¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 14 #2
32%

Capítulo 14 #2

Al tipo le cuesta enfocar la vista para adivinar quién es el buen samaritano que le ha caído del cielo. Los hombros se le relajan nada más reconocer en Fayna la intención sincera de colaborar.

—La verdad es que sí, mi niña.

—Cuenta conmigo, entonces. —Le lanza una sonrisa de aliento—. Ábreme la barra y te ayudo.

Ni corta ni perezosa, cruza el umbral al otro lado, lejos de mis garras y anhelos, y procede a recogerse la melena en uno de esos moños suyos que parecen su propio universo de flora silvestre: mechones de pelo sedoso, mechones de pelo cardado, algunas trencitas, rastas con abalorios...

No es de extrañar que parezca una de esas atractivas mujeres indígenas de cabello grueso que sostienen con su frágil cuello un recogido más grande que su cabeza.

Revitalizada después de nuestra conversación —aunque nunca lo admitiría— y motivada por el reto y la ilusión de ayudar al necesitado, procede a recargar los vasos de vino de un grupo de señores achispados.

Yo me acerco a los dispensadores de cerveza, donde Fayna está llenando la única rubia que ha pedido la turba de maduritos, y me acodo con inocencia para acercarme más a ella.

—¿Y esto de poner la Gran Muralla Lanzaroteña entre nosotros? —le pregunto con los ojos entrecerrados—. ¿Tanto miedo te ha dado que te tire la caña? Pensaba que eras La Fayna Silvestre, Cotufas, y que por eso estabas muy por encima de morder anzuelos. De cualquier intento de doma, en realidad.

—Pensé que con un muro entre los dos te resultaría más difícil ligar conmigo.

Levanto las cejas, pasmado por su ingenuidad.

—¿Me estás poniendo a prueba? Porque yo también puedo colarme a ayudar.

Fayna me reta con un cabeceo, las manos ya ocupadas por los seis vasos de plástico que va a servir.

—Pues cuélate a ayudar.

Como un ratón bajo los efectos del flautista, obedezco sin rechistar, y no es hasta que me hallo entre barriles y acalorado por las columnas de humo que emana la parrilla que caigo en la cuenta de su juego.

Que, en realidad, no es un juego, sino una estrategia. Solo pretendía facilitarle la vida al estresado camarero con otro par de manos extra, y yo me he puesto en bandeja.

Fayna me mira desde el otro extremo de la barra con una sonrisita ladina que, si no canta victoria, al menos la tararea.

Me lanza un guiño no tan provocativo como de vacileo, y yo meneo la cabeza, al borde de la risa, porque va a conseguir lo que se ha propuesto —parece que con este servidor siempre consigue lo que se propone—: me subo hasta los codos las mangas invisibles y procedo a regalar mi sonrisa a los clientes prometiendo servirles a la mayor brevedad.

Entre la eficiencia de Fayna y mi agilidad, en cuestión de quince minutos hemos despachado a los sedientos con cara larga que estaban hartos de esperar de pie.

No me ha dado vía libre para el flirteo.

No me ha dicho: «De acuerdo, Cesc, en vista de tus sentimientos y de los míos, comportémonos como un par de adolescentes cachondos».

Pero yo interpreto en mi beneficio su repentina disposición a dejarse llevar.

Aprovecho cada segundo detrás de la barra para hacerla consciente de mi presencia.

Y de mi proximidad, sobre todo de mi proximidad.

El espacio es muy estrecho, pero esto juega en mi favor: puedo ponerle las manos en la cintura para pasar por detrás cada vez que necesito para calmar mi sed o solo quiero desplazarme hacia el otro extremo.

Fayna finge no darse cuenta, pero nada más cruzarme le arrojo una mirada rápida y la veo tomar aire profundamente mientras tira las cañas con soltura.

Me ofrezco a ayudarla a llevar los vasos a la sección que me he adjudicado con tal de rozarle los dedos y lanzarle un guiño coqueto, y en un momento en que la pillo sin labores que atender, la cojo de la mano y la hago girar sobre sí misma para bailar al son de la canción de despedida de la orquesta: Beso de Rosalía y Rauw Alejandro.

—Ya veo que el de cámara no es el único trabajo que no te tomas en serio —comenta Fayna cuando la tengo atrapada por las caderas.

Ella echa todo el tronco hacia atrás para evitar un beso que no pretendo darle aquí y ahora, pero que llevo escrito en la cara como una advertencia—.

Como sigas bailando y entregándote a los tocamientos inapropiados, no te van a regalar sancocho al final de la noche.

—¿Perdona? Me tomo en serio todos mis trabajos. El de seducirte el que más.

—Pues ese trabajo que dices tiene un componente de peligrosidad.

Le sonrío, lobuno.

—Por eso la recompensa va a ser más jugosa. A los que nos exponemos a un riesgo durante la jornada nos pagan un poquito más, ¿no?

—¿Y cómo pretendes que te pague yo a ti?

Me habría gustado encogerme de hombros con naturalidad, pero no tiene nada de natural —y sí mucho de locura insana— el modo en que mi cuerpo reacciona viéndola lamerse los labios, húmedos por la malvasía que ha ido catando durante el servicio.

Ya estaba achispada cuando he llegado, pero ahora en los ojos le estallan las chispas de colores de los fuegos artificiales con los que supongo que cerrarán la noche.

El trabajo tras la barra, dificultado por el calor que irradian las cocinas abiertas, le ha impregnado la piel de sudor. Una sola gota se le derrama por la sien. Alargo la mano en un movimiento involuntario y la seco con la yema del pulgar deslizándolo en una caricia hasta la línea de la mandíbula.

Ella entreabre los labios.

—Pues no sé tú —respondo sin voz apenas. Señalo con la cabeza hacia atrás para referirme a la música que está sonando—, pero yo ya necesito otro beso. Uno de esos que tú me das.

Fayna traga saliva rápido para que no me dé cuenta de los síntomas que yo mismo padezco —la garganta seca, los nervios bloqueando la respiración— y le quita importancia a mi nada sutil súplica con una sonrisa amistosa.

Se inclina hacia mí para darme un beso rápido en la mejilla, que tendré pegajosa entre la grasa de la comida y el calor concentrado en el aire.

Es más rápida aún para apartarse, pero yo la detengo tomando su rostro entre las manos.

Mi mirada se encuentra con la suya.

—Dame otro.

No sé si es una orden o un ruego.

Lo que quedaba de la sonrisa de Fayna se tambalea.

Vacila un segundo, pero cede a mi deseo efervescente poniéndose de puntillas.

Esta vez, estampa sus labios sabor malvasía en el borde de mi boca, aunque no tan cerca como me habría gustado.

Mantengo las manos sobre sus mejillas, como cuando hace frío en la mañana y te calientas las palmas abrazando la taza de café humeante, y le devuelvo el favor besándola en el puente de la nariz y entre las cejas.

Casi estoy a punto de llegar a su boca cuando el camarero exclama:

—¡Oigan! ¡Si van a estar de besuqueo, arráyense un millo!

Fayna se aparta de mí ipso facto —¿qué opinará de hablar en latín?

— con el dorso de la mano ocultándole la boca, no sé si porque está a punto de reírse o porque quiere conservar la impronta del casi beso que le he dado.

Empuja la puertecilla que conecta la barra con la calle adyacente y sale sin mirar atrás, la Cenicienta a las doce, y yo la sigo como hipnotizado con el nudo del deseo apretando fuerte en el estómago.

Me da la impresión de que hay más barullo en la calle que cuando he llegado, o a lo mejor es una sensación subjetiva y equívoca porque ahora hay un sitio al que estoy desesperado por llegar.

Mareas de gente bajan en tropel, sospecho que para no perderse la actividad que ha anunciado la orquesta — muchas gracias y buenas noches, les dejamos con los fuegos artificiales —, impidiéndome avanzar al ritmo que desearía.

Me lo tomaría como una señal de que debo abandonar mi determinación a reunirme con ella si creyera en las señales que me dicen cosas que no quiero oír.

Pueden llamarme místico selectivo.

Es difícil perderle la pista a Fayna, aun así. Por rápido que vaya, destaca entre la multitud como la Estrella Polar en el cielo.

La veo doblar por una perpendicular. ¿Para huir de las masas? ¿Para esconderse de mí? ¿Para que la encuentre en un lugar lo bastante privado para hacerle lo que me dé la gana?

Aprieto el paso para descubrirlo cuanto antes.