¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Fayna

—¿Quieres que te diga lo que opino?

—Por favor.

—Opino —empiezo después de inspirar enérgicamente— que utilizas tu encanto personal para manipular a la gente.

Opino que deberías aprender a gestionar la confrontación como lo que es, un momento tenso e incómodo, porque no creas que no me di cuenta de que reculas en cuanto comienzas a discutir y terminas sacando la carta del humor para desviar el tema.

Eso le hace muy flaco favor a la producción y a ti mismo, pero dudo que vayas a reconocerlo siendo lo que eres, un soberbio de manual.

Aunque no lo digas, yo sí me percato de que sales de todos los intercambios de ideas pensando que la tuya es la válida y que los demás somos una panda de ignorantes.

Cesc oculta una sonrisita inoportuna fingiendo rascarse el arco de Cupido.

—A ver, es un hecho que tengo formación en el sector de la que tú careces. Un poco ignorante en comparación sí eres.

—¿Ves? Encima usas el buen rollo para aligerar los golpes, como si no nos fuéramos a dar cuenta de que estás siendo condescendiente. Por si fuera poco —añado, envalentonada—, no respetaste ni un solo segundo lo que te exigí en Madrid: que fueras profesional y que... que no me miraras así.

Él arquea las cejas con ese encanto personal que digo.

Ese que es un arma arrojadiza.

—¿Así cómo?

—¡Pues como me estás mirando ahora! ¡No te tomaste en serio el proyecto ni un solo día y crees que el fracaso se debe a mi enfoque! ¡A lo mejor habría salido algo más interesante en contenido y forma si no hubieras estado distrayéndome con tus boberías!

La sonrisa de Cesc se ensancha después de pasarse la punta de la lengua entre los labios. Entrelaza las manos a la espalda, como los niños que no han roto un plato y los ancianos que adoran pasear, y avanza un paso hacia mí.

—Ahora es mi turno de decir lo que opino de Fayna, ¿no?

—Finge esperar una respuesta con expectación.

Como si lo necesitara para inspirarse o recordar con quién habla, desplaza su mirada de regocijo de mi cara a mis pies y de mis pies a mi cara.

El efecto de su escrutinio es tan brutal como predecible: la piel se me pone de gallina—.

Veamos... ¿Cómo lo expresaría para ser justo?

Eres verdaderamente insufrible —sentencia con un desenfado tal que no consigo ofenderme—.

Contigo todo es un drama monumental, desde montar en camello...

—Dromedario.

—... hasta darse un beso tonto en una fiesta porque vamos ciegos de vino.

Y dale con que los besos son tontos.

—Ninguno de los dos iba ciego de vino.

—Bueno, pues íbamos ciegos de pasión —se corrige con aire risueño—, ¿qué importa?

Al final es lo mismo. Ya he mencionado que eres tozuda y orgullosa.

También eres ingenua hasta la raíz. Estás segura no solo de que a los demás les va a importar lo que te importa a ti, sino que lo hará en el mismo grado, y no quieres ni puedes imaginarte lo poco o nada que nos interesa.

Lo único que nos preocupa a los mortales, Fayna, es llegar a fin de mes sin el agua al cuello.

Pero ahí estás tú, en tu pedestal, abogando por causas perdidas o mínimas.

Te indignas con una facilidad exasperante por nimiedades con las que solo cuatro gatos con mucho tiempo libre empatizan, como las horas de trabajo que eche un camello.

—¡Dromedario!

Cesc me obliga a callar poniéndome el dedo en los labios.

—No aceptas las críticas, estén o no estén bien argumentadas.

Levantas una barrera entre la gente y tú por Dios sabe qué razón y piensas que nadie la ve; Candela estaría conmigo en esto, que es la primera que ha intentado ser tu amiga y ha fracasado.

Eres una inconsciente y una temeraria. Lo demostraste enfrentándote cara a cara no a un tipo, sino a dos que podrían haberte buscado la ruina, y apuesto a que en ese momento ni se te pasó por la cabeza porque en el fondo te crees indestructible.

»Ah —añade después de chasquear los dedos—, y eres incapaz de divertirte.

Termino de escucharlo con los labios apretados y el cuerpo entero en tensión.

Hay tantas acusaciones injustas y que denotan lo poco que me conoce como apreciaciones que se acercan preocupantemente a la verdad.

En su primer monólogo ha mencionado unos privilegios que no me son innatos y que de hecho me pueden ser arrebatados en cualquier momento, pero como sucede con las discusiones, si su colofón está preñado de verdades como puños, no puedes sino agachar la cabeza.

De poco sirve rebobinar para llegar a la parte problemática.

—Me tienes calada —me limito a decir.

Cesc le resta importancia encogiéndose de hombros. Acto seguido, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, sustituye la expresión distraída con la que me ha retratado por una mirada intencionada.

—Es inevitable cuando te pasas el día entero observando a una persona.

—Observando, ¿eh? Por eso de que hay que mantener a los amigos cerca y a los enemigos más aún, ¿no? Porque con tu vehemente descripción no te delataste como nada mejor que el hater promedio que comenta religiosamente mis vídeos. ¿O así es como ligas?

—Ya he intentado ligar contigo y no ha surtido efecto. No puedes culparme por recurrir a otras tácticas, unas más viejas que el mundo y que, por cierto, son las únicas que funcionan con algunas mujeres.

—¿Esa táctica es ser un faltón? ¿Y de qué mujeres hablamos? ¿De las niñas de cinco años a las que educan en que si te tiran de las coletas es porque te quieren?

Cesc se libra de todo cargo alzando los brazos en un gesto de rendición.

—Tú me has llevado a esto invitándome a describirte, Cotufas.

Y mi interés hacia ti no sería realista si no estuviera al tanto de tus defectos, ¿no te parece?

Te veo —resume con sencillez—. Veo que eres un desastre con patas en algunos sentidos y, aun así, o a lo mejor justo por eso —se corrige sonriendo con humildad—, me gustas.

—¿Y qué es lo que más te gusta? —ironizo con los brazos aún en jarras, ignorando que el corazón me late muy deprisa—. ¿Lo de terca? ¿Lo de irritable? ¿Lo de temeraria?

Cesc deja al aire la respuesta para ponerme de los nervios. Se frota la barbilla, cambia el peso de pierna, pierde la mirada en el cielo y por último me mira.

Pensaba que vería en sus ojos el perverso regocijo de la diversión a costa de otros, esa que solo obtienen los acosadores provocando hasta la desesperación a un sujeto débil.

Pero a juzgar por lo que me transmite, lo que va a decir no solo va a ser cierto, sino trascendental, y por culpa de esta intuición se me encoge el estómago.

Sea lo que sea que sienta por mí, es lo bastante importante para borrarle la risa de la cara e imprimirle una cierta solemnidad a su expresión.

—No tengo ni idea —concluye con un suspiro—.

Podría decir que tienes unos ojos muy bonitos y una valentía que asusta a la muerte, pero no es eso ni tampoco deja de serlo.

Me refiero a que no es toda la razón de que me guste.

Si acaso, formaría parte de ella. Al final se trata de estar un poco perdido, ¿no?

Si te puedo decir por qué me llamas la atención, es que lo estoy haciendo fatal.

Digamos que me recito tus defectos y no siento rechazo, sino total aceptación.

Incluso ternura. Y tengo la suerte de que mi mente, mi espíritu y mi cuerpo estén alineados en esta cuestión o me habría vuelto loco, porque mi cuerpo te buscaría incluso si le dijera lo contrario.

—¿Acaso lo intentaste? —pretendo burlarme, pero la voz se me atasca.

—¿Decirle que no te busque? Y tanto. Pero ha pasado de mí como de la mierda.

Me fuerzo a tragar saliva y me fuerzo también a desenterrar los pies del suelo, que en algún momento se ha convertido en arenas movedizas.

Me obligo a pronunciar alguna bordería de mojigata indignada, me obligo a no conmoverme con sus declaraciones de galán trasnochado.

Pero será que mi mente, mi espíritu y mi cuerpo también están alineados en la misma cuestión.

Será que mi mente, que piensa en él, mi espíritu, que decidió que es especial y mi cuerpo, que tiene el polo opuesto al suyo, coinciden en que hay que hacer algo al respecto...

, porque por más que trato de persuadirme de no buscarlo, lo acabo haciendo.

Lo único que me sale es una advertencia totalmente ingenua, absurda si lo piensas, porque el destino estuvo sellado desde el primer día.

Una probabilidad entre once millones.

—No pienso besarte por más romanticón que te pongas, mi niño.

Cesc se ríe para su coleto porque sabe a la perfección que lo voy a besar se ponga romanticón o no. Insisto en que ha sido desde el principio una cuestión de tiempo. Ha habido una cuenta atrás. Alguien tenía que pulsar el botón y, entonces, tres, dos, uno...

—¿Por qué no? Ya nos han despedido. Ya hemos fracasado. Mañana nos vamos, así que... ¿Qué más da?

Botón pulsado y mecanismo accionado. Cesc estrella sus labios contra los míos.

La única reacción posible de una chica fascinada y con mucha pasión que desfogar es emitir un gemido quebrado.

Le echo los brazos al cuello como me he pasado toda la noche soñando en mi habitación.

Nadie puede enterarse de que a lo largo de esta madrugada lo he besado mil y una veces en mil y un escenarios, y no una sola en un callejón; lo he desnudado, lo he contemplado a mis anchas, lo he probado y le he hecho todo lo que se le puede hacer a un hombre y más.

En lo que no reparé en plena fantasía febril fue en los efectos que esto tendría en mi cuerpo: no podría haber imaginado que, para cuando la lengua de Cesc se encontrara con la mía y sus manos agarraran carne blanda, sentiría que todo este deseo fraguado a escondidas empieza a filtrarse por las rendijas de mi contención.

En conclusión, pierdo la cabeza antes de decidir siquiera si me conviene hacer esto.