Capítulo 16 #3
Tan despacio que casi veo pasar la vida ante mis ojos, Cesc se quita la ropa interior, le roba un preservativo a la cartera que llevaba en la bermuda-bañador y ocupa de nuevo su lugar de rodillas ante mí cuando ya está listo.
Me acaricia los muslos con una mano y con la otra guía su entrepierna a la entrada de mi cuerpo.
Aguanto la respiración antes incluso de notar la dulce presión del prepucio, y así me mantengo, tensa y al mismo tiempo entregada, conforme se va insertando. No es hasta que se detiene que suelto todo el aire de golpe y alargo las manos hacia él con tal de aferrarme a algo.
—Quiero que me digas varias cosas —dice después de tragar saliva.
Arrugo el ceño y sacudo las caderas, una invitación nada sutil a moverse a la de ya , pero él bloquea mi iniciativa clavándome los dedos en la cintura; el mordisco de una mano.
—¿Qué cosas? ¿Me vas a pedir que te llame papi, o algo así? —Intento reírme, pero solo me sale un débil gimoteo.
—Quiero que me digas... —Habla entre dientes. Él mismo sufre con el calor que se acumula entre nosotros y que solo un balanceo de caderas podría sofocar—. Quiero que me digas que soy muy sexy, que nunca nadie te ha gustado tanto como yo y que llevas semanas soñando con esto.
—¿Por qué?
—Porque es la verdad. —Eso lo responde sin mirarme.
Está concentrado en la ruta de sus manos, igual que un alfarero en su pieza: delinea mi silueta desde las axilas hasta las caderas abiertas para él, y por último posa la palma en mi bajo vientre.
No mucho más abajo está su polla enterrada, ardiendo dentro de mí—. Porque quiero oírlo.
—Eres sexy.
—Muy sexy.
—Vale, muy sexy, chos . Y te deseo y soñé contigo. —Trago saliva—. Frecuentemente —apostillo con un sollozo.
Mi cuerpo no puede más y contraigo los músculos internos para apretarlo, para torturarlo.
Surte efecto: la vena de las dificultades y la falta de autocontrol aflora en su frente, y tiene que rechinar los dientes para contenerse un poco más.
Yo me aseguro de que no lo consiga incorporándome y apoyando las manos a mi espalda para ser quien comande el ritmo.
Mirándolo con fijeza, muevo las caderas en círculos con lentitud hasta que él explota.
Me agarra de los muslos con la intención de dejar impresas las huellas de sus dedos y se retira, al fin, para penetrarme lentamente hasta el fondo.
Descuelgo la cabeza hacia atrás y gimo en voz alta. Los temblores y el deseo precarizan mi equilibrio sobre las palmas, pero no quiero tumbarme, quiero permanecer así, cara a cara con él y en la postura adecuada para levantar las caderas e ir a su encuentro si quiero.
Y quiero, claro que quiero.
Pero no tengo que hacerlo.
Cesc me empuja hacia sí por las nalgas y ahí deja las manos para embestirme una y otra vez, al principio despacio y con la dedicación que prometían sus besos lentos y su admirable dominio de sí mismo, pero luego, al cabo del rato, con una virulencia impaciente que no me deja respirar.
Acabo abrazándome a su cuello y alzándome lo justo para sentarme encima de su regazo y seguir a mi ritmo, que no es menos demandante.
Me agarra los pechos, los hombros, la cintura y el pelo. Sus manos están en todas partes y en ninguna, igual que su boca y su lengua, que imprimen el sello rojizo y húmedo de un chupetón en cada puerto en el que atracan.
Muy pronto comprendo que follar con él es como discutir con él.
Quiere salirse con la suya a toda costa y yo también, así que cambiamos la postura conforme le ganamos terreno a las ansias del otro: yo impongo mi deseo cabalgándolo un rato, pero Cesc aprovecha mis descuidos y pérdidas de juicio para placarme contra la cama, boca abajo, y follarme de espaldas como si de pronto me odiara.
Tengo que manotear al aire y empujarlo con mis propias caderas para tenderme de lado e indicarle con la posición de mis piernas cómo ponerse, pero él me entiende, como me entiende también cuando le rebato durante una pelea, y se adelanta a mi petición sujetándome el muslo para penetrarme de nuevo.
Nos sostenemos la mirada como dos caníbales que buscan la manera de devorarse el uno al otro. El sudor se me mete en los ojos y me pega el pelo a la piel, y a él lo hace brillante y resbaladizo, perfecto para recibir mis caricias nerviosas, perfecto para moverse sobre mí.
El bajo vientre me quema, ahí donde ha besado y mordido me quema, y sobre todo me quema la obsesión y el hambre por su cuerpo.
No me extraña acabar completamente tendida encima, sacudiendo las caderas con la mejilla y las manos pegadas a su torso húmedo, los ojos cerrados y la sensación de que me voy a morir en cualquier momento.
Pero no me muero. Cesc cruza los codos a mi espalda y gruñe con la última embestida, y yo, que quiero correrme con él, aumento la rapidez del movimiento circular hasta que la fricción se vuelve irresistible y me deshago entera.
Busco su boca para coronar el orgasmo y nos besamos por última vez por lo que queda de polvo, que, en contra de mi propósito de alargarlo hacia la eternidad, ha tocado a su fin.
Al menos hasta el siguiente.