¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Oye, Fayna —esta vez la interrumpe él a ella, ni con cansancio ni con hartazgo, sino con su impertinente franqueza—.

Admiro tu labor social y suscribo cada una de tus opiniones, pero mi contratador es Javier Varela.

La empresa de la que forma parte es la que me va a pagar, no tú.

Si me mandan rehacer el proyecto, lo rehago a su gusto y me callo.

Lo que está en juego es mi vida laboral y el pan que llevo a la mesa.

Mi abuela se mató a currar toda la vida sin estar dada de alta en la Seguridad Social y tiene que sobrevivir con una pensión de menos de quinientos euros al mes.

Depende de mí para salir adelante. Lo entiendas o no, mi familia es lo primero y voy a hacer lo que haga falta para ganarme ese sueldo.

—Yo no tengo una abuela enferma —interviene Cancán, que se asoma por el costado de Yasen con cara de circunstancia.

Más que el deseo de limpiar su nombre, juraría que es el FOMO lo que la ha traído hasta aquí—, pero la alternativa a que el documental salga adelante y me dé visibilidad para seguir dedicándome a esto es volver al pueblo y trabajar de lunes a sábado en la carnicería de mis padres.

Quiero poder vivir de mi sueño, Fayna. Sé que ha estado feo por parte de los chicos no decírtelo; yo no lo he sabido hasta que lo he visto hace un rato, por eso no te he avisado, pero... ¿de verdad es tan grave?

—No, no lo es —le tomo la palabra mirando a la perjudicada, que ha tenido que guardar silencio mientras se justificaba el equipo—.

Ella es la primera que sabe que hay cosas peores en la vida que ser asociada con un chaval de la producción por los adictos a internet y los obsesos de las relaciones parasociales.

Lo que pasa es que se le olvida cuando su adorada reputación está en juego.

Fayna abre la boca para replicar con todas sus energías. La postura así lo advierte: pecho henchido, mejillas ruborizadas por la indignación de recibir un trato que cree injusto, temblor corporal.

Pero se rinde.

Dudo que sea porque la triplicamos en número. Dudo que sea porque se haya cansado de discutir. Ella nunca se cansa de discutir y ya ha demostrado ser lo bastante temeraria para enfrentarse a cualquiera, hombre, monstruo o institución estatal.

—Déjenme sola —pide al final.

Yasen es el primero en concederle su deseo. Se da media vuelta en completo silencio, incluso con una actitud conciliadora, si es que eso es posible cargando semejante indolencia.

Se lleva a Candela consigo haciéndole un simple gesto con la cabeza.

Yo no me muevo de donde estoy, de pie ante ella con no menos síntomas del ataque de nervios almodovariano. Me cuesta respirar y me aprieta en el estómago un nudo de miedo que no entiendo o no quiero entender, que preferiría no saber descifrar, pero que en el fondo ya estoy interiorizando.

No soporto saber que me va a mandar al infierno.

Porque me va a mandar al infierno .

No quiero estar ahí cuando eso suceda. No quiero que eso suceda.

Trato de enmendarlo sin traicionar mis principios — todos los tenemos, Fay, no solo tú , dan ganas de decirle— moderando el tono y cogiéndola de la mano.

—Tú también tienes razones para participar en esto y querer que salga bien, estoy seguro.

Si no hubiera en ti una necesidad o una motivación, no te habrías molestado en aceptar.

No te pido que nos des las gracias por haber salvado el proyecto, pero tampoco nos villanices.

Nosotros no tenemos una exitosa cuenta de TikTok a la que exprimirle la pasta para subsistir.

Comprendo al vuelo —y es una revelación— que eso es justo lo que la ha apaciguado: darse cuenta de que nadie es «un egoísta de mierda» y que, aunque lo fuéramos, tendríamos un pase porque nacemos con una única obligación: garantizar nuestra supervivencia, lo que se traduce en sacarnos adelante con los recursos que se nos ofrezcan.

Si nos consideramos buenas personas, procuraremos, al menos en un principio, no pisar a nadie en el proceso, pero nos reservaremos ese lamentable comodín por si llegado un punto las cosas se pusieran feas.

La ley del más fuerte, ¿no? Devora o sé devorado.

«Así es la vida, nena», me dan ganas de decirle. «No es como tú quieres que sea. Tampoco es como yo quiero que sea. Pero es lo que hay».

Si no se lo digo es porque hay algo en ella, en su optimismo rampante, que me impide desplegar mi cinismo en su mayor esplendor.

Quiero que sepa que la vida no es justa y al mismo tiempo quiero que siga pensando que lo será si se esfuerza lo suficiente; a algún ideal hay que aferrarse, y qué bien que ella lo haya encontrado por más que sea un espejismo.

Quiero desmitificar su positividad para que se decepcione cuanto antes, porque mejor ahora que luego, y, a la vez, quiero proteger su visión de las maldades mundanas para que nunca conozca el sufrimiento.

Si por mí fuera, la arrojaría a vivir su show de Truman particular, porque es en la inopia como más a gusto se está aunque la película diga lo contrario.

(A todo esto, ella me diría que soy un condescendiente de mierda. Lo acepto.)

Fayna me sostiene la mirada con los residuos de un enfado que se ha visto forzada a apagar.

Todavía está sofocando el fuego, pero empleando toda su rabia, así que no sé si surtirá efecto o si terminará avivándolo.

Detrás de la ira del descubrimiento, que entiendo que ha podido ser traumático por las condiciones en las que se ha dado, hay entendimiento hacia los implicados.

Estoy convencido de que mañana podrá relacionarse con Yasen y con Cancán con toda normalidad, pues al final una loba solitaria como ella sabe que nadie le debe nada a nadie.

Fayna aparta su mano de la mía. Si lo hubiera hecho con asco me habría dolido menos, pero lo hace con la lentitud de los que no tienen ni fuerzas para pelearse.

—Pudiste decírmelo antes de meterte en la cama conmigo, ¿sabes?

—dice sin rehuirme la mirada, con voz queda—.

Pudiste decirme: «Eh, Fayna, vamos a rehacer el documental y vamos a meter todo esto», porque ya sabías qué cambios se iban a efectuar, si es que no estaban hechos ya para cuando me besaste en la piscina.

Pero sabías también que entrar en detalles te saldría caro, ¿verdad?

Sabías que te costaría una discusión y que no la terminarías ni victorioso ni llevándome a la habitación, igual que sabías que si no era hoy, con la tranquilidad y la supuesta certeza de irnos a casa luego, no me habría acostado contigo.

Limpiar mi nombre me sería tan fácil como decir que eso no es así. Pero no se le puede mentir con descaro a una persona que se ha desnudado ante ti en todos los sentidos, ni mucho menos cuando no hace ni un par de horas desde que compartisteis la mayor intimidad.

A lo mejor no tenía un objetivo milimétricamente trazado en la cabeza.

A lo mejor no lo planeé frotándome las manos con secreto regocijo.

Pero sí sabía que si la informaba de los cambios estructurales perdería mi oportunidad con ella.

Sabía que me odiaría si se lo mandaba a Javier, algo que yo iba a hacer tanto si le gustaba como si no, porque un poco egoísta sí soy.

Y sabía que no volvería a besarla si no estaba convencida de que el proyecto se había cancelado.

Así que hubo algo de premeditación.

Lo único que vale en estos casos es pedir disculpas. Por desgracia, no es algo que se me dé muy bien, y ella tampoco me concede la bendita oportunidad, porque entra en el ascensor. No es hasta que está dentro que extiendo los brazos con una sonrisa que pretende suavizar el rifirrafe y le digo:

—Venga... Claro que te habrías acostado conmigo tarde o temprano. No he estado nada mal, ¿no?

Creo que solo había dos frases que podrían haberme garantizado su odio inmortal.

Una era «he matado a tu perro por diversión» y la otra es justo la que pronuncio con una chulería desenfadada que a mí mismo me parece repugnante.

Se lo veo en la cara: la expresión de por sí asqueada se le tuerce hacia la mueca de desprecio.

Con el acicate de una rabia renovada, se quita mi camiseta de un tirón y me la arroja a la cara, porque por lo visto no merezco otra respuesta.

Se queda completamente desnuda, por cierto.

—¡Espera! —grito con desesperación viendo que se van a cerrar las puertas. Alargo la mano con la camiseta agarrada—. ¿Y si sube alguien en el trayecto hasta el tercer piso...? ¡Fayna! ¡Te van a ver!

—¡Pues que me vean! —estalla. Su rostro se va estrechando conforme las hojas del ascensor se acercan para encontrarse en un beso—. ¡Y que me toquen, ya que están! ¡Al fin y al cabo, parece que últimamente me meto a cualquiera entre las piernas!