¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—No eres una persona continuamente expuesta al público.

No eres como... no sé, Ariana Grande, que se lio con un compañero de reparto de Wicked y fue un asunto de interés internacional durante dos semanas laborables...

No me mires así. Ya sabes que a Laia le gusta —se defiende enseguida—.

Lo que vengo a decir es que en todo caso serías un político al estilo de Greta Thunberg.

Si sales con alguien, no se monta un escándalo.

¿Aparecería su nombre en Wikipedia? Claro.

¿Sabrían ponerle cara y lo reconocerían por la calle?

También. Pero no te perseguirían los paparazzis .

Esbozo una sonrisa triste.

No tiene la menor idea de nada.

No sé qué tanto habrá seguido mi trabajo, si es que así puede llamarse.

Lo que está claro es que no ha estudiado las repercusiones que tiene en mi vida.

Y no seré yo quien lo informe de que bien puedo no ser Ariana Grande, pero, para algunos sujetos, con quién me acueste sí es un asunto de interés nacional.

Opto por escurrir el bulto para llegar cuanto antes al quid de la cuestión.

—Eso no es lo que quieres saber.

Cesc se gira totalmente hacia mí con la cara empapada y el escote de la camisa agrandado.

—¿Qué?

—No quieres saber por qué me importa tanto que el mundo piense que tenemos un lío. Quieres saber en específico si es porque me avergüenzo de ti en algún sentido.

Cesc no lo desmiente. Me sostiene la mirada frotándose los brazos para aniquilar los últimos granitos de arena, que por desgracia serán sustituidos por el no mucho más agradable salitre del agua.

—¿Y lo haces? ¿Es por eso?

Exhalo por la nariz fingiendo una risita cansada y meneo la cabeza.

—Por favor... No me creo que hayas sufrido un ataque de inseguridad.

Eres muy consciente de que estás como un tren, Cesc, y viendo cómo le hablas a Yasen, no solo nadie te habrá acosado nunca en el instituto por feo o por rarito, sino que eras tú el que se cebaba con los llamados «frikis». —Hago las comillas con los dedos.

—No estoy orgulloso de mi pasado —se justifica.

Me sorprende haber acertado y me sorprende que no lo niegue—, pero ese no era el tema.

Por si no lo sabes, Fayna, no eres la chica más cariñosa del mundo y no es que vayas regalando reafirmaciones a tu círculo cercano.

Contigo no es fácil sentirse el rey del mambo.

De hecho, todos nos sentimos colgando de un hilo.

—No utilices el plural genérico para avergonzarme o hacerme sentir culpable —le advierto—. Es una estrategia de manipulación social que difumina la responsabilidad. Habla solo por ti.

Pone los ojos en blanco, como cabe esperar viniendo de cualquier persona imperfecta pero con delirios de grandeza a la que no le gusta que le saquen los colores.

Pero cede.

—Vale. Contigo, yo siento —se coloca la mano sobre el pecho con un ademán exagerado que podría haberme ofendido— que pendo de un hilo y que todo lo que diga podrá ser utilizado en mi contra.

—Todo lo que ha sido utilizado en tu contra merecía ser utilizado en tu contra. En una discusión en la que por cierto se hallan presentes nuestros compañeros de curro no puedes referirte a mí como si fuera tu zorra, y sanseacabó.

—Ayer diste a entender que te habrías pasado a cualquiera por la piedra, ¿y yo soy el único que tiene comentarios desacertados? —Arquea una ceja—. Me he disculpado por la parte que me toca, pero ¿qué hay de ti? ¿Tú sí puedes tratarme como una mierda?

—Donde las dan, las toman, mi niño.

Cesc me descoloca sonriendo de repente como si acabara de aparecérsele una revelación.

—Tú nunca te disculpas, ¿no? Curioso, viniendo de alguien que defiende Todo Lo Que Está Bien.

—Y tú siempre te haces la víctima, ¿no? Curioso, viniendo de un hombre blanco heterosexual.

—Qué cosas tan bonitas me dices.

—No es un halago. Eres el depredador natural contemporáneo.

—¿De las niñas guapas? Sí, lo soy —sentencia, y se abre camino olas a través con la resistencia de las corrientes para detenerse a mi altura.

El agua le ha estriado las mejillas como si hubiera llorado y tiene los ojos más verdes que nunca—.

Por más que me esfuerzo, Fayna, no entiendo por qué te lo has tomado tan a la tremenda.

Deberíamos haberte consultado lo del piloto porque eres parte del equipo, lo sé, lo siento, pero ni tú te crees toda esa morralla de que me lo guardé para aprovecharme de ti.

Así que ¿por qué es para tanto? ¿Por qué estás tan enfadada?

¿Acaso elegiste participar en esto con la esperanza de que fracasara o qué?

Deberías estar satisfecha porque le esté encantando a la gente.

—Te voy a hacer una pregunta, Cesc. A ti, que has consumido mi contenido. ¿Desde cuándo me dedico yo a participar en productos audiovisuales que le van a encantar a la gente?

—Desde nunca, supongo.

—Exacto. Mi cuenta se creó con un único fin: hacer activismo animalista y ecológico y hablar a favor de los derechos humanos. Sobre todo en contra de la gentrificación, que me parece el problema más acuciante.

—Sí, sí, sí —responde cansinamente—. Lo sé.

—Muchos de mis principios no casan con la ideología popular actual, y da igual si hablamos de una ideología reaccionaria o de la ideología de pasar de todo.

Muchas de mis propuestas políticas, aunque a pequeña escala puedan leerse como sentido común o simple y llana bondad humana, al expresarse de una forma radical, como radical soy yo, se convierten en un ataque contra el status quo y, por ende, contra quienes lo promueven.

Esos que «lo promueven» pueden ser David Taylor y sus socios o puede ser el vecino que no recicla porque no tiene espacio bajo el fregadero para una papelera de plásticos y otra de vidrios.

—¿Y te extraña que la gente arremeta contra ti? No puedes criticar a la gente de bajos estratos sociales por no tener la conciencia de clase que tienes tú. Están luchando por su supervivencia, Fayna.

—No me vengas con putas monsergas, ¿vale?

Ya insinuaste alguna que otra vez que soy una privilegiada y que no me pongo en el lugar de los demás, y estoy harta.

Yo sé lo que es un bajo estrato social —me clavo el dedo en el pecho—.

Yo sé lo que es vivir en la nada, ser nadie y que te pasen por encima hasta quienes deberían ayudarte.

No por eso perdí de vista quién es el enemigo y cuáles son mis principios, pero entiendo que a los demás les importe un carajo todo lo que no sea llegar a fin de mes.

Por eso no señalo. No doy nombres ni utilizo adjetivos peyorativos.

Solo lanzo un mensaje al aire y la peña se alude y se lo toma mal porque sabe que no obra correctamente.

—¿A dónde querías llegar con todo esto?

—A que nunca tuve una plataforma a la que el ciudadano promedio recurra antes de acostarse tras un día de curro infernal para calmarse las pulsaciones.

Al revés. Mi sección de comentarios puede dar fe de que solo sirvo para enardecer la mala hostia del personal.

Y me enorgullezco, ¿de acuerdo? El precio a pagar por ser justo es incomodar.

Todas las mujeres a las que admiro fueron denostadas en público y en privado por movilizarse en el nombre de causas nobles.

Por eso no puedo perdonar algo en apariencia tan inocuo como que se emitiera un episodio políticamente blandito.

Siento que adaptándome al modelo televisivo estoy pidiendo perdón por haber sido revolucionaria.

Siento que permití que me bajen las bragas.

Siento que, exhibiendo mi vida privada, mostrándome «más humana», me estoy humillando para que me disculpen y, lo que es peor, estoy colaborando para que el mensaje se diluya entre puras boberías.

No me gusta la sensación, Cesc —concluyo casi silabeando—. No me gusta ni un pelo.

—¿Y qué culpa tengo yo del modo en que funciona el mundo, Fayna?

—Ninguna. Pero no ayudas con tus comentarios.

—Eso seguro que no, y te pido disculpas. Pero ¿sabes qué creo que pasa también?

—¿Qué?

—Que dedicas el día a buscar razones para pelearte conmigo.

Se me escapa una risita estrangulada.

—¿Por qué iba a hacer eso?

— Porque te doy un miedo aterrador.

—¿Qué dices?

—Míranos. Parecemos un matrimonio, tirándonos de los pelos día sí, día también. La he cagado un par de veces, pero maximizas los daños en lugar de restarles importancia porque te conviene mantenerme a una distancia de tres brazos. ¿El porqué? No lo sé.

—No es profesional que...

—Sí es profesional. Follar con tu coprotagonista o con alguien de tu equipo es, de hecho, tradición.

—Ahora simplemente estás diciendo gilipolleces.

—La noche que fui al restaurante a recuperar mi trabajo, me tomé la libertad de buscar en internet parejas famosas con mucho éxito que se hubieran conocido en un set o en la misma oficina.

Hice una lista. —Para demostrarlo, saca del bolsillo trasero el móvil, que por supuesto es resistente al agua.

Desiste de secarlo con sus prendas empapadas y sin pedirme permiso utiliza mi top para retirar las gotas de la pantalla.

Abre la aplicación Notas y empieza a enumerar con orgullo—: Penélope Cruz y Javier Bardem, la pareja de actores españoles más potente de Hollywood, se juntaron a raíz de la grabación de Vicky Cristina Barcelona .

Blake Lively y Ryan Reynolds, adorados por el público, se conocieron o al menos se liaron en Green Lantern .

Daniel Craig y Rachel Weisz comenzaron a salir después de Dream House .

Kirsten Dunst y Jesse Plemons llevan juntos desde la serie Fargo .

—¿A dónde quieres llegar?