Capítulo 14 #3
Para cuando llego al callejón iluminado, ya no tengo ni educación —le he tirado el sombrero de paja a una señora y ni me he agachado para recuperárselo; creo que he dado codazos sin querer y también queriendo— ni ganas de seguir fingiendo, ni por la paz de Fayna ni por la futura convivencia con los demás.
Ella ha apoyado la espalda en la pared del fondo, ahí donde habría una verja que treparía un delincuente menor de edad si estuviéramos en una película norteamericana.
Se abraza los codos con aire desamparado y mira al cielo abstraída, pero a mí no me engaña.
No para de moverse porque los nervios se la comen.
Manteniendo a raya una sonrisita triufal, me tomo mi tiempo para acudir a su encuentro. A fin de cuentas, no puede escaparse otra vez a no ser que desande lo recorrido, y para eso tendría que pasar por encima de mí.
No lo hará.
Fayna rompe la postura defensiva en cuanto me detengo a un paso de ella.
Hay un ruido ensordecedor en la plaza. Cada vez que pasa alguien por la calle principal, se cuelan de repente un par de palabras inconexas a un volumen elevado.
Podríamos sobresaltarnos, quejarnos del escándalo, pero lo cierto es que no lo notamos.
Hemos entrado en una nave espacial y ningún sonido puede penetrarla.
Ella respira con dificultad por la carrera. Yo no he corrido, pero también me hallo al límite de mi capacidad pulmonar. Hay cosas más extremas físicamente hablando que un sprint , como llevarte al límite de tanto forzar el autocontrol.
Suerte que aquí se acaba.
La tomo de las manos aprovechando que las ha dejado laxas y entrelazo los dedos con los suyos, y por si acaso osara revolverse, le inmovilizo los brazos contra la pared en la que muy inconvenientemente se había recostado.
A su lado, un cartel descolorido por el sol anuncia la actuación de la Orquesta Bomba Tropical del año pasado.
Un graffiti borroso dice «Carlota y Fernando para siempre».
Me gusta que las iniciales de Carlota y Fernando sean las mismas que la suya y la mía.
Pego mi cuerpo al de Fayna, por fin, y el alivio es tan inmediato y sobrecogedor que se me escapa un jadeo. Ella cierra los ojos. No es tan expresiva como yo, pero, de una forma u otra, siempre acaba demostrándome que siente lo mismo.
—¿Me vas a hacer rogar? —le pregunto en voz baja. Como no tengo las manos libres para alzarle la barbilla, le acaricio la mejilla con la punta de la nariz para instarla a responder—. ¿Eh? ¿Quieres que suplique, Faynita de mis amores?
Niega con la cabeza, muda de pronto. Abre los ojos y me mira desde abajo como lo haría un cachorro, las pupilas dilatadas y las mejillas teñidas de rojo.
Elijo creer que es por mí y no por el calor, aunque el que se fragua entre mi torso y el suyo, entre mis caderas apretadas contra las suyas, también tiene algo que ver.
Agacho y ladeo la cabeza con la misma sensación de vértigo que sientes justo antes de tirarte de cabeza desde el acantilado; puedes caer al agua y emerger como tus amigos, riéndote con el pecho henchido y las venas rebosando adrenalina, o puedes acabar como el protagonista de Mar Adentro .
Yo acabo, por suerte, en la boca de Fayna, que responde al movimiento de mis labios con la prudencia de todos los comienzos que intimidan.
Encuentro en su lengua el sabor más puro y dulce de la malvasía, el sabor último y refinado.
Cierro aún más los dedos sobre los suyos y la presiono contra la pared avanzando más, como si quisiera grabar su silueta en el muro.
Y por qué no. Si están Carlota y Fernando, pues ella y yo también.
Le suelto una de las manos para peinarle el pelo ahora suelto por la sien, y luego por la nuca, y después solo la sostengo por los mechones que nacen del cuero cabelludo; ahí me agarro para arremeter con un nuevo beso que no disimula su impaciencia y que advierte de ir más allá.
Fayna solo se separa un segundo de mis labios para soltar un débil gemido.
Sus barreras han caído. Ella misma lo confirma apartando su mano de la mía para agarrarse a mi camisa a la altura de la cintura y traerme hacia sí con impaciencia.
Culebrea contra mi cuerpo, rozándose con descaro, sin desatender ni un momento las exigencias de mis labios, que ruedan por su barbilla para enterrarse en su cuello, en el escote blindado por los collares.
Posa los dedos en mi cabeza, al principio conforme con el cambio de ruta, pero no tarda en murmurar no, no, ven, y me toma de las mejillas para redirigirme a sus labios celosos.
Esta vez el beso me lo da ella, temblando de ímpetu por seguir, y yo me entrego a su fervor...
hasta que el primer fuego artificial estalla en el firmamento.
Los dos respingamos por el susto. Yo cometo el error de separarme un paso, permitiendo que el aire se cuele entre la franja de vientre que su top deja al aire y la hilera de botones de mi camisa; que se interponga de alguna manera.
Sé que la interrupción me va a salir cara cuando vuelvo a mirarla después de comprobar que el cielo se ha llenado de colores.
Con un movimiento nervioso, Fayna se limpia los labios, ya sin rastro de vino. Se arregla el escote de la suerte de biquini, que no sé en qué momento del frenesí le he arrugado, y se escabulle por mi lado antes de que pueda dar un paso adelante.
—Oye...
—Me pediste un beso y no más —me recuerda con la respiración alterada y una nota de advertencia—. Ahí lo tienes.