¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

El trayecto en ferry de una isla a otra no llega a los cuarenta minutos, pero se me está haciendo eterno y, al mismo tiempo, no va tan lento como desearía. Aunque odie el bamboleo inevitable de los barcos, preferiría quedarme aquí a volver a reunirme con el equipo después de la puñalada trapera.

Lo haré con buena cara porque quiero ser profesional —si es que aún hay espacio para la profesionalidad—, pero lo cierto es que si pienso en mirar a los ojos a Cesc otra vez, en que me persiga con la cámara en la mano, me dan ganas de arrancarme la piel a tiras.

—... por eso hemos pensado que sería interesante que saliera más en las grabaciones... No que se convierta en protagonista como tú, porque, por razones obvias, la gente no lo quiere tanto como a ti, pero sí que hable más, que se le vea... Ya sabes. De forma natural, ¿me entiendes?

Esto último capta mi atención.

—¿Cómo dijiste?

—Decía —repite, irritado por mi indiferencia— que Cesc como personaje tiene tirón.

La gente ha decidido que hacéis un tándem perfecto y quiere ver que os relacionáis.

Pero como lo que los ha vuelto locos es vuestra naturalidad, no sería inteligente ponerlo de pronto delante de la cámara.

Lo he hablado con él y está de acuerdo conmigo.

Interactuará más contigo sin guion y Yasen se encargará de inmortalizarlo para luego...

—Espera un momento. Javier —se me escapa una risita histérica—. Javier, Javier... ¿Qué me estás contando? ¿Vas a convertir el documental en una especie de Gran Hermano ? No, mejor aún: esto es Love Island , por lo visto. ¡ Love Canary Islands !

—Sigue siendo un documental —me explica como si fuera cortita de entendederas—, pero tiene contenido romántico para las apasionadas de los emparejamientos. ¡Fíjate en los últimos fenómenos globales! Una serie basada en las andanzas amorosas de un equipo universitario de jugadores de hockey...

—¿Me voy a tener que tirar a un equipo entero de jugadores de hockey?

—... y una serie de adolescentes de una chica que se acuesta con dos hermanos.

—¿Me vas a mandar al hermano de Cesc para animar la cosa? —sigo burlándome, a duras penas controlando el ataque de ira.

—Si el hermano en cuestión existiera, podría ser una opción interesante, pero Cesc solo tiene una hermana. ¿No lo sabías? —pregunta, sorprendido.

Me sorprende que le sorprenda, aunque no sea una sorpresa para mí porque sí, sabía de la existencia de la hermana que odia los médicos y adora las curitas de unicornios y escucha a Ariana Grande y le recomienda a Irene Solà y voy a parar de enumerar datos porque sueno como una acosadora.

—El caso es —prosigue— que él está de acuerdo en exponerse algo más. No creas que no me ha costado que dé su brazo a torcer, ¿eh? Ha intentado dinamitar la idea...

¿Que ha intentado dinamitar la idea? ¿Perdona? Yo sé por qué quiero dinamitar la idea: porque si quisiera ganar dinero o hacerme famosa al precio de vender mi vida íntima, me habría postulado para Operación Triunfo y me habría fingido enamorada de un catalán que sueña con ser Leiva.

¡Y porque no quiero ni verlo después del episodio que se montó ayer!

¡Nunca mejor dicho!

Pero ¿por qué la quiere dinamitar él, eh? ¿Acaso no está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de conservar su trabajo...? ¿... incluido traicionar mi confianza?

Hablo de «traicionar mi confianza» como si a él debiera importarle un carajo lo que yo piense de su sentido del honor.

Es obvio que le he estado dando a lo que quiera que hubiese entre nosotros más profundidad de la que tenía en realidad.

—Tú háblalo con él, ¿vale? —me insiste Javier—. ¡A la gente le va a encantar!

Cuelga antes de que se me ocurra mandarlo al infierno. Algo que habría hecho sin dudar, porque ¿desde cuándo me importa encantarle a la gente? ¿Desde cuándo eso es lo que busco, lo primordial, y no la consecuencia inesperada de hacer y decir lo que me venga en gana?

El ferry atraca en el puerto de Corralejo unos minutos más tarde. Me levanto sola con un pequeño ensayo de Sara Mesa en la mano — Silencio administrativo — y el móvil en la otra. Me he sentado lejos del grupo porque necesitaba pensar y no quería que me vieran leyendo Twitter de forma compulsiva.

También porque sigo emputada, aunque sepa que no tiene caso defender mi postura.

Ellos han pasado toda la ruta marítima asomados al barandal de cubierta. Lo sé porque, para cuando nos reencontramos en tierra firme, Cancán luce el cabello electrizado y Karen tiene las mejillas ruborizadas por el viento que le habrá venido de frente.

Cesc huele a mar cuando me acerco a él con cara de pocos amigos y le digo:

—Veo que pretendes convertir en costumbre lo de pactar con Javier a mis espaldas.

No sé si los demás me oyen alto y claro o pueden imaginarse el contenido de mi comentario por mi expresión beligerante, pero se diseminan como pequeñas hormiguitas para darnos intimidad.

Cesc se gira hacia mí para mirarme inexpresivo.

El día se ha levantado con mucho viento, aunque eso no es impropio de una isla permanentemente expuesta al capricho de los alisios. Pero él tiene el pelo rapado y lleva una camiseta negra de lycra ceñida al cuerpo. Poco puede hacer la brisa del noroeste para perturbar al bloque que representa.

A mí, en cambio, me despeina y me obliga a sujetarme la falda larga con una mano.

Cesc demora en responder. Antes examina mi semblante para averiguar qué tipo de actitud le convendría más desplegar para no salir escaldado.

Esta observación consciente y solemne suya me trae recuerdos de la madrugada en que viajamos a Madrid, cuando él no era nadie y yo tampoco.

En estos tres días le ha crecido la barba, y entre eso y las ojeras presenta un desaliño terriblemente atractivo.

A eso hay que sumarle que estoy familiarizada con las cosquillas que hace dicha barba en partes de mi cuerpo que ahora van cubiertas con pudor, y que el corte de la camiseta exhibe el chupetón que le hice en el cuello.

Se pasa la lengua por los labios.

—Le he dicho que te llame y que lo habléis entre vosotros.

Me he prestado solo con la condición de que tú aceptes.

A mí no me importa colaborar con mis dudosas dotes de actor para que el documental se siga viralizando, pero tampoco creas que tengo un interés especial en salir en la tele.

—Se ajusta la tira de la cámara al hombro, por donde se le había empezado a deslizar.

Me mira con los ojos entrecerrados—. Y en referencia a tu comentario anterior, a lo mejor deberías empezar tú a convertir ciertos mínimos de educación en costumbre, como, por ejemplo, preguntarme qué se ha dicho o no se ha dicho antes de venir a acusarme.

Se me escapa una risa estrangulada.

—Hay que tenerlos muy gordos para soltar eso. Tú eres el primero que no me dijo un carajo de nada y actuó por detrás. Yo al menos te confronto.

—¿Y yo he huido de tu confrontación alguna vez, acaso? —Enarca la ceja. Menea la cabeza, como si hubiera comprendido que no va a llegar a ninguna parte con la discusión, y se da la vuelta—. Vamos al coche. Según Mapas, tardamos menos de veinte minutos en llegar a las dunas.

No consigo poner un pie delante de otro enseguida. Una mezcla de indignación y perplejidad me clava en el sitio, y durante unos segundos solo lo sigo con una mirada entre recelosa y atónita.

¿Ha dormido mal, o es que ha tenido la poca vergüenza de enfadarse conmigo?

¿Por qué? ¿Porque le dije que me metía a cualquiera entre las piernas?

¿Qué corresponde decirle a un notas que se pone a bromear con que tiene las habilidades amatorias de Nacho Vidal cuando estás en plena crisis?

¡Si debe dar gracias de que no contestara pateándole los huevos!

Lo sigo con el ceño fruncido y pasos airados.

Entro en el coche de mala gana y fecho con cuidado de no denotar la categoría del enfado, que en una escala de tsunamis sería pura destrucción masiva.

Dentro ya se ha armado la fiesta, porque, claro, todo el mundo se quiere menos yo, que parece que me he desinvitado voluntariamente del buenrollismo.

Karen está en el asiento del piloto eligiendo la canción del día con su ánimo habitual —¿de qué ánimo iba a estar, si lleva tres días de vacaciones?— y Yasen y Cancán hablan y se ríen como si yo no existiera.

«Estás siendo una estúpida», me digo.

Y tengo razón. Al menos de forma parcial.

Pero no consigo dejar de estar de morros.