¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 14
31%

Capítulo 14

Cesc

—¿Cómo está tu mano? —pregunto modulando la voz.

Levanta el brazo afectado para enseñarme la venda de gasa limpia.

—No va a haber que amputar.

—Y si al final se te gangrena, siempre puedes hacerte los selfies con la otra.

Ella asiente, distraída.

—Y dar los bofetones.

—Eso también. ¿Qué hay de lo otro? Pareces encontrarte mejor.

Fayna esboza una sonrisa que me convenzo de estar malinterpretando, porque no tendría mucho sentido que adquiriese un aire incrédulo e incluso receloso después de todo.

Cambia el peso de pierna y pide otro par de vasos de vino.

El camarero que atiende esta sección, un hombre sudoroso y tan ocupado en servir la bebida correcta a la persona correcta que ni enfoca la vista, nos surte de inmediato y se marcha renqueando a atender a otro cliente.

Fayna se endereza en cuanto ha recibido su elixir.

Es la postura que adopta alguien que se va a largar ahora mismo.

—Te invito al primero. Bebe con cuidado, que engaña bastante. Cuando quieras darte cuenta, ya estarás ciego como un topo —añade mirándome por encima del hombro.

—¿No brindas conmigo?

La detengo con una desesperación en la que no me reconozco, pero que tiene todo el sentido del mundo.

Llevo en pie desde las seis de la mañana, he trabajado desde las ocho hasta las ocho; de sol a sol, como quien dice, ¿y ahora me va a privar de mi recompensa, que no es otra cosa que echar un ratito con ella?

Fayna vuelve a sonreír de ese modo que levanta un muro entre los dos.

—No tenemos por qué hacer boberías, Cesc.

Eso me pilla con la guardia baja.

—¿Boberías? —Me acuerdo entonces del comentario afilado e incomprensible que ha soltado en las salinas. Encerraba la misma frialdad: «Cuatro tontos espectadores, eso es todo. Nada con importancia»—. ¿Qué quieres decir?

—Quiero decir —responde después de tomar aire— que no hay ninguna necesidad de fomentar una amistad. No tienes por qué fingir que te preocupas por mi bienestar ni esforzarte por estar a mi alrededor como si fuera lo más importante del proyecto.

—Es que eres lo más importante del proyecto.

—¡No es eso lo que quiero decir! —protesta, irritada—.

Te agradezco tu amabilidad, no me malinterpretes.

Sé que sale de ti naturalmente, no creo que sea una puesta en escena.

Pero no la fuerces ni la lleves más lejos, porque podrías confundirme.

—Se pasa la lengua por los labios, esta noche sin otro pintalabios que el brillo de la malvasía—.

Me gusta que la gente que tengo cerca sea coherente.

Que haya una correspondencia entre lo que hace y lo que dice, ¿entiendes?

—No, la verdad es que no te entiendo.

—Entonces voy a explicarme de otro modo.

—Deposita el vaso sobre la barra con un golpe seco—.

Vale que me quieras follar. No eres el primero.

Tampoco es novedoso u original que, para conseguirlo, te comportes como el príncipe azul.

Pero eso no va conmigo. No hace falta esforzarse tanto cuando los dos sabemos que fueron cuatro besos tontos.

No trates de llevar la experiencia del avión más allá intimando emocionalmente conmigo ni la disfraces de lo que no es cuando ya dejaste claro que no tuvo ninguna importancia.

Por experiencia te digo que lo que no te entusiasma al principio, no te va a entusiasmar luego.

De acuerdo. Creo que ya entiendo el problema.

—Y, en tu opinión... —avanzo otro pasito con la barbilla gacha, como si anduviera pensativo cuando, en el fondo, mi corazón está dando saltos de trapecista.

La experiencia masculina de ilusionarte porque la chica se te ha mosqueado y eso denota que le importa(s) es universal—, ¿de qué estoy disfrazando mi deseo de apareamiento, ese que planteas como si fuera pura depredación, cuando soy amable contigo? ¿De amor?

—Eso solo lo sabes tú, mi niño —responde muy seria—, pero a mamá mono no le vengas con plátanos verdes.

Si a mí me vendes unos cuentos y cuando se los repites a terceras personas tienen otro final o moraleja, me voy a enterar.

Y me voy a enfular, eso ya te lo digo. Porque ¿qué coño pasa?

¿Crees que no puedo soportar la verdad?, ¿que voy a llorar porque hables de mí como poco más que la piba esa que casi te empotras en un avión?

Me yergo con aparente informalidad.

—La verdad es que no parece que la soportes, no —respondo, desenfadado—, o estarías aprovechando que suena una canción de Karol G para bailar conmigo, no para... ¿enfularte? Cualquiera habría dicho que ya has tenido hoy suficiente marcha por el día como para encima seguir de morros por la noche.

Fayna abandona la pose belicosa para mirarme con llaneza.

—No me piqué porque describieras el vuelo como lo que fue. Estoy molesta porque lo describiste, a secas, y la gente no tenía por qué saberlo.

—¿Candela es gente que no tiene por qué saberlo? —Arqueo una ceja por el placer de alargar la discusión—. Es tu amiga, por lo que sé.

—No es mi amiga, y, en tal caso, me correspondería a mí decírselo, no a ti. Y de todos modos, listillo —lo escupe con retintín, y a mí por poco me da la risa—, no se lo habría dicho. Tú es que sigues un patrón, ¿no, ibicenco? Haces lo que te da la gana sin pensar cómo me voy a sentir.

—Y tú sigues otro patrón no mucho más halagüeño, que es el de echarme la bronca.

Tienes suerte de que no me importe y hasta me preste para la ocasión porque te sienta bien incluso el ceño fruncido.

Pero, dime... —avanzo otro pasito más, solo otro, a ver si por un casual no se nota mucho.

Me inclino sobre su oído—. ¿Qué querías que le dijera a Candela cuando me preguntó si había algo entre nosotros?

¿Que te vi y me volví completamente loco?

¿Que no me pude resistir a besarte ni sabiendo que ibas a ser mi compañera de trabajo, porque te habría besado aunque fueras mi verdugo?

Ella no encuentra la voz enseguida.

—Pudiste no decirle nada y ya —refunfuña con la boca pequeña.

—¿Y perder la oportunidad de hablar de ti?

—¿Tanto querías chulearte de que nos liamos? ¿Tan carota eres?

—Quería ponerla sobre aviso para que no se extrañara si me veía comportarme como un perrito a tu alrededor.

Pero, insisto. ¿Qué querías que le dijera, si no?

Se me ocurrió que lo mejor sería restarle importancia a lo ocurrido.

Por ti, por mí y por la propia Candela, que si me hubiera oído decir la verdad verdadera, habría evitado quedarse a solas con nosotros por si acaso.

—Por si acaso ¿qué?

—Por si acaso se quemaba ella también. —Le guiño un ojo—. Pero si tanto te ha ofendido —continúo con naturalidad en cuanto recupero la postura, y señalo hacia el escenario con el pulgar—, voy ahora mismo y le cuento que cada vez que te veo me dan unas ganas de follarte que podría ponerme a llorar.

Fayna se yergue como un soldado raso. Típico de ella. Me pone contra las cuerdas fingiendo que no sabe lo que hay, y, cuando se lo suelto, quiere rehacer el camino andado.

Pues no me da la gana.

—La parte sexual ya me la sabía —me reprocha.

—Entonces ¿qué es lo que te jode? Ah, ya sé. La parte inexplicable, ¿no? Querías que le hablara de la conexión sobrenatural que hizo que nos gustáramos nada más vernos.

«De que nos enamoramos nada más vernos», mejor dicho, pero ¿cómo vas a utilizar el tercer día que la ves la temida palabra que empieza por «e»?, ¿la palabra que invoca a los monstruos del apego y el miedo al abandono y por la que comienzan las guerras que tiran abajo ciudades enteras?

El tercer día, Dios creó la tierra, los mares y la vegetación.

Ni él pudo, en toda su grandiosa omnipotencia, crear el amor para entonces, pues era de una categoría superior a sus habilidades del momento.

Admitir en voz alta que lo he conseguido yo, y ante una chica que comprensiblemente se espantaría si lo oyera, sería una locura además de una blasfemia.

Fayna suelta una risita entrecortada y me aguanta la mirada a caballo entre la expectación y el temor, como si acabara de pronunciar en voz alta un secreto que debería haber permanecido entre los dos.

Justo lo que he hecho.

—A ver, ¿de dónde te sacaste que tú a mí me gustas, si se puede saber?

Ah, bueno, conque esas tenemos.

—Oh, pues... No sé. —Exagero un encogimiento de hombros—. De las cosas un poco old school.

—No me hables en inglés, tolete.

—Pues de las cosas de la vieja escuela. Ya sabes: que me miras cuando crees que no te miro, que no paras de tocarte el pelo cuando hablamos y que procuras no quedarte a solas conmigo porque no te fías de tu autocontrol.

Pero, en fin, ya que parece que las señales digitales son las que importan ahora, a lo mejor debería haber esperado a que se sucedieran para arrojar mi teoría: descubrir que respondes rápido todos los mensajes menos los míos, porque, claro, no vaya a ser que yo me piense que soy especial o algo (lo que denota que lo soy), o que me metieras en mejores amigos y acto seguido subieras una foto de tu culo en tanga.

—Levanto las dos manos—. Cosa a la que no me opongo y a la que también espero que tarde o temprano me invites.

Fayna me sostiene la mirada con el vaso de plástico ya vacío en la mano. Se lleva una mano a los collares, no sé si voluntaria o involuntariamente, y se los arregla no sé si con aire pensativo o para protegerse de mí.

—Adorable.

—Adorable tú —la corrijo, envalentonado—, pero ese no es el tema. Estábamos hablando de que yo te gusto a ti, no de que tú me gustas a mí y por qué. Céntrate y no me distraigas con tus movimientos de sirena, haz el favor.

Ella suelta los collares al toque y aparta la vista a un lado para que no piense que me está riendo la gracia, pero es a mí a quien le está sonriendo aunque oriente la cabeza hacia la parrilla.

—No me provoques —me advierte en voz baja. Gira la cabeza hacia el camarero que sigue dando vueltas como una peonza, agobiado, y exclama—: ¡Hey! ¿Necesitas una mano?