¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

A Cesc no parece importarle que esté empapada por el chapuzón.

Me ciñe a su pecho como si tuviera miedo de que me escapara —no es un miedo infundado, considerando mi breve pero elocuente historial— y desliza los dedos de mi cintura resbaladiza a mis nalgas, que empuja hacia arriba con la amenaza de alzarme en vilo.

El beso del principio ya era toda una declaración de intenciones, pero con el correr del segundero se transforma en una vorágine de deseo imparable que nos lleva a tocarnos con impaciencia, como dos locos a los que no les importa ser el centro de atención.

En un momento dado, Cesc rompe el contacto para agacharse y cogerme en brazos, y sin pedir ni perdón ni permiso trota sin dificultad hacia el interior del hotel.

Yo todavía estoy asimilando la sucesión de acontecimientos —la cancelación, la discusión, en lo que esto ha desembocado—, pero no me habría opuesto al desenlace ni en plena posesión de mis facultades.

Por el contrario, le provoco con besos cortos en la garganta y en el borde de las orejas.

Descubro con alivio que la derecha tiene el espacio suficiente entre piercings para que quepa mi dentadura y así poder morderla sin tocar metal.

Le oigo bufar una palabra incomprensible. Desde mi postura solo se atisba su perfil, pero me es suficiente para advertir que se ha ruborizado y o bien ha empezado a sudar o bien ya le he mojado entero de agua clorada con mi cuerpo.

No hago preguntas estúpidas  del tipo «¿En serio vamos a hacerlo?

». Puedo fingirme tonta todo cuanto guste o me convenga, pero, al final, he sabido desde el momento en que lo miré a la cara que íbamos a acabar en un lío de manos y piernas, y si no en el mismo avión, pues cuando la vida nos volviera a unir.

Este descubrimiento me impresiona, pero no me intimida. Y es que sí, en el fondo nunca me cupo la menor duda de que coincidiríamos otra vez. Y no me equivocaba, porque aquí estamos ahora, a solas en una habitación con dos camas individuales.

Al principio asumo que Cesc me baja al suelo con la intención de juntarlas para mayor comodidad, pero nada de eso. Parece que va a apañarse con un colchón de noventa, y yo no quepo en mi deseo de descubrir cómo lo convierte en el lugar más cómodo del mundo mientras espero su siguiente movimiento.

No se hace de rogar. Jadeando por el esfuerzo de haber subido las escaleras con setenta y cuatro kilos encima y casi corriendo para llegar antes, se saca la camiseta por la cabeza de un movimiento implacable y la arroja a su espalda con desdén.

Me toma de la mano para traerme hacia él y unir de nuevo nuestros labios en un beso que desde el comienzo me pone a tiritar.

Con una mano me acaricia el brazo desde el hombro hasta el dedo corazón, y con la otra deshace el nudo del biquini.

La prenda tenía tantas ganas de marcharse como yo de desnudarme, porque no se opone al delicado tirón.

Cesc me rodea por las caderas con afán posesivo y entierra la cara en mi clavícula.

Para seguir la ruta de besos hasta los pechos, coloca las manos entre mis costados y por ahí me sostiene, como un cáliz del que se bebe, para lamer y mordisquear mis pezones.

El ardor concentrado en mi entrepierna se divide como las tropas de un ejército por las distintas secciones de mi cuerpo, sensibilizándome en mis puntos débiles.

Le rodeo la nuca con los dedos y presiono con suavidad para incitarle a seguir, y él sigue con la mayor de las disposiciones, tan excitado que cuando su mejilla me roza la piel noto que arde de ganas.

Su lengua traza líneas irregulares sobre mi piel con la única intención de enloquecerme, y lo consigue.

No se detiene hasta que los temblores, resultado de los nervios y la anticipación, me impiden tenerme en pie.

Entonces Cesc cierra el brazo a mi espalda como la barra de seguridad de una atracción de feria y me levanta para llevarme a la cama.

Tendida boca arriba, tengo tan solo unos segundos para memorizar la escena, la habitación, el hombre que se yergue ante mí ahora sin el calzado y sin los pantalones, pero con un bóxer negro que me descubro mirando como lo que es, un elemento discordante, un espontáneo que sobra en la función.

Cesc se encarama al colchón y se abre un hueco entre mis muslos tan solo prodigando una caricia remolona a mi rodilla.

Con la seguridad que solo exhibiría quien se erige dueño de tu cuerpo —y me sobrecoge pensar esto, pero más me sobrecoge verlo, sentirlo tan adentro—, separa la una y separa la otra y apoya la palma sobre la tela de la parte de abajo del biquini.

Su mirada oscurecida se encuentra con la mía y se me ocurre pensar que los dos tenemos la misma cara, que él es mi espejo y yo el suyo: ambos entreabrimos los labios, ambos jadeamos de agonía, ambos estamos ruborizados. El deseo nos hace uno.

Cesc menea la cabeza sutilmente buscando serenar su respiración, pero no lo consigue y yo tampoco.

Introduce la mano bajo el biquini muy despacio, pendiente de mi reacción física.

Cierro los ojos y me arqueo de forma involuntaria en cuanto sus dedos se curvan hacia dentro.

Se me escapa su nombre con el aliento entrecortado y, no sé por qué, me escondo detrás del antebrazo.

Él está en posición de manejarme a su antojo.

Empieza a darme órdenes cogiéndome de la muñeca para que lo mire o al menos le deje a él mirarme a mí.

Esa es la orden directa. La orden indirecta se produce cuando comienza a masturbarme lentamente: «Quiero que te revuelvas.

Quiero que goces. Quiero que pierdas la cabeza».

Al menos, eso es lo que desencadena la deliciosa persistencia de su movimiento, al que me entrego mordiéndome el labio con fuerza y agarrándome a las sábanas.

—Al final vas a conseguir lo que te propusiste el primer día —gimoteo.

—¿Qué se supone que me propuse? ¿Acostarme contigo?

—Su voz no suena mucho más estable o segura.

Sin dejar de tocarme con ningún otro propósito que derretirme, apoya la mano libre en el colchón y se inclina sobre mí.

Me besa en una mejilla, en otra, como los europeos, y luego en los labios, como los amantes—.

¿En serio crees que un solo hombre en la historia se ha propuesto alguna vez volverse loco por una mujer?

¿Crees que esto que siento es algo cómodo o agradable?

—¿No estás cómodo ahora, mi niño? ¿No te parece agradable? —me mofo.

Cesc se reincorpora y recorre mi vientre con una caricia desde el ombligo hasta la garganta. Sigue su recorrido con la mirada vidriosa, momentáneamente abstraído.

—No —murmura. Entiendo a lo que se refiere antes de que lo explique: la mirada que me lanza a través de las pestañas es elocuente de sobra—. Estoy nervioso y muerto de angustia.

—Pues alíviate —le reto con la voz estrangulada.

Cesc se pasa la lengua por los labios, que a estas alturas tiene húmedos e inflamados.

Como si me hubiera tocado solo para medir la temperatura, saca los dedos mojados de mi interior y los observa con intención.

Sin limpiarlos, introduce la mano en su bóxer y se acaricia la erección sin permitirme aún verla, impregnándola del calor en el que ahora se va a zambullir.