Capítulo 19
Fayna
Pero el caso es que siempre me gustó su aportación a la red social.
Ahora que estoy viviendo en mis carnes lo que es ser incapaz de apartar la vista del espectáculo que se ha montado a mi costa, puedo confirmar que apagar el móvil e ignorarlo no es tan fácil.
De hecho, es imposible.
Me he pasado toda la noche y el trayecto matinal en barco a Corralejo, Fuerteventura, refocilándome en la miseria de cada comentario malintencionado que ha sido enviado a las profundidades de la web.
Pensaba que lo que más me atormentaría sería el señalamiento de mi presunta conducta amoral, pero supongo que cuando estás tranquila con tu aportación al mundo, ni siquiera una horda de detractores puede convencerte de que debes hacer autocrítica o, puestos a pedir —porque por pedir que no les quede—, suicidarte.
De acuerdo, monté un dromedario durante dos minutos y medio —no estoy orgullosa—, pero he denunciado el trato que reciben los animales en la pequeña pantalla; ¿qué estás haciendo tú, José Antonio, aparte de criticar con fervor desmedido a una desconocida desde el sofá de tus padres?
Si le hubieras puesto al sexo con tu novia la mitad de la pasión de la que has imbuido tus amenazas de muerte, a lo mejor no te habría abandonado como a un perro el día de tu cumpleaños.
Pero que conste que no puedo juzgar del todo el arte de verter odio en la red.
Yo trabajé en negro durante unos meses antes de cumplir los dieciocho, y cuando volvía a mi casa con las cervicales contracturadas y un intenso pitido en los oídos después de atender clientes maleducados durante nueve horas mal pagadas y ni siquiera reconocidas en el contrato, lo último que me apetecía era mostrarme compasiva con los errores ajenos.
Hacía lo mismo que mis enemigos: meterme en la red social que estuviera de moda en el momento, escoger con meticulosidad los datos más ambiguos que hubiera sobre un escándalo entre celebridades que pudieran justificar una crítica feroz y dar la opinión más vitriólica jamás vista desde una cuenta anónima.
Nunca dije que fuera perfecta. Lo que sí digo es que todos hemos tenido dieciséis años. Es decir; todos hemos sido una personita en construcción que ha pasado por una lamentable fase hitleriana.
Digan lo que digan, pagar nuestras frustraciones con el que nos quede más cerca está en la naturaleza humana.
Pero de un tiempo a esta parte, este impulso, que no por humano deja de ser despreciable y ha de ser domado con paciencia, se ha convertido en un entretenimiento socialmente aceptado.
Todavía se alza alguna voz blanca sobre el resto para clamar que se está cometiendo una injusticia, que «hay que salir más a la calle a tocar césped».
Son las de menos, por desgracia. Día sí y día también, uno es vilipendiado con brutalidad —y mucho ingenio, eso también debe reconocerse— por la masa homogénea en la que se convierte el vulgo cuando tú eres la comidilla.
Es el prendimiento de las brujas contemporáneo.
Antes de que alguien me diga que estos son los inconvenientes de pactar con el diablo una cuota de fama en TikTok y que tengo que aceptar con deportividad la crítica constructiva que es que te llamen zorra y derivados, advierto que ya venía de casa preparada para las críticas.
Lo que no me habría imaginado ni en mil vidas es que un sector poblacional significativo —sospecho que es el mismo que ha seguido con fervor apasionado la serie El verano en que me enamoré , es decir, un público fundamentalmente femenino y romántico— se volcaría en el episodio piloto porque cree que hay algo entre Cesc y yo.
«Es que hay algo entre Cesc y tú», me aclaró Yasen, al que nunca había tenido por un insolente contestón.
Y me lo dijo como si yo no lo supiera.
Como si yo no lo sufriera.
Los comentarios al respecto son de lo más variopintos.
Para empezar, Cesc no ha proporcionado su nombre completo.
En los créditos aparece como «Cesc» a secas —no sé si eso es legal.
Imagino que sí, porque Lady Gaga suele figurar como Lady Gaga, no Stefani Joanne Angelina Germanotta—.
Por esta razón, el tópico en tendencia del día no es Fayna y Cesc, sino Fayna, cámara, hashtag Love Is In The Air —qué manía con hablar en inglés, chos —, hashtag Luces, Cámara, Pasión...
y hasta aquí puedo contar, porque a continuación me han absorbido las valoraciones al respecto.
Varían desde las más prudentes —«¿¿¿Soy la única que ha visto que tienen muchísima química?
??» y «Uffff, ¡¡qué buena pareja hacen!!
»— hasta las que asustarían a un apego evitativo: «Es muy fuerte ver a la gente enamorarse en directo.
Son el uno para el otro». Y eso por no mencionar las que deberían censurar por contenido inapropiado, este en concreto de una cuenta argentina: «Esos dos son unos degenerados, boludo.
Yo sé que se parten al medio garchando».
(Lo cual no es falso.)
Hay gente aprovechando el bombazo del documental para inventarse bulos del palo de que nos vieron en no sé qué pub de no sé qué ciudad —una en la que no he estado jamás, por cierto— morreándonos hace un par de meses y que por ende estamos liados desde antes de la grabación.
Antes de que yo supiera de su existencia, de hecho.
El rumor corre como la pólvora porque a) es romántico, y b), me deja como una cerda que tira de sus hilos para que le contraten al pibe en la producción y así irse de vacaciones gratis con él.
Eso lo han dicho, lo juro.
Más de uno y más de dos.
No sé si admirar la creatividad de la gente o temer el delirio que se adueña de la colectividad a raíz de un tuit viral.
Si no existiera la posibilidad de obtener la validación de desconocidos haciéndote el gracioso con memes ofensivos para otros seres de carne y hueso, apuesto a que habría menos de la mitad de las cuentas ya activas en Twitter.
Pero existe . El método les funciona para sentirse queridos por el público.
Uno de los comentarios con mayor interacción tiene alrededor de cien mil me gusta , y reza lo siguiente: «¿Por qué montarte en camello pudiendo montártelo con el cámara? ».
(Dromedario.)
Y si solo acabara ahí...
«Fayna, Fayna, no estaba al tanto de tus mañas. Qué callado te lo tenías», dice otro.
No faltan los comentarios de las mujeres más intensas de la comunidad LGBT .
Una ha confesado haber caído de rodillas en el pasillo de congelados de Mercadona al enterarse de que no soy lesbiana.
Otra ha subido una captura de pantalla que nos muestra a Cesc y a mí muy acaramelados seguida de un fragmento de la canción Cornelia Street de Taylor Swift y de una ilustración de Celia St James y Evelyn Hugo.
Si mis años de influencer no me hubieran curtido, estaría grabando un vídeo muy encendida recordando que porque me haya acostado con un tipo —algo que no merece la pena desmentir— no se me ha olvidado que nací bisexual.
Pero a la gente le encanta quitarte el carné que ellos mismos te dan en función de cómo se levanten si empiezas a liarte con alguien de un género que no es el que se han emperrado en asociarte.
La invisibilidad de la bisexualidad es un melón que no me apetece abrir —Anna Castillo lo ha comentado por mí, y con mayor elocuencia—, así que sigo deslizando tuits cuando me topo con uno que me llama la atención.
A decir verdad, me han llamado la atención todas las cuentas que se han tomado la molestia de referirse a Cesc por su nombre. Me parece un detalle de agradecer —sobre todo viendo el nivel del que partimos— que esperasen a los créditos para averiguar su identidad.
Pero este comentario se destaca incluso en eso, porque no lo llama Cesc, sino Francesc.
No es tan difícil imaginarse que Cesc viene de Francesc. Lo que es difícil imaginarse es que el mencionado usuario sepa algo que a mí no me constaba: que en su isla es conocido como...
—Xicu —leo en voz alta.
¿Lo habré pronunciado bien? Nunca había leído ese diminutivo viniendo de Francesc.
No me da tiempo a enterarme del resto del tuit. Una llamada de Javier interrumpe en la pantalla.
Mi primer impulso es colgarle. Estamos hablando del Germen Del Mal.
Si el productor no existiera, yo no me habría peleado con nadie y nadie se habría peleado conmigo...
O a lo mejor estoy siendo demasiado permisiva con mis deplorables actitudes y nadie se habría peleado conmigo si yo no me hubiera peleado con todos.
Aún no me apetece hacer autocrítica, así que suspiro y descuelgo a desgana.
—Hola.
—¡Hola, Faynita!
Vaya .
Para sorpresa de nadie, ha vuelto a ser simpático. ¿Quién iba a decir que la fuente de alegría de un hombre rico de mediana edad sería la viralización del piloto chorra de un documental?
De lo que era un documental.
Ahora es una comedia romántica.
—Supongo que has visto cómo ha reaccionado el mundo a la emisión.
—Exactamente igual que yo —respondo procurando moderar mi genio—. Con mucho asombro y mala baba.
—¿Asombro y mala baba? ¡De eso nada! Bueno, ya sabes cómo es la red. Siempre hay alguien por ahí jodiendo —rebuzna, y me da coraje, porque el que está jodiendo es él—, pero a grandes rasgos la acogida ha sido espectacular. ¿Sabes cuántos usuarios han visto ya el piloto?
¿Sabes cuántos usuarios saben ya con quién te has metido en la cama?
—Sorpréndeme.
—¡En torno a setecientos mil! ¡Y eso solo en el mundo hispanohablante!
Si se populariza en países de habla inglesa, que es lo que esperamos una vez se hagan los doblajes, entraremos por la puerta grande.
Y estoy seguro de que si le hubiéramos hecho muchísima promoción previa en lugar de aceptar esta estrategia publicitaria de la sorpresa, habríamos duplicado las cifras.
Lo escucho como quien oye llover con el móvil pegado a la oreja y la mirada orientada hacia el mar.