Capítulo 17
Cesc
Fayna duerme como vive, sin aferrarse a las cosas materiales ni la mitad de lo que se aferra a sus sueños.
He estado esperando, no sé si más expectante o nervioso con la posibilidad, a que en algún momento se girase hacia mí y me abrazara o se dejase abrazar, pero incluso inconsciente prioriza sus límites.
En este caso concreto, el suyo es que le respeten la libertad de dormir a pierna suelta; que no la hagan cargar con el deseo de intimidad ajeno cuando no está en condiciones de decidir si corresponderlo.
La mayor parte del tiempo me ha dado la espalda con las manos unidas bajo la mejilla y las rodillas dobladas, postura que los expertos recomiendan para optimizar el descanso; postura con la que publicitan las gominolas de melatonina.
Su pose indiferente describe a la perfección lo que apuesto que me diría si estuviese despierta: «No te vayas a venir arriba solo porque hayamos follado, ¿vale, mi niño? ».
Sonriendo algo aturdido por el desenlace, aparto la sábana y me levanto de la cama para lavarme la cara.
Solo la cara. Voy a esperar a que Fayna abra los ojos y me diga cuál será nuestro próximo movimiento para decidir si ducharme.
A lo mejor se le cruza un cable y decide que ha sido cosa de una sola vez, en cuyo caso me sumergiré en la nostalgia voluntaria conservando el mayor tiempo posible la huella de su cuerpo en el mío.
Me he prestado con gusto a más de un «aquí te pillo, aquí te mato», pero, al final, por h o por b , nunca han sido el primer y último polvo.
Esas aventuras que pretendía pasajeras siempre se acababan convirtiendo, antes de que yo me diera cuenta, en rollos de varios meses.
En dos ocasiones hasta llegué hasta a formalizar un noviazgo como Dios manda, todo esto como evolución orgánica tras un primer encuentro sexual.
Fayna no fue especial en este aspecto si resumimos el día que nos conocimos como que la vi, me pareció atractiva y me lancé.
Es mi modus operandi habitual. Conozco a una chica que me hace gracia y voy por ella porque total, el no ya lo tengo.
Pero si albergo la más mínima sospecha de que me puede complicar la vida, no me cuesta reprimirme.
Puedo controlar mis sentimientos hasta ese punto.
Matarlos, si hace falta. ¿Que es una celosa patológica, quiere compromiso ya de entrada, defiende ideas políticas que chocan con las mías, pretende convertirse en mi prioridad o, en definitiva, no me cuadra por carácter?
No hay manera de persuadirme ni para darle un apretón de manos.
Pero la Fayna es silvestre. No solo es complicada, sino que es compleja , y yo lo sabía y aun así me tiré a la piscina. De tiburones.
Con ella se han alineado los planetas. No se puede explicar de otra manera.
La miro desde el baño mientras me seco las manos con la toalla.
Deben de ser las siete u ocho de la tarde porque la luz ha empezado a teñirse de escarlata.
He tratado de evitarle un despertar desagradable corriendo las cortinas, pero son tan diáfanas que como mucho suavizan el impacto solar.
Sus últimos rayos perfilan la silueta femenina.
No puedo resistirme a sacar el móvil y hacerle una foto para mi deleite personal. Dudo que se enfade si alguna vez llegara a enterarse, porque entre el contraluz y la mala visibilidad, nadie excepto yo sabría que se trata de ella. Eso es lo que, en parte, convierte la imagen en un preciado tesoro.
Me pongo el bañador seco y una camiseta limpia y salgo de la habitación sin prisa.
Total. No tenemos que ir a ninguna parte.
Cuando digo que se han alineado los planetas, lo digo muy en serio. Yasen podría haber entrado en el curso de las últimas horas entre una y mil veces y eso no ha sucedido, aunque también puede ser que se haya quedado a las puertas alertado por los inequívocos ruidos provenientes del interior.
Abro WhatsApp para preguntarle dónde se ha metido, si al final se han podido cancelar los barcos y si han comprado vuelos a Madrid o Málaga para mañana.
Me sorprende toparme con un mensaje de Javier en el grupo del equipo.
No hagáis las maletas. Comprad un billete para llegar mañana por la mañana a Fuerteventura.
¡No olvidéis pedir factura para que me haga cargo!
Esto es oro, chicos. Gracias. Lo hemos emitido por sorpresa y está siendo un éxito en redes. Miradlo.
Como estoy solo en el pasillo, no me avergüenza hacer un infantil gesto de victoria.
Mis indicaciones y el trabajo exhaustivo de Yasen han dado sus frutos.
¿Cómo no iban a darlos, joder? Si había material de sobra para editar un piloto que mantendría a la gente pegada a la pantalla.
Me reúno con el cerebro pensante en el recibidor del alojamiento, vacío a estas horas de la tarde.
Por fin, el sonidista y editor ha dejado a un lado el portátil: su material descansa sobre la mesilla junto a un barraquito, esa bomba de azúcar canaria que pretende hacerlas de café y es más bien la pesadilla de un diabético.
Candela le hace compañía al sensei en el sofá. Sorbe de la pajita de un batido color amarillo.
Curiosamente, es Yasen quien habla y ella quien escucha.
Parece que se hayan intercambiado los papeles. Él gesticula con pasión y Candela le atiende sin pestañear.
—Lo más interesante del vestuario en Nana —está diciendo Yasen— es que va marcando la evolución de los personajes.
Sobre todo en Hachi, y siempre en función de las relaciones en las que se embarca.
Al principio su estilo se mueve dentro de la clave kawaii clásica japonesa, pero tiende a la sofisticación conforme avanza la serie.
La otra Nana, Osaki, sí se sale del Shibuya casual y el otome-kei .
Referencia el punk británico puro y duro, y que no se mueva de ahí subraya su fortaleza de carácter.
Ella ya es su propio individuo cuando comienza la historia y no renuncia a su estética del mismo modo que no renuncia a sus creencias. Es todo tan simbólico y redondo...
—Cancán, ¿te está molestando este tío de aquí? —me mofo en cuanto los alcanzo.
Ella tarda en despegar los ojos de Yasen para mirarme.
Está claro que la conversación —o el mansplaining — la está maravillando, porque se le han encendido las mejillas.
Me puedo imaginar qué ha impulsado la conversación: el atuendo rockero con el que se ha vestido —o disfrazado— hoy la maquilladora.
—Yasen me ha visto llegar y me ha dicho que voy «muy Vivienne Westwood».
—La voz se le entrecorta de la ilusión. Por lo visto, para ella eso es el equivalente a decirle que es la mujer más bella que jamás ha pisado la Tierra—.
Le he tenido que preguntar por qué sabe quién es Vivienne Westwood, y así es como me he enterado de que hay un anime con la estética inspirada en la diseñadora.
—Dos, en realidad —la corrige él—. En Paradise Kiss , también de Ai Yazawa, la moda se coge de la mano con el argumento.
No es la primera vez que Yasen ha relacionado un ámbito del saber originalmente aislado de sus intereses con sus dibujitos animados.
El otro día me dio una charla sobre transhumanismo y fusión hombre-máquina — que nadie pregunte — y me dijo que lo había investigado a raíz de su decimocuarto visionado de Evangelion .
También lo pillé anoche, cuando volví a reunirme con el equipo en las fiestas tras la estampida de Fayna, fangirleando —no se puede utilizar otra palabra— con Cancán sobre música clásica.
Ella se reconoce en el tema porque de pequeña tocaba el piano y él porque ha visto cien veces You, April, is a liar [2] , o no sé cómo coño se llamaba.
—¿Has visto el mensaje de Javier? —pregunta Cancán en cuanto me arrojo sobre el sillón libre.
Asiento con la cabeza, sonriente, y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, hacemos un pequeño y ridículo bailecito con los puños en alto—.
¡Menos mal! Llego a volver a casa cuando ya había informado a mis padres de que estaría trabajando en un superproyecto y no me quiero ni imaginar su reacción.
Mi madre me habría puesto a despachar pollos e higadillos durante el resto de mi vida.
Le da un escalofrío.
—Pero si en San Isidro te pusiste hasta el culo de carne fiesta, qué me estás contando —me burlo.
—Vale, no soy vegana, pero ¿significa eso que no pueda ser aprensiva con la sangre animal?
—Yo me habría tenido que pasar otros tantos meses viviendo de ahorros y echando currículum en todas partes.
Estar en la plantilla de BNA no significa nada —me explica Yasen.
A él lo llamaron internamente para hacerle la propuesta, al igual que a Cancán.
Un servidor es el único que se recomendó de forma expresa y externa para participar en el documental sin haber trabajado antes para la plataforma—.
Puede que emprendan muchísimos proyectos, pero no es como si a mí me llamaran para todos.
Al menos pagan lo bastante bien para salir del paso un tiempo.
—Sí, eso es verdad —convengo con un asentimiento. Le arrebato el batido a Candela para darle un sorbo rápido. En efecto, es de mango con alguna otra fruta local. ¿Papaya? ¿Guayaba? ¿Maracuyá? No sé cuáles son las frutas locales—. ¿Me dejas echar un vistazo al resultado?
Yasen me señala el portátil con la barbilla para que me sirva yo mismo y retoma la conversación con Cancán donde la ha dejado.
Apenas presto atención al contenido de la misma, que no me resultaría más foráneo ni si estuvieran hablando en arameo, pero una cosa hay que decirla: el lenguaje del amor es universal, y cada vez salta más a la vista que a Candela le gusta nuestro sensei.
No me da tiempo a formarme una opinión al respecto porque nada más abrir la tapa del ordenador me aparece el vídeo en pausa.
Se lo habrá enseñado antes a la maquilladora.