegar.
—Jaime, ¿estos son los amigos que dijiste que al final se rajaron?
El tal Jaime es un treintañero con el pelo rapado al uno y decolorado.
Al igual que un elevado porcentaje de sus acompañantes, también le echa horas al gimnasio.
Se gira bastante orgulloso de su desnudez —yo también lo estaría si tuviera su físico.
Y su herramienta— y nos valora con los ojos entornados.
—Ni puta idea de quién es esta gente.
—¡Lo sentimos mucho! —se adelanta Candela con las manos en alto—. ¡Nos hemos equivocado! ¡Íbamos a la playa de la Concha!
—Y acabamos en la playa de la pinga —apostilla Yasen en voz baja.
Me muerdo el labio para no reírme.
—¿A la playa de la Concha? —Jaime y el que asumo que es su pareja intercambian una mirada antes de reírse de buen humor—.
Pues ya estás viendo que mucha concha no hay por estos lares, y a nosotros, como puedes observar —abarca la barbacoa con un ademán femenino.
Se está asando medio kilo de salchichas—, nos va más la carne.
—La playa de la Concha está a unos cinco kilómetros de aquí —explica el otro.
—Qué raro —comenta Fayna por lo bajini. Ha puesto los brazos en jarras, y aunque evita mirar a Karen del mismo modo que Karen evita mirarla a ella, es evidente en su tono que está volviendo a recordar a sus ancestros—.
Pues en una playa privada, como comprenderéis, no vamos a grabar nada. Y menos siendo una cala escondida.
—¿Grabar? —repite Jaime—. ¡Oliver, cielo, baja la música!
Pese a estar abstraído con su mesa de mezclas, Oliver obedece. No puedo evitar que me sorprenda que un tipo de unos cincuenta años —llevados con estilo y encanto personal, eso sí— sea el encargado de poner los últimos éxitos de Charli XCX .
Parece que el petardeo de discoteca del disco Brat no tiene edad.
Nos gusta a Laia, a mí y a los exhibicionistas majoreros.
Candela se adelanta a explicar con grandes aspavientos lo que hemos venido a hacer aquí, a Fuerteventura, por lo que resta de día.
Uno a uno, como palomas atraídas por las migas de pan en el parque, los invitados a la fiesta se van acercando.
Nos miran con una curiosidad llamativa considerando que son ellos los que están gloriosamente desnudos salvo por, en algunos casos, un collar de cauris, una manga entera de tatuajes y un piercing príncipe Alberto.
Término que, para quien no lo sepa, alude a un pedacito de metal atravesándote el glande.
Karen, que como ya sabemos no tiene vergüenza ni la conoce, se queda mirando el adorno navideño del tipo como si le estuviera realizando un hechizo de hipnosis.
—¿Te gusta, rubia? —le pregunta él con una sonrisa ladina.
Karen entiende español cuando le conviene, así que no me extraña que levante la cabeza y asienta con una sonrisa juguetona.
Parece ser que nuestra guiri ha localizado a primera vista al único miembro del Equipo Majos Desnudos que no es gay al cien por ciento y que no tiene una relación, un rollete o un «vínculo sin exclusividad» con alguno de los presentes: el colega, que acabará de cumplir los treinta y cinco, le tiende la mano a Karen y la invita a bailar la cancioncita de salsa que Oliver ha fusionado con el final de Club classics .
—¡Ah, bueno! —exclama Jaime. Suponemos que es quien maneja el cotarro—.
De ser así, no problem! Ya que están aquí, graben su atardecer y quédense a gusto.
Es incluso mejor que sea en esta zona y no en la playa de la Concha, que siempre está a rebosar de guiris.
Incluso si quieren sacarnos a nosotros, adelante. Censurando las partes nobles, claro...
—Habla por ti —interviene un pelirrojo con mucha sorna—, que yo soy ejecutivo de cuentas de una empresa y no quiero que mis becarios me vean el culo. A mí me censuráis la cara también, ¿eh?
Fayna se está mordiendo el labio, vacilante.
A veces es tan transparente que parece que le esté viendo los pensamientos: no le teme a sacar en pelota picada a un grupo de raveros con pasión por el bradwurst —esto no va con segundas, ¿eh?
Están haciendo salchichas a la barbacoa, literalmente —, sino a que el espectador medio investigue a raíz de la grabación y averigüe que existe este discreto paraíso a cinco kilómetros de la trampa de turistas que es la playa de la Concha.
—No diremos dónde es —le prometo, anticipándome a su protesta—. Tampoco podremos, porque no sabemos cómo se llama. Probablemente ni siquiera tenga nombre.
—Están cometiendo una ilegalidad —me replica en voz baja—. No se puede hacer fuego en las playas. No sin permiso del ayuntamiento.
—Es un fuego controlado, y yo creo que si se fuera de madre, entre los doce que son ellos y los cinco que somos nosotros, lo extinguiríamos sin problema.
Venga... —No puedo resistirme a pasarle el brazo por la cintura y estrecharla contra mi costado.
Ya se ha secado después del chapuzón, pero el pelo se le ha quedado algo tieso por la sal y sigue oliendo a mar—.
Alócate un poco. Cómete una salchicha. Son buenos tíos.
—Sí que lo son —suspira.
Cómo se le nota el cansancio a La Fayna Silvestre, que al final del día no tiene fuerzas ni para oponerse a las injusticias. Te juro que si la miras con los ojos entrecerrados, casi puedes ver a Superman con el traje hecho trizas y en urgente necesidad de su ratito de solarium .
Persuadida por el olor a carne vegana, pues por lo visto Oliver se unió a la secta del tofu a los veinticinco años y desde entonces vive satisfecho consigo mismo, Fayna se acerca a la pequeña hoguera que han improvisado otros cinco de la fiesta y toma asiento en el tronco que galantemente le cede un tal Yeray, el único con nombre guanche.
Me opongo a hacer el ridículo de rodear el círculo para hacerme un hueco a su lado. Me resigno a colocarme justo enfrente de ella, de manera que solo la pierdo de vista cuando las llamas crecen avivadas por el atizador que Yeray enarbola como el diablo de Timanfaya su forja de cinco puntas.
(No solo la miro. También la escucho cuando habla. A esto ella me diría: bare minimum ).
Descubrimos que es el cumpleaños de Jaime.
Ni más ni menos que cuarenta y siete años —«La edad más sexy», dice él; «La edad que tienes siempre es la más sexy», se burla con cariño su pareja—.
Lleva viniendo a esta cala desde que era un crío.
La mayoría de sus amigotes son naturales de Canarias, pero de distintas islas, y muchos de ellos tuvieron que emigrar a la Península en busca de oportunidades laborales que hicieran justicia a su exhaustiva formación académica.
Fayna no tarda en involucrarse en la conversación con mucho interés.
Aunque ninguno utiliza el vocabulario profesional que ella emplea en sus vídeos, la crítica —o, mejor dicho, la pena— está implícita en el mensaje que lanzan: el curro les ocupa tanto tiempo que no pueden volver a su tierra con la frecuencia con la que querrían, están luchando para que les den más vacaciones o incluso semanas enteras de teletrabajo para mudarse de regreso a sus islas; lamentan la subida desproporcionada de precios por efecto del turismo, lamentan no poder visitar sus bares, playas y rincones de confianza sin toparse con una horda de peña angloparlante haciendo colas kilométricas, lamentan haber perdido la esperanza de que las cosas sean lo que eran por obra de la condena del tiempo y el empeoramiento general de la economía y la sociedad.
Con la venia de todos ellos, y aprovechando que poco hay que censurar porque con las piernas recogidas no se les ven las vergüenzas, grabo la conversación saltando de cara en cara.
Como siempre suele darse —parece un rasgo propio de los gays, como lo es el vestir de negro de los góticos—, el grupo de amigos tiene un sentido del humor desternillante y aunque critiquen la explotación de las islas, lo hacen con un ingenio y unas expresiones caseras que levantan carcajadas a cada tanto.
Incluidas las mías, y con el efecto que eso tiene: la cámara tiembla y acabo teniendo que improvisar una sujeción distinta de mis manos para ahorrarme el viaje al coche a por el trípode.
En cuanto han comido, se levantan y suben la música para arrancar a bailar con la caricia de los últimos rayos de sol.
Nos sorprende que Karen no se marche con ellos, sobre todo porque no ha dejado de flirtear con descaro con Míster Príncipe Alberto.
Se queda sentada en posición de loto al lado de Candela jugando nerviosa con las tiras de la sandalia.