Capítulo 21
Cesc
Con motivo de la falsa alarma de la cancelación, hemos perdido medio día entero en Fuerteventura.
Todo lo que saldrá en el segundo episodio es lo que hemos podido grabar durante las últimas doce horas, que no es poco ni exento de interés, pero que podría haberse ampliado bastante considerando la riqueza natural de la isla.
Al final, por distraído que esté con Fayna y con las insistentes llamadas de mi madre —ninguna de estas ha sido contestada—, sigo pendiente del que es mi trabajo y no dejo de darle vueltas al coco para averiguar cómo hacerlo mejor.
Porque siempre se puede ser mejor.
Yo no pedí nacer perfeccionista, nomás tuve suerte, como dicen por ahí.
Fayna ha tenido la oportunidad de explayarse a gusto sobre la historia y las características naturales de las míticas dunas de Corralejo, exposición reforzada por los planos del menda siendo brutalmente agredido por las mismas.
Yasen no perdió el tiempo, sospechando que obtendría una escena cojonuda, saltó fuera del vehículo y se posicionó en el lugar adecuado con mi cámara —aún no le he reprochado que la cogiera sin avisar, pero le será reprochado— para proceder a captar el momento de mi victimización.
Si me preguntan, le restaré importancia. Un chico ha de proteger su dignidad. Pero aquello fue la muerte a pellizcos. Todavía siento la arena atizándome en el cogote y las pantorrillas si cierro los ojos.
Aparte de las dunas, pudimos grabar a Fayna contándonos las propiedades naturales del aloe vera aplicándosela directamente de la planta sobre la quemadura, que yo diría que progresa.
A su ritmo, sí, pero progresa.
Al menos no se ha necrosado. No ha hecho falta llevárnosla de urgencia al hospital.
Lo más divertido con diferencia ha sido el episodio de la cabra majorera.
No es habitual toparte a estas divertidas criaturas tan próximas a la orilla, pero, al final, las dunas no dejan de formar parte del parque natural y eso implica la presencia a menudo cojonera de la fauna local.
Mientras Fayna cruzaba el desierto con la ya icónica pashmina de Karen cubriéndole la cabeza y los ojos delineados como Cleopatra por cortesía de Cancán —«¡Me van a decir que estoy haciendo apropiación cultural!
», ha protestado Fayna. «¿Apropiación cultural de qué?
¿De La Zowi?», ha contestado Candela—, una de estas graciosas cabras majoreras se separó de su pareja para perseguir a nuestra estrella a distancia prudencial pero con curiosidad.
Como es obvio, me he encargado de posicionar la cámara en un ángulo que me permitiera encuadrar tanto a la cabra como a Fayna, muchas veces sin que ella supiera de la proximidad del animal.
La cabra en cuestión, a la que Yasen y yo bautizamos entre planos como María Angustias, tenía un pelaje de colores a juego con las prendas de Fayna: ella con su falda blanca y su top negro y Angustias con el morro, el pecho y parte del lomo oscuros y las patas pálidas con salpicaduras de manchas marrones.
La tía se estaba mofando de Fayna y de todos nosotros asomando la cabeza cada dos por tres para salir en la grabación y escondiéndose cuando giraba la lente para captarla a ella en exclusiva.
Bastó con que yo empezara a ignorarla para que arrancase a balar en tono de lamento.
—Sí que eres una angustias, sí —me mofé detrás del objetivo.
Fayna no se estaba enterando de mucho. Andaba concentrada señalando las cometas artesanales que batallaban contra el viento por cortesía de algunos niños inexpertos y de los adultos profesionales que, si no las fabrican, al menos practican el juego con regularidad.
Según contó nuestra estupenda protagonista:
—Desde hace más de cincuenta años, los alisios garantizan todos los años un Festival Internacional de Cometas en la isla de Fuerteventura. Esto no se celebra aquí en las dunas, aun así, sino en El Cotillo...
Angustias baló muy de acuerdo con su explicación, sobresaltándola.
Todos rompimos a reír, Fayna la primera.
Y como le pasa a todos los animales sin excepción, que se sienten apelados por las carcajadas de La Silvestre, María Angustias no dudó en trotar hacia ella con esa alegría que por lo visto tienen las cabras majoreras.
No se dejó acariciar de entrada: le olió el vientre, la mano y por último la venda que hedía a aloe vera, y solo cuando ya había descubierto que se trataba de la grande, grandísima Fayna Silvestre —Fayna Navarro según el DNI —, Angustias agachó la cabeza en señal de hondo respeto y se dejó acariciar entre los graciosos cuernecillos.
Esto, muy lejos de disuadirla de seguir molestando, la convirtió en una esclava puntual de los caprichos de Fayna y se dedicó a seguirla como un perrito fiel durante el resto de la grabación.
El episodio le ha dado la ocasión perfecta a la protagonista para contar todo lo que sabe sobre las cabras majoreras.
Entre otras cosas, que son las responsables de la existencia del queso majorero, producto local de calidad incontestable, y que no es nada raro que María Angustias quiera una cuota de protagonismo, porque todas las de su raza son «medio curiosonas » y «un fisquito carotas».
Estoy revisando el material del día en la pantalla de la cámara mientras Karen nos conduce al Cotillo.
Allí nos dirigimos en el 4x4 para coronar la grabación con un atardecer marítimo.
Yasen se ha empecinado en obtener una vista aérea de la forma de la playa de la Concha, que, como su propio nombre indica, imita una concha.
Yo no creo que nada pueda mejorar lo que ya he acumulado en la memoria de mi aparato.
Aprovechando que puedo quitarle el volumen a los vídeos y que Fayna viaja en el copiloto —no puede asomarse a averiguar lo que me está haciendo sonreír de oreja a oreja—, me deleito con las escenas individuales.
Hay una en concreto que reproduzco de manera obsesiva: esa en la que Fayna se arrodilla sobre la arena sin importarle que la falda de viajera beduina se le ponga perdida y le pide la patita a María Angustias.
La cabra trota sobre sí misma y se escabulle un momento, balando como loca por la ofensa o por la risa que le ha dado, y Fayna espera a que regrese y le plante las pezuñas en el regazo.
Hago zoom al vídeo, como si me hiciera falta para asegurarme de que mis ojos no me engañan y el sol de las cinco de la tarde de verdad la está tiñendo de pelirroja; de que los piercings de la cara, los que le atraviesan cada una de las narinas, la bolita del labio, destellan en su rostro como ocurre en los dibujos animados con las sonrisas de dentífrico.
Acaricio la pantallita con el pulgar para limpiar una mancha de suciedad inescapable en estos entornos abiertos.
En ese momento del vídeo, Fayna se gira hacia la cámara con las manos sobre los muslos, ligeramente encorvada, y sonríe de oreja a oreja, como corresponde sonreír cuando una cabra salvaje te recibe montándote una fiesta.
Sin darme cuenta, le devuelvo el gesto a la Fayna del vídeo, como seguramente también le habré sonreído en el momento de la grabación.
No soy consciente de que Cancán me está mirando de reojo y valorando mis reacciones hasta que despierto de mi ensimismamiento y la pillo con una expresión de dulce sospecha.
Me hace un gesto con la mano para indicarme que espere y saca el móvil para teclear rápido en la aplicación de Notas. Me muestra una breve frase escrita como ella escribe por WhatsApp.
T gusta mucho, no??
Disimulo una carcajada que me habría salido estrangulada y arqueo las cejas.
«¿Y a ti qué te parece?», responde mi cara.
Cancán me sonríe también y vuelve a escribir justo debajo.
A mí m parece q estás enamoraíto perdío, amic meu.
O es meu amic?
Ya sin sonreír tanto, me encojo de hombros con aire huraño, invitándola a pensar lo que le dé la gana.
Aunque me tienta volver a mi labor de revisar el material, me ha cortado el rollo. Apago la cámara y giro la cabeza hacia la ventanilla como un niño tímido. O como un niño tonto.
O como los dos y sin el como.
Cuando me ponía gallito y me daba golpes de pecho alegando que estaba hecho todo un hombre y nada podría conmigo, mi aya me advertía que nunca dejamos de ser el crío de trece años que fuimos una vez.
Supongo que no se equivocaba. Con trece años también me sumía en la preocupada circunspección de un crío reservado cuando descubría que mis sentimientos no eran un misterio para nadie; que no estaba engañando ni a mis amigos, a los que pretendía impresionar, ni a mis profesores, a los que trataba de mantener a una distancia profesional, cuando disimulaba con bromas pesadas y grandilocuencias que en el fondo andaba loco por la chica del pupitre vecino; esa a la que estaba torturando.
Al cabo de un par de minutos, la ruta toca a su fin.
Karen consigue aparcar en paralelo después de seis intentos, tres amables pero algo imprudentes ofrecimientos de Yasen —« Do you want me to try?
», « Go fuck yourself , Yasen», « Okay , Karen»— y veinte tensos minutos en los que parece que nuestra Barbie se va a transformar en Hulk.
Bajamos del todoterreno con mucho menos equipo encima: Cancán apenas va a retocar a Fayna con un par de brochas y una paleta de sombras, Yasen solo necesita el micro que la protagonista ya lleva colgando del escote y un servidor se basta con la cámara.
Karen encabeza la marcha hacia lo que parece una modesta cala montada sobre sus sandalias con plataforma estilo romano, anudadas por unas tiras de seda hasta debajo de la rodilla.
Combina el bañador con un pareo y se recoge el pelo al estilo japonés, atravesándose el moño con una gruesa aguja de geisha .
Parecería una turista extraviada incluso si la sentaran en la hamaca de un hotel de cinco estrellas de las Bahamas. Es una suerte de talento el suyo, si lo piensas: el de no pasar desapercibida en ninguna parte.
Estamos a punto de llegar a la arena cuando Fayna se planta y dice:
—Esta no es la playa de la Concha.
—¿Qué? ¿Cómo lo sabes?