¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 15 #2
35%

Capítulo 15 #2

No tengo por qué ofenderme, me repito. Sí, ha sido un duro golpe al ego y no podré contribuir económicamente a las nobles iniciativas de mis sindicatos ni al bienestar de mi padre.

Pero yo no dependo de esto para subsistir.

Sigo gozando del privilegio que conlleva tener millones de seguidores en las plataformas.

Perder esta oportunidad, de la que de todos modos no he hablado en redes sociales —al menos me ahorraré las preguntas indiscretas del público y la humillación de explicar que el proyecto se desestimó como si nada—, no me supondrá una pérdida monetaria ni un revés reputacional.

Y, aun así, se siente como un desprecio a la belleza de mis islas.

Un desprecio a mí como persona, a lo que puedo ofrecer al público, y un desprecio a mi mensaje, que ostento con orgullo porque es para mí el único mensaje con defensa posible.

Es digno, es respetuoso, y en el mundo actual es incluso provocativo.

¿No era eso lo que querían? ¿Controversia?

La controversia nunca es soporífera o vergonzosa por más que le saque los colores a la gente como David Taylor y el zarandajo de su heredero.

Es encomiable el don que tienen este tipo de situaciones para hacerte lamentar haber perdido algo que no habías buscado.

Que ni siquiera te ilusionaba. Es una sensación parecida a que te rechace un hombre al que le habías dado una oportunidad solo porque su insistencia te tenía frita.

Yo no fui la que llamó a las oficinas de BNA para suplicar un documental que me convirtiera en un icono legendario, más que nada porque ya no hay iconos legendarios: hay estrellitas fugaces que surcan el cielo durante los tres meses que dura la fiebre, que es, a su vez, lo que tardan en agotar su relevancia en la eterna conversación de las grandes masas.

Fue Javier quien vino a mí, me hizo la pelota hasta un punto sonrojante, me prometió que me convertiría en un fenómeno y ahora simplemente ha decidido que no valgo un duro.

Debe de ser la hostia moverse por el mundo con esa impunidad.

Ahora comprendo por qué Candela parecía deprimida.

Seguro que Javier les mandó un mensaje o hizo una videollamada rápida con todos para quitarse de encima el proyecto, como si hablara con una de esas inteligencias artificiales en auge en lugar de con personas de carne y hueso, y no les dio tiempo a manifestar su desacuerdo o su sola decepción.

Desando lo recorrido para consolarlos. O para criticar a Javier.

O para compartir con alguien mi frustración.

Lo que sea. Pero Yasen y Candela han desaparecido —para hacer su equipaje, presumiblemente—; el único que permanece sentado en el banco de madera, jugando con la etiqueta de un Nestea de maracuyá, es Cesc.

Ha debido levantarse con ganas de un chapuzón, porque, al igual que yo, viste un bañador negro y la típica camiseta desgastada con las mangas cortadas que se usa o como pijama o como atuendo playero.

Le transparenta el bronceado de la piel, pero sigue conservando el diseño de propaganda. Es del Hard Rock Café de Nueva York.

Esto me sorprende.

¿Ha ido a Nueva York? ¿Eso no exige tener unos ahorros millonarios?

Alertado por mi chancleteo más o menos amortiguado por la hierba, Cesc levanta la cabeza. Puedo ver en sus ojos que se resiste a mirarme de arriba abajo para centrarse en la crisis actual.

—¿Ya has hablado con él?

—Ya me despidió, si es lo que querías preguntar —contesto sin ocultar mi fastidio.

Paso por su lado tan rápido como me lo pide la indignación.

Cesc se pone en pie a la velocidad del rayo y sale en pos de mí.

—Tampoco te precipites. Está dispuesto a ver otra versión más libre del piloto. Yasen y yo hemos estado trabajando en un guion alternativo y en un estilo de montaje tipo...

Freno en seco para encararlo con incredulidad.

—¿Otra versión más libre? No va a haber otra versión más libre, Cesc.

Una de las condiciones era que se haría a mi manera o no se haría, ¿o qué pretendéis?

¿Convertir de pronto el documental en un get ready with me para probar los hoteles, heladerías italianas y empanadas argentinas de Santa Cruz?

Ni de coña, ¿me oyes? Se supone que es un documental.

D-o-c-u-m-e-n-t-a-l —deletreo despacio—, no una comedia romántica.

Si Javier quería una adaptación moderna de Un poeta en Nueva York , solo que titulada Una hippie en Canarias , que lo hubiera especificado en los contratos. ¡Y que se los hubiera firmado su prima!

—No puedo convertir el documental en un get ready with me porque estamos obligados a utilizar por cojones el material ya grabado y no has comido empanadas argentinas —me explica con la calma con la que siempre contrarresta mis ataques de nervios.

Se me acerca con las manos por delante—.

Ninguno de los miembros del equipo queremos perder el trabajo, Fayna.

Déjanos hacer lo que hemos venido a hacer para remediarlo y no te pongas catastrofista antes de tiempo, ¿vale?

—¿Que no me ponga catastrofista? ¡Javier dijo que es una vergüenza! ¡Una vergüenza! —repito, y no espero a que Cesc se recupere del pasmo para encaminarme a la piscina.

Entre unas y otras, no he tenido oportunidad de ponerme en remojo. Ya que me van a echar de mi propio proyecto, pienso aprovecharme de las instalaciones del alojamiento.

Me saco el vestidito y lo arrojo sobre el borde de la piscina.

Para sorpresa de nadie, no hay un alma chapoteando.

La mayoría de gente con dos dedos de frente prefiere recorrerse los rincones ocultos de la isla o directamente clavar una sombrilla en alguna de las calas locales.

Agradezco no tener que disculparme con nadie por salpicar las hamacas tirándome de cabeza y hago un largo buceando hasta el otro extremo.

En cuanto emerjo y abro los ojos, me topo con Cesc, que se ha acuclillado en el borde y me mira con un ruego implícito: «Confía en mí, por favor».

—No estaba tan mal. Yo lo he visto. Pero podemos hacerlo mejor. Lo vamos a hacer mejor —me promete.

Suelto una carcajada envenenada.

—Ya, claro —mascullo por lo bajo. Me retiro el agua de la cara y de paso me masajeo los párpados y sienes en mi pausado camino hacia las escaleras.

El agua me llega por la cintura. Subo estrujándome el pelo enchumbado y desde allí, sentada en el borde como una sirena bajo la luna, le lanzo una mirada retadora—.

Si tú eres el primero que está deseando soltarlo.

—¿Soltarlo? —Cesc se incorpora despacio—. ¿El qué?

Me echo la melena sobre un hombro y pongo las manos en la cintura.

—«Te lo dije». Venga, dilo y acabemos con esto.

—No quiero decir nada de eso. Ni tampoco «acabar con esto».

—Y un carajo. Llevas desde el minuto uno tratando de moldear mi guion serio para convertirme en una atracción de feria.

Que si no te pongas política, que si no te pases con la información, que si vamos a grabarte en un mercado, preferiblemente bajo una marquesina reconocible que atraiga a los guiris...

—recito engolando la voz y marcando las eses, una pésima imitación de su forma de hablar.

Apuesto a que en otras circunstancias se habría reído, pero esta vez se lo toma a la tremenda.

—Es mi trabajo como director, Fayna. Y, aun así, pocas sugerencias o directrices te he dado.

A lo mejor, si me hubieras prestado atención, no estaríamos en este berenjenal.

Pero como eres tozuda y orgullosa, tendremos que rehacer el trabajo y a lo mejor hasta volvernos a casa antes de tiempo.

Y quedarnos en paro, por cierto —apostilla.

Ese último comentario me disuade de arremeter contra él por chulito e insolente.

Al final, he sido yo quien lo ha invitado a —o puesto contra las cuerdas para— decirme lo que piensa...

lo que no significa que me guste lo que escucho.

Pero mi padre es la persona que mejor me conoce y suscribiría palabra por palabra la descripción de carácter que Cesc acaba de proporcionar de una servidora.

No tiene caso defenderme de una acusación válida, y menos cuando es cierto que es mi responsabilidad y los que salen perjudicados son ellos.

Aunque ahora se graben miles de películas y series al año, muchas más que hace una década o dos, también hay el doble de graduados en Audiovisuales, Sonido o Maquillaje. No les será nada fácil encontrar trabajo sin contactos.

Pero los tienen, ¿no?

Nos medimos con la mirada a la espera de que sea el otro el que continúe los reproches. La verdad, lo último que me apetece es hundirme aún más en el agujero de la frustración, y ni mucho menos arrastrar a alguien conmigo con tal de no sentirme sola.

Cesc me observa sin miedo a un estallido de los míos —qué rápido se ha acostumbrado a lo malo— con los brazos lánguidos.

Tiene el rostro tenso, señal inequívoca de que las noticias le han sentado como una patada en el estómago.

Sus ojeras denotan que también a él le ha costado conciliar el sueño esta noche, me pregunto si por las mismas razones que a mí.

Carraspeo antes de acercarme con gesto inexpresivo.

—Bueno, ya que nos mandaron a mudar, ¿por qué no terminamos de decirnos lo que pensamos el uno del otro? Seguro que te callaste muchas cosas por eso de que soy la estrella del documental y no se me puede ni se me debe alterar.

—Lo cierto es que no me he mordido mucho la lengua, no. Pero si lo que quieres es simular una cita con Recursos Humanos o recrear una sesión de terapia conjunta —hace un aspaviento galante hacia mí—, las damas siempre van primero.