¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Fayna

Decir que paso la noche en el infierno es quedarse corto.

Tengo que agradecer la gestión de Karen —ni siquiera la propia Karen sabe que ha realizado dicha gestión— a la hora de distribuir las habitaciones entre el equipo.

Si no me hubiera tocado dormir con Cancán, lo más probable es que hubiera pecado a lo grande y sin redención posible.

(Ahora que lo pienso, la que disfruta de la única suite individual es Karen. Pero dudo que eso fuera obra suya. Si por ella fuese, nos habría dado habitaciones de lujo con espacio personal a todos. Y desayuno en la cama. Y el masaje de un experto del shiatsu .)

Para cuando consigo negociar con mi cuerpo una cuota mínima de productividad, el reloj señala las cuatro y media de la tarde.

Me ha pasado factura haberme tirado la noche dando vueltas en la cama, respingando cada vez que conseguía conciliar el sueño por culpa de un ronquido de Cancán o me asaltaba una imagen fugaz de lo ocurrido en las fiestas.

Entre esto último y el futuro veredicto de los productores, no es de extrañar que no consiguiera pegar ojo hasta bien entrado el amanecer.

Me visto con lo primero que encuentro, un vestido playero semitransparente con un biquini debajo.

Consulto el grupo de WhatsApp para confirmar que el equipo ya se ha reunido en mi ausencia.

Podría reprocharles que no me hayan despertado, pero lo cierto es que necesitaba el descanso.

La quemadura no progresa adecuadamente que se diga, la tensión de estos días se me ha agarrado al cuello y estoy tan acostumbrada a la soledad de mi caravana y mi perro que me está costando hacerme el cuerpo a pasar los días rodeada de desconocidos.

Por muy encantadores que sean.

Acudo al encuentro de los chicos y chicas en una zona de pícnic de la que dispone el alojamiento ecológico.

Entre los setos bien cuidados destacan, como si posaran para un cuadro, un par de mesas de madera con bancos incorporados.

Solo una de ellas está ocupada y provista de platos tradicionales de la cocina canaria.

Reconozco la espalda de Cesc encorvada sobre un cuenco ya rebañado.

A juzgar por el color de la salsa, ha probado el mojo picón.

Acaricia el borde de la cerámica artesanal como si necesitara dar una utilidad a sus manos, primer signo de nerviosismo que me pone en guardia.

La vista de Yasen, ensombrecida por un ceño fruncido, apunta a la pantalla iluminada del portátil, que se refleja en el cristal de sus gafas.

Parece que a Cancán se le haya acabado la batería, proeza que cualquiera creería imposible.

Con los hombros derrumbados hacia delante, se entretiene deslizando reels en Instagram a desgana.

Es ella la que se percata de mi llegada.

—¡Fayna!

—¿Dónde está Karen? —pregunto, ya por costumbre.

¿Se pueden instaurar costumbres en un par de días?

—Se ha acoplado a un free tour en Arrecife aprovechando que no cogemos el ferry hasta las ocho.

—Qué bien vive —suspiro, y me asomo a las viandas que todavía decoran la mesa.

Arranco un pedacito de gofio amasado que le ha sobrado a Yasen y me lo echo a la boca.

Aunque el sabor me inunda el paladar, lo que es el bolo alimenticio se me queda atascado en la garganta en cuanto Cesc levanta la barbilla hacia mí.

Incluso sin mirarlo directamente, porque mi cuerpo decide que no es capaz, siento cómo sus ojos me siguen y taladran con una persistencia hasta el momento desconocida.

Me exigen una explicación, o quizá solo una reacción que le ayude a discernir el modo adecuado de tratarme hoy.

—Javier nos dijo que lo llamaras en cuanto te levantases —dice Yasen. Sigue enfrascado en la misteriosa actividad de su ordenador—. Quiere hablar contigo.

—¿Es por lo del piloto?

—Supongo.

Asiento con la cabeza. Saco el móvil con una mano y con la otra selecciono un plato con quesillo para alejarme del grupo. Para alejarme de Cesc. Él ni siquiera me ha dado los buenos días, pero no percibo ningún tipo de despecho por mi estampida. Solo expectación.

Reconocería esa sensación en cualquier parte. Sobre todo ahora que mi cuerpo me pide algo similar. Mirarlo y a la vez no. Acercarme y a la vez no.

Espero a haberme perdido por los jardines del alojamiento para marcar el contacto.

—Fayna —me saluda Javier, muy serio.

—Hola —correspondo con prudencia. La última vez que hablamos le grité que su mujer era un peligro público y le colgué a falta de mandarlo a arrayarse un millo. Si no tiene el horno para bollos, lo entiendo—. ¿Qué hay? ¿Has tenido oportunidad de ver el...?

—No vamos a emitir eso, Fayna.

«Eso», ha dicho. Como si fuera una cucaracha boca arriba.

Se me olvida que estoy sujetando el plato, con la mala suerte de que el contenido, lo que restaba del quesillo, aterriza sobre la hierba.

No le presto atención. Me quedo quieta y fría, con la vista orientada al cielo despejado, pero sin ver nada.

—¿Cómo?

—No te puede haber pillado por sorpresa. Lo que Yasen nos ha mandado es una vergüenza. —La palabra resuena en mis adentros con fuerza. Vergüenza —. Y no es porque el chico no tenga talento, porque ya ha trabajado con nosotros unas cuantas veces y me consta que hace maravillas.

—O sea, que el problema soy yo —me oigo responder, pero no siento que la voz sea mía.

—Bueno. —No lo niega—. Se ha limitado a seguir las indicaciones que tú le has dado, al igual que Cesc.

El resultado es algo soporífero. Exceso de información por todas partes...

muy politizada, por cierto —apostilla—, y sin ningún otro interés para el espectador que el paisaje.

Ni siquiera luces algún modelito que pueda viralizarse en la comunidad de influencers de moda.

Parece mentira que hayamos contratado a la cordobesa, que es más diestra con el pincel que Miguel Ángel.

Qué manera de tirar mi dinero —concluye con desdén.

Esto último me activa por fin.

—¿Tirar tu dinero? —repito, perpleja. Acuso a la nada que tengo delante con el dedo—.

¡Eres tú el que me dijo que tenía libertad creativa!

Si no te fiabas de mi criterio o no te gustaba el enfoque que compartí contigo desde el principio, y que precisamente recalcaba la importancia del paisaje, ¿no habría sido más fácil que le hicieras esta propuesta a otra persona?

—Empiezo a pensar que sí. Eso me habría ahorrado algunos dolores de cabeza.

Me tuve que pelear con la mitad de los directivos de BNA para que me compraran la idea y me proporcionasen el material y su plantilla de profesionales.

La otra mitad directamente se borró porque el proyecto le parecía un agujero negro de financiación.

—¡Pues claro que va a ser un agujero negro de financiación si ni siquiera emites el primer episodio! ¿No crees que podrías llevarte una grata sorpresa?

—Le tienes mucha fe a las clases de Biología y Geología de segundo de ESO que has improvisado, Fayna —replica con voz átona.

El comentario me cae como un jarro de agua fría—.

Carece de interés total y absoluto. No lo pienso distribuir tal y como está.

Ya se lo he dicho a Yasen: o lo editáis de otra manera con el material que tenéis, porque no voy a poner un solo euro más, o la experiencia termina aquí y ahora.

Se me escapa una risita incrédula. Me cambio el móvil de oreja y bajo el tono una octava.

—¿Se puede saber cuál pensabas que sería mi enfoque? ¿Es que me veías posando en sujetador para la cámara y lamiendo un helado mientras enseñaba los volcanes o qué?

—No sé qué esperaba —admite, y por fin reconozco en el empresario cruel que me ha cogido la llamada al hombre generoso del principio—.

A lo mejor no estás hecha para el estrellato que garantiza la pequeña pantalla.

Me lo advirtieron algunos miembros de la directiva y no quise escucharlos.

Estaba obcecado en que tú tenías una luz especial además de la voz generacional que la juventud desea oír...

, pero es obvio que no todos los influencers pueden convertirse en actores.

Me gustaría ladrarle que no se puede jugar así con las esperanzas y el trabajo de la gente; que vender que estás seguro al cien por ciento de un proyecto para luego echarte atrás es un simple y llano engaño.

Pero no puedo fingirme sorprendida. Así es como funcionan las empresas.

Buscan rédito para principalmente sobrevivir.

Lo sabía muy bien, y por eso mismo puse trabas al proceso y me mostré suspicaz hasta que Javier me convenció de que no tenía motivos para desconfiar.

—No se me informó de que esto pudiera pasar —le reprocho—. No me dijiste que cabía la posibilidad de que se cancelara toda la producción si el piloto no gustaba.

Javier se ríe sin maldad, solo con cansancio.

—Pues eso era de cajón, Fayna. El piloto es la prueba de fuego. Es lo que se manda a las distribuidoras. Si no les gusta, cortan el grifo.

Me dan ganas de decirle que eso lo sabrá él, que se dedica a catapultar adolescentes a la fama con productos prefabricados.

Pero eso sería cruel, impropio de mí y hasta hipócrita, porque me trago los mencionados productos prefabricados como todo hijo de vecino.

Además; el lado racional que aún habita en mí y que sigue alienado con el sistema me insiste en que, al igual que él aceptó —en teoría— mi criterio, yo acepté su forma de trabajar con sus partes positivas y sus partes negativas.

Ahora no me puedo quejar.

Cuelgo el teléfono con la mandíbula desencajada y me lo guardo en el bolsillo trasero, como si así pudiera perderlo de vista para siempre. Espero a haber tranquilizado mis pulsaciones, de pie en el corazón del modesto bosquecito de las instalaciones, para regresar con el resto del equipo.