Capítulo 20 #3
—A pedirte que dejes de poner excusas absurdas para pelearte conmigo.
En primer lugar, porque tú misma sabes que no soy como me pintas, ni sexista ni manipulador.
En segundo lugar, porque sentirse atraído por alguien y hacer algo al respecto no es ninguna falta de profesionalidad, como ya has visto gracias a mi rigurosa lista.
En tercer lugar, porque te inventes lo que te inventes, eres tan consciente como yo mismo de que al final vamos a acabar en la cama: ayer, hoy y mañana —ataja sin turbación alguna—.
Te besé en el avión porque me gustaste, no por los argumentos retorcidos que asumiste.
Te llevé a mi dormitorio porque me gustaste, no por el motivo demencial y absolutamente perverso que se te ocurrió.
Hago comentarios desafortunados porque a veces soy gilipollas, como todo el mundo, y también porque me gustaste, y si alguien que te gusta dice algo que no te hace ninguna gracia, reaccionas a la defensiva y te cabreas.
Si no me gustaras, me importaría una mierda lo que saliera de tu linda boquita.
Y no te lo voy a repetir más —me advierte con el dedo en alto—.
Esta es la última vez que te persigo y me disculpo, Cotufas.
Atesora mis palabras en tu recuerdo porque no las vas a oír en un futuro cercano.
Dicho eso, Cesc me salpica soltándole un manotazo al agua.
Pretende salir del mar con ayuda de la fluidez de las olas, pero yo reacciono como toda persona normal a su inesperado ataque y lo cojo de la muñeca para que pierda el equilibrio.
Lo empujo con toda la intensidad del enfado que se ha estado gestando en mí a lo largo de la noche y la mañana —y del que ya no queda nada, si digo la verdad— y sonrío, satisfecha, viéndolo sumergirse en contra de su voluntad.
Debería haber imaginado que no lo dejaría ahí.
Apenas emerge y se seca los ojos con los pulgares, se prepara para el contraataque, que consiste en atraparme por la cintura y tirarse enérgicamente para que los dos acabemos enterrados bajo la superficie.
Me debato entre sus brazos para salir a tomar aire, porque se me ha metido agua por donde solo debe metérsele agua a los peces, pero él cede unos segundos más tarde de lo que nos habría gustado a mí y a mi instinto de supervivencia.
No me suelta, pero sale a flote conmigo bien agarrada. Intento coger una bocanada de aire, con la mala suerte de que mi estado de semiahogamiento empeora y sufro un violento ataque de tos.
Al principio, Cesc se ríe y me da unas palmaditas en la espalda.
Viendo que no mejoro y que se me llenan los ojos de lágrimas —odio cuando eso sucede, porque no las he invocado yo—, le cambia la cara.
Por su mirada cruza un destello de terror que no sé por qué encuentro diabólicamente divertido, así que ahora me atraganto y me parto el culo de la risa a la vez.
—¿Qué está pasando? ¿Me odias? ¿Me quieres?
¿Me perdonas? ¿Necesitas más palmaditas?
¿El boca a boca, a lo mejor? ¿Asfixiarme a modo de venganza?
¿Quieres un ibuprofeno? ¿Un café con leche?
—termina, a lo que yo me río todavía más fuerte, sin aire en los pulmones y con la nariz y la garganta taponadas por el agua marina.
Le suelto un manotazo en el hombro e intento empujarlo por el pecho, pero él ya ha comprendido que estoy de guasa y me coge entre sus brazos como si no pesara nada.
—Quiero... que te calles... un momento... solo... un momento... Joder...
—¿Boca a boca, has dicho? —finge malinterpretarme levantando la voz como una abuela con problemas de audición—. ¡Voy a ello!
Se inclina dramáticamente sobre mí y me planta un beso en los labios que me sabe a sal y a Cesc.
Le rodeo la nuca con una mano casi sin presionar, como si no quisiera que se diese cuenta de mi entrega.
No solo se da cuenta, sino que me lo hace saber sosteniéndome con un solo brazo y guiando la mano contraria a la mía para mantenerla pegada a su cuerpo.
—Tu RCP se parece de forma muy sospechosa a un beso con lengua —balbuceo.
—Y eso que aún no he arrancado con las compresiones —contesta con el rostro sobre el mío. El sol brilla sobre su coronilla haciéndole resplandecer, arrancándole también destellos juveniles a sus ojos siempre soñadores—, que se parecen de forma muy sospechosa a tocarte las tetas.
Suelto una carcajada que debe oírse por toda la playa. Sin pensar, me llevo las manos al torso para proteger la zona susceptible de caricia y recuerdo entonces que ya me habían colocado el micrófono.
—Mierda.
Cesc aspira entre dientes para compartir mi preocupación. Decide que el rato de juego ha tocado a su fin y se ayuda del movimiento hipnótico de las olas para salir del agua conmigo a cuestas.
Así como las dunas parecían haberla tomado con él, el mar le agradece su honestidad y sus travesuras facilitándole el tránsito.
Sí que puede dar la impresión de que la naturaleza está compinchada conmigo y actúa en función del modo en que me sienta, porque ahora que me he quedado blandita, el cielo, el sol y las aguas vuelven a estar de su parte también.
Al menos, me quedo blanda hasta que pongo los pies en la tierra y descubro que Yasen se yergue en la orilla con la cámara en la mano.
Encendida.
Apuntando hacia nosotros.
—¡Venga, no me jodas! —rezongo—. ¿Lo grabaste todo?
—Sí —responde sin inmutarse.
Abro la boca para espetarle de qué coño va, pero estaría siendo redundante porque ya sé de lo que va —de lo que es, un humilde trabajador de un proyecto que debe salir adelante— y porque repasando la conversación que he tenido con Cesc, no me parece del todo mal que pueda ver la luz en el próximo episodio.
El micrófono que llevaba ya puesto por si acaso no ha dejado de capturar mis comentarios, así como los de Cesc; el mundo entero —o solo quien quiera escuchar— sabrá lo que opino de todo este montaje ridículo.
Este fragmento será bastante más honesto que nada de lo que salió en el piloto.
—Muy bien —le lanzo una mirada provocadora al cámara, que ya me estaba observando con una media sonrisa—, pero asegúrate de que se vea bien cómo se le mete a ese de ahí arena hasta en las pelotas.