Capítulo 17 #2
Pulso el play con la barra espaciadora. Un estruendoso tema de los Estopa, Vino tinto , rompe en los altavoces.
Se me escapa una carcajada gratamente sorprendida —¿en qué momento habrá conseguido los derechos para reproducirla?
Bueno, conociendo a los Estopa, no habrán puesto inconveniente— y bajo el volumen para no molestar al recepcionista.
A la vez que la música, comienza la aventura visual.
Se despliegan de manera sucesiva algunas de las mejores panorámicas que ha grabado el dron.
Mi voz se superpone a la canción siguiendo el guion que improvisamos Yasen y yo esta misma mañana y que grabamos e insertamos a contrarreloj para la segunda propuesta del piloto.
Con un sentido del humor reforzado por la manera en que cambian los planos, más dinámica que la original, voy explicando dónde estamos y qué vamos a hacer.
A continuación, aparece Fayna a deleitarnos con su primera explicación.
Hemos adaptado el documental a las necesidades del espectador, que, suponiendo que sea el seguidor promedio de las redes de @lafaynasilvestre, exige rapidez, acción y adrenalina para el cuerpo.
Diversión, también. El absurdo. Referencias a lo que conocen en la red y chistes generacionales —tras un sondeo, establecimos que la media de edad rondaba los veinte años—.
Se alternan grabaciones de cámara al hombro con zooms inesperados al estilo The Office y con vídeos en vertical y mala visibilidad improvisados con el móvil.
Yasen ha realizado una edición macarra y desternillante con el material inicialmente desaprovechado, que incluye, por supuesto, la carrera de Karen hacia el géiser, la quemadura de Fayna, nuestras vaciladas en plena grabación y algunas cosas que yo no había visto pero que Yasen, con su ojo experto, ha considerado perfectas para nutrir el reportaje.
Por ejemplo, nos grabó con Juan y sus dromedarios, incluyó más chascarrillos y tonterías de Karen —algunas ocurridas en las fiestas de San Isidro— y hasta ha agregado unos fragmentos dignos de paparazzi en los que Fayna y yo salimos hablando en clave íntima, como cuando le curé la mano, la llevé en brazos o discutimos por diferencias creativas.
Javier tiene razón.
Esto es oro.
—¿Karen ha dado su permiso para que se utilice su imagen? —le pregunto a Yasen. Luego me giro hacia Cancán—. Habréis firmado tú y ella todos los contratos de cesión de derechos, supongo. El sensei y yo lo hicimos por nuestro lado en cuanto nos pusimos a editar el piloto.
—Sí, claro. Karen está encantada de salir, y yo, ni te cuento. Así no solo se ve lo que puedo hacer en mi campo con Fayna como modelo, sino también conmigo misma. Es publicidad gratuita.
—Cierto. Javier ha dicho que está siendo un éxito en redes —añado—. ¿Habéis leído algo para confirmarlo?
—De hecho...
—¿Qué es eso? —irrumpe una voz femenina.
Pero no es su obvia irritación lo que nos pone a todos firmes, más a mí que a los demás, sino la nota de alarma mezclada con incredulidad. Esa incredulidad a la que todos nos aferramos por supervivencia para no hacer frente a una situación que se intuye irresoluble.
Me giro hacia Fayna, que tiene la vista clavada en la pantalla.
El documental sigue desarrollándose a su ritmo, sin importarle la opinión de su protagonista o el tiempo que pueda necesitar para encajar el golpe.
El corazón me da un vuelco al ver que, para bajar a la recepción, se ha puesto mi camiseta del Hard Rock Café neoyorquino...
... y nada más.
No sé si el vuelco es porque casi se le ve la ropa interior —si es que lleva— o por lo que puede significar que la luzca con toda familiaridad.
Me levanto como un resorte y aparto el ordenador para ir a cubrirla, pero ella impide que deje el portátil sobre la mesa y me esquiva con la agilidad de un ninja.
Me arrebata el aparato sin mirarme aún y pulsa la barra espaciadora para seguir horrorizándose con el contenido, que veo reflejado en sus pupilas dilatadas por la impresión.
Fayna no se mueve. No respira. Se ha quedado rígida como una estatua de sal, y aunque no puedo quitar la vista de ella por lo que sé que se nos va a venir encima, intuyo a nivel sensorial que mis compañeros también la están vigilando con el culo apretado.
Es el efecto que mi niña tiene en la gente.
Curioso, considerando que empezó su periplo influencer recomendando el yoga y la vida tranquila.
—¿Esto es lo que Javier dijo que se subió a la plataforma?
—pregunta sin mover apenas los labios, sin pestañear aún.
Gira el portátil para que todos podamos ver el vídeo grabado con un humilde Xiaomi en el que se la ve bajando del dromedario para caer en mis brazos—. ¿Esto es lo que vio todo el planeta?
Candela sigue teniendo la esperanza de impresionarla y convertirse en su mejor amiga, así que no es la que contesta.
Yo tampoco respondo, aunque por otras razones.
Apuesto a que si soy yo el que habla, explota antes.
—Sí —se limita a decir Yasen, y sin ningún género de vergüenza.
No creo que se haya sentido avergonzado en su vida.
Sin poder soportar más la tensión, Fayna retira el portátil de su campo de visión.
Imagino que estaba asomada a mi sillón como los cotillas mientras yo me reía con las escenas elegidas, y que ni Cancán ni Yasen la han visto, sumergidos como estaban en su conversación otaku.
O eso, o lo que más podría molestarla en esta vida es que la gente sepa que se ha montado en un camello, que es lo único que le habrá dado tiempo a ver del documental si acaba de llegar.
Con los brazos alzados en señal de «ya no puedo más» y sin mediar palabra —en estos casos no hace falta, porque the eyes, chico, they never lie —, gira en redondo y desaparece de la recepción por el pasillo que conduce a los ascensores.
El movimiento le levanta la camiseta, bajo la que asoman los cachetes desnudos.
Decir que entro en paro cardiaco es quedarse corto.
Ni me lo pienso antes de echar a correr detrás de ella con las manos alargadas para tirar del borde de la prenda.