¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Fayna

O solo la buena educación.

El fastidio por su sinvergonzonería es tal que ni me doy cuenta de que no llevo el calzado apropiado —Candela no me ha vestido ni maquillado aún para la aventura en el parque— mientras atravieso el mar de arena calcárea, donde se me hunden las cholas casi hasta los tobillos.

Consumida como estoy por la rabia, no estoy en condiciones de apreciar la hermosura del paraje.

Me miro los pies para no tropezar —¿con qué?

, se me preguntará, y es una pregunta legítima porque aquí la vegetación y los obstáculos brillan por ausencia— en tanto que sorteo el terreno irregular concentrada en no quemarme.

La arena puede alcanzar temperaturas inhumanas.

La ruta terminará llevándome a la orilla si continúo avanzando hacia el horizonte azul, que ya se entrevé desde mi posición. El viento sopla con tanta fuerza que, si alzara la barbilla, podría observar el movimiento ondulante con el que las dunas cambian su orientación.

Es un caprichoso océano de tierra. Un espectáculo natural.

A mis espaldas me parece oír el rumor de la conversación preocupada del equipo, unos cuantos portazos, mi nombre pronunciado con exasperación.

Soy consciente de que mi actitud no es madura según los estándares actuales, pero si algo me ha enseñado mi padre, y no por las buenas, es a plantarme cuando algo no me hace ni un fisco de gracia.

Sé por experiencia que basta con que acostumbres a una persona a pasarle los comentarios maliciosos o las actitudes egoístas para convertirte gradualmente en su saco de boxeo, en la diana de sus dardos envenenados, en su bufón.

Y si un alto verbal no funcionara, estás en tu derecho de tomar medidas drásticas.

A mí siempre me ha funcionado desaparecer cuando he estimado que no se me estaba respetando.

—¡Fayna! —me llama Cesc a gritos. Suena agitado y muy cerca de mí—. Lo siento, ¿vale? El comentario ha sido desacertado cuanto menos, pero venga, sabes que no lo digo en serio.

—¿Y yo qué sé si lo dijiste en serio o no? —replico sin girarme—. No te conozco de nada.

—Eso no es cierto. A lo mejor no conoces mis secretos, pero alguna idea te habrás hecho de mí en este tiempo...

—Sí, me hice a la idea de que eres un machango.

—¿Un qué?

—¡Un capullo!

—Hacer un comentario de capullo no te convierte en un capullo.

—En lo que desde luego no te convierte es en el príncipe azul, mi niño.

—Ah, ¿es que tú eres acaso la princesa de mi cuento? ¡Te recuerdo que quien empezó a utilizar que nos acostamos como arma arrojadiza no fui yo! Pero claro, seguro que no te has parado a pensar que yo también tengo derecho a anar de morros —insiste levantando la voz.

—¿ Anar de morros ?

—¿Solo tú puedes utilizar tus expresiones canarias? ¿Yo no puedo usar las mías?

Dejo de sortear los remolinos de arena que forman los alisios para verlo extender los brazos.

Me sitúo a una distancia de él que parece el doble de extensa por el paisaje y algo elevada respecto de su posición.

No me arrepiento de haberme girado: así no me pierdo que una potente ráfaga de aire se levanta, arrastrando la arena consigo y golpeándolo por el costado.

Sé lo que duele un latigazo del desierto y sé lo que molesta que los granitos se te metan en todos los orificios, en este caso el oído, la nariz y los ojos.

Cesc no grita porque la reacción natural a un ataque de la naturaleza como este es cerrar la boca y cubrirse, pero en cuanto se ha tapado las orejas con los cantos de las manos y se medio oculta el rostro con los codos, exclama:

—¡Te comportas como si lo de ayer fuera el mayor error que has cometido en tu vida!

¡Y te has tomado a la tremenda que Javier quiera fomentar en pantalla nuestra complicidad, como si yo te diera asco o algo así!

¿No entiendes que pueda sentarme como el culo...

? —Otro ramalazo de los alisios genera un remolino de arena cerca de él y le arroja unos molestos granitos a la cara—.

Redéu! Me cag en la mare que va! ¿Qué es este sitio?

—¿No te molestaste en leer que en las dunas de Corralejo suele hacer viento?

—Tú tampoco te has molestado en informarme a mí.

—Ya te estás informando solito y de primera mano, mi niño.

—¿Cómo es que a ti no te afecta? —rezonga, todavía cubriéndose el rostro como un boxeador que busca esquivar los golpes de su contrincante—. ¿Es que lo estás invocando tú o qué? ¿Esto no era una venganza bíblica?

—Sí, exacto. Ahora mismo llegan las langostas.

—¿Te estás burlando de mí?

—Un poco.

—No tiene ninguna gracia, Fayna. Se me van a llenar los pulmones de arena.

Su desesperación termina por hacerme gracia.

Al principio solo suelto una carcajada, pero lo veo tan frustrado, tan enfulao con las traviesas pero al final inofensivas dunas, que acabo sufriendo un ataque de risa de los que te obligan a abrazarte el vientre.

Los ojos se me humedecen y pestañeo rápido para no perder de vista su baile al más puro estilo Phineas y Ferb : Tengo ardillas en las mallas .

—Si tan mal lo estás pasando, ¿por qué no subes hasta donde estoy yo o bajas al coche, tolete?

Entonces él hace algo inesperado y por eso mismo desconcertante. Levanta la barbilla con los párpados entrecerrados a causa de las lamentables —pero esperables— condiciones climatológicas y dice:

—No me pienso mover de aquí hasta que me perdones.

Me la suda si el desierto acaba invocando al Hombre de Arena y me estrangula con las dos manos.

Me la suda si acabo enterrado hasta el cuello.

Estaré plantado en este círculo del infierno la próxima semana si es lo que requiere que olvides que he dicho eso.

Levanto las cejas.

—Conmigo no funciona el chantaje emocional.

—No es chantaje emocional. Es chantaje de supervivencia. Me voy a morir, literalmente, si no me perdonas. A este ritmo me pasa por encima el huracán Katrina.

Dudo bastante que la palme, pero sí que va a pasar un rato infernal si permanece de pie en ese punto concreto. Al encontrarse en la loma más baja del ascenso escalonado de las dunas, la arena no solo arremete contra su costado, sino que también le llueve de frente.

Me consta que esto podría entrar en la categoría de tortura china.

— Me cag en sa puta —oigo que balbucea, entrecortado, con el siguiente latigazo de arena. Este es más intenso que el anterior: da un cómico saltito, dolorido por el efecto en la piel, y se encoge sobre sí mismo.

Pongo los ojos en blanco y bajo la ligera pendiente para agarrarlo de la mano y tirar de él en dirección al mar.

Ha querido la casualidad que el cabreo me bajara del vehículo en el punto perfecto entre el espectáculo desértico y las aguas para que no nos tome ni dos minutos de caminata apresurada arribar a la orilla.

Durante el breve recorrido evitamos hablar para que la arena no nos entre en la boca. Cesc, dramático como él solo, sigue cubriéndose el rostro con un brazo, así como un niño se doblaría ante la amenaza de la zapatilla voladora de su madre.

Solo la curiosidad podría haberle hecho romper el silencio.

—¿Antes me has llamado tolete?

—Sí.

—¿Y significa torpe?

—Sí.

Lo veo sonreír detrás del brazo.

—Pues como el tòtil catalán. No somos tan diferentes, después de todo.

Apenas hay un par de turistas haciendo fotos al estupendo día de playa y un grupo de niños que seguramente ande de excursión escolar. Nadie se interpone en su trote impaciente cuando le suelto la mano y hago un gesto hacia el agua para invitarlo a zambullirse, directriz que acata con alivio.

Lo veo arrojarse de cabeza sin molestarse en quitarse la ropa.

La razón es comprensible. Debe de tener arena hasta en los bolsillos.

Me acerco muy despacio, como quien no quiere la cosa, con los brazos cruzados, no vaya a ocurrírsele pensar que he decidido apiadarme de él.

Cesc emerge con un suspiro de placer que me trae recuerdos tórridos de ayer, al igual que los contornos que revela la camiseta ahora totalmente adherida a su torso por la humedad.

Se pasa las manos por el rapado con angustiosa impaciencia, igual que si tuviera piojos, y luego se frota los ojos gimiendo, imagino que sin tener la menor idea de la turbación que me deja.

Chos.

Al final, lo más conveniente va a ser anar de morros con este tipo los próximos doce días. Si antes no podía permitirme un desliz romántico o sexual con él, ahora que estamos en el foco mediático por nuestra presunta relación, menos todavía.

Estoy condenada a que el público teorice sobre mis reacciones, lo sé, pero no me gustaría que ninguna de esas teorías se acercara a la verdad. Lo único que me suele salvar de sucumbir a la locura después de leer según qué apreciaciones sobre mí misma es tener la seguridad de que no son ciertas.

Trago saliva y me yergo, como si así pudiera erigirme por encima de mis deseos no tan secretos.

Cesc ya se ha aliviado y ahora me mira con detenimiento, incluso con una ligera aprensión, desde el agua, que le llega algo por debajo de la cintura.

A mí también me ha rozado la arena y además me muero de calor, así que me deshago de las sandalias con un par de pataditas y me meto en el agua sin importar que se me moje la falda larga.

Siento la mirada del cámara sobre mí hasta que arroja la pregunta que le estaba picando.

—¿Por qué te importa tanto que lo sepan, Fayna?

De perfil a él, formo un cuenco con una sola mano —no creo que a la quemadura cubierta le convenga la sal— y lo lleno de agua para refrescarme la cara.

—No te tengo por un idiota, Cesc. ¿No te paraste a pensar que lo que más valora una persona continuamente expuesta al público es su intimidad?