Capítulo 19 #3
En estos casos de extrema y absurda obcecación mía, solo me salva mi padre.
Jonay Navarro llevaría un buen rato observando mi ánimo huraño y ya habría tomado la decisión de arrancarme de la autocompasión con su terapia de choque.
Consiste en tocarme las narices más todavía, más de lo tolerable por un ser humano, hasta que me ría de puro hartazgo.
A veces lo hace con la pregunta sexista —él sabe que es sexista.
Le he informado— que me pone el vello de punta: «¡Venga, arriba, Nanita!
¡Las mujeres están más guapas cuando sonríen!
». Puede decantarse, también, por una variante algo menos ofensiva pero invariablemente estúpida: «¿Una sonrisita para la prensa?
¿Solo para que vea que no te la robaron? ».
La psicología inversa le suele funcionar de vez en cuando. Empiezo a escucharlo gritar desde la otra punta de la casa: «¡No te rías!». A lo que yo le digo que no me estoy riendo, claro, y que de hecho no me reiré nunca más porque estaré ensanguinada para los restos.
Pero él insiste.
«No te rías. No quiero oír cómo te ríes. Como te rías, te enteras. La Risitas va a cobrar, ¿eh? PROHIBIDO REÍRSE ». Y me temo que no falla. Llega un punto en el que se vuelve tan pesado que, ante mi propio asombro —porque me jacto de tener un humor algo más sofisticado—, me carcajeo de lo lindo.
Jonay sabe que, en cuanto me río, ya no hay vuelta atrás. Con la misma paciencia de quien desenrolla unos auriculares de cable, señoras y señores, papá me devolvió la alegría.
Por supuesto, se atribuye el mérito como la gloria que es. Levanta los brazos en señal de victoria y exclama: «¡Ah, el desenfulador que la desenfule , buen desenfulador es y siempre será!».
Pensar en él me suaviza la expresión. Creo que lo notan todos, porque la atmósfera parece menos cargada. Karen hasta se anima a dirigirme la palabra.
— Any suggestions, sweetie? Do you wanna hear something in particular?
No me da tiempo a declinar con amabilidad. Cesc enchufa el móvil al estéreo y reproduce una canción de su cosecha, que no dudo que es una indirecta muy directa por la reacción del equipo —enmudecer e intercambiar miradas de preocupación— y por la letra misma.
Jamás se me habría ocurrido que Marta tiene un marcapasos de Hombres G pudiera definirse como una canción acusatoria, pero desde luego el tono es burlón.
Luego está el hecho nada desdeñable de que Cesc la canta a todo pulmón.
— Juega con todos los niños, les arranca el corazón, se los come con tomate, ¡qué simpático!
No hay criatura más hermosa que el pequeño marcapasos; Marta está ya como loca de manicomio.
¡De manicomio! —Hace una pausa para asegurarse de que ha calado el mensaje y añade—: Podríamos poner este temita en el segundo episodio.
Justo cuando salga Fayna, a modo de presentación.
No tengo ni que explicar lo que siente una mujer cuando la acusan de loca.
Si no nos hemos visto todas en esa tesitura al menos una vez en la vida, nuestra madre y nuestra abuela seguro que sí.
Esto explica —¡y justifica!— el sentimiento reactivo casi ancestral que me retuerce las tripas con el comentario.
—Y podríamos poner la de Sufre, mamón , cuando aparezcas tú —mascullo por lo bajo—, por seguir con la dinámica de Hombres G .
—No es mala idea. Todo depende de si me devuelven o no a mi chica al final —me responde él mirándome por el espejo retrovisor con intención desafiante.
De Marta tiene un marcapasos , Spotify ha saltado a un tema de Romeo Santos.
Cesc cita la letra, que decide fleje apropiada—, porque la que me han soltado así de repente esta mañana es una mala imitadora de la de verdad.
Que regrese mi amada, porque tú no eres tú.
Solo está parafraseando las estrofas del mítico de la bachata, no clamando sus románticos sentimientos. Aun así, el corazón se me encoge y por un segundo no puedo hablar.
—Pues claro que yo no soy esa mujer —acabo mascullando—. Cambia tu manera de pensar en mí o verás cómo no me encontraras aquí ; ¿o es que no escuchaste a Paulina Rubio?
—¿No has escuchado tú a Camarón? No te metas más conmigo, porque de sobra sabes que tú roneas conmigo.
Suelto una carcajada gélida, aunque no puedo negar que me haya hecho gracia, y me cruzo de brazos.
—No serás por casualidad el insoportable sobre el que escribió El Canto del Loco, ¿no?
—¿Y tú no serás por casualidad la consentía de Dellafuente? Que por la noche estás fantástica y por la mañana te levantas antipática.
—Eso lo cantaba Dellafuente en referencia a sí mismo, no a la consentía —señala Yasen.
—¿Cómo lo sabes? —finge sorprenderse Cesc—. ¿Es la banda sonora de Doraemon o algo así?
—No te burles de los gustos de la gente —intervengo muy seria—. A él por lo menos le gusta el anime , que es una cosa que no hace daño a nadie. A ti te encanta dar por culo.
—¿Cómo sabes tú eso? —repite con voz de bobo—. Si por ahí no recuerdo que te dejaras. Solo me diste permiso para hacer lo más aburrido.
El comentario me cae como un jarro de agua fría.
A lo mejor en otro tono, en otras circunstancias —unas en las que no estuviéramos en guerra—, me habría reído y hasta habría subido la apuesta contestando una provocación similar, pero en plena discusión y rodeados de los miembros del equipo, la connotación sexista adquiere dimensiones insoportables y no dudo en quitarme el cinturón.
El coche circulaba muy despacio porque ya estábamos cruzando la carretera que segmenta el parque natural —y esto es, las dunas—, pero como si el propio Cesc supiera que se ha excedido y que soy muy capaz de arrojarme del vehículo en marcha con tal de joderlo, frena de pronto.
Mejor. Así ve con claridad mi cara de desprecio y oye en condiciones mi respuesta:
—Eres un puto jediondo. Ahí te quedas.