Capítulo 13 #2
Conseguimos terminar de grabar a pesar del incidente gracias a su profesionalidad, pero no es una persona a la que puedas amenazar y que le resbale.
Sus emociones se recuperaron rápido, no así su sentido de la justicia, que no dudo que es el que la deja de ánimo huraño cuando le ocurren estas faenas.
Aunque ella me reconociera el don de gestionar crisis nerviosas, lo cierto es que no sé cómo consolar a una persona que se duele por la maldad colectiva.
Yo solo estoy acostumbrado a abrazar a quien llora porque sus sentimientos individuales, que no su honor y su confianza en el ser humano, han salido escaldados.
—¿Crees que gustará a los peces gordos? —le pregunto antes de irme. Ya tengo el pomo en la mano y el móvil en la otra para localizar a las chicas—. El documental, digo.
—No.
Su cruda honestidad me arranca una carcajada.
—Eso mismo pensaba yo. —Vacilo—. ¿Deberíamos dar un golpe de estado?
—En principio voy a respetar la voluntad creativa de Fayna. Si no funciona, cambiaré el enfoque. Me gusta este trabajo.
Parecen oraciones aisladas: el documental va a fracasar, full stop , me gusta mi trabajo, full stop .
Pero por más que Yasen hable como si se comunicara por walkie-talkie , sus frases están siempre unidas las unas a las otras.
Lo que quiere decir es que el documental puede fracasar en una primera instancia, pero que, como le interesa estar aquí, no lo va a permitir.
Es lo más parecido a una amenaza velada que le oiremos pronunciar.
Tranquilo sabiendo que lo dejo todo en sus manos capaces, me despido con un gesto que no se digna a mirar y salgo del hotel para ir al encuentro de las muchachas , como dicen aquí.
Hay mucha sorna con que los canarios pronuncian la CH como una Y .
Aunque eso no es del todo cierto, sí que suavizan el sonido de látigo de la CH .
Se las apañan para que suenen por separado la C y la H .
Como apasionado del lenguaje que habla cuatro idiomas a nivel nativo y un par de dialectos, esta forma suya del castellano es para mí un misterio encantador.
Paseando por las calles de Uga, una pequeña localidad del municipio muy próxima a Timanfaya, confirmo que hemos llegado a la isla en el momento preciso.
El pueblo se ha vestido de gala para celebrar las fiestas de su patrón, San Isidro Labrador, porque supongo que no será muy habitual que haya un trasiego de romería formado por gente de todas las edades y con semejante ánimo festivo.
Como no llevo la cámara conmigo, me tengo que apañar con el móvil para capturar a las mujeres vestidas con el traje tradicional canario, las carcajadas que se pegan a las barras populares en las calles adyacentes a la plaza, los menús clásicos que se despliegan sobre platos de plástico: carne fiesta, gofio escaldado y sancocho, por lo que puedo apreciar a primera vista y reconozco gracias a mi primera y fantástica experiencia en Tenerife.
«Para ti todo lo que sea no estar en casa es una experiencia fantástica, Xicu», que diría mi hermana, y no sin la boca llena de verdad.
Es una pena que esto no vaya a incluirse en el documental, porque es lo que yo querría ver como espectador.
Que, por más que nos vendan que vivimos pegados a las pantallas y hemos olvidado cómo interactuar cara a cada los unos con los otros, seguimos siendo personas que salen a la calle a relacionarse con los demás; que formamos parte de algo más grande que el individualismo y que la comunidad no se ha sacrificado en beneficio de la soledad autoinducida que insisten en vender algunos gurús de crecimiento personal.
La ubicación que me ha mandado Cancán me lleva hasta la plaza de la iglesia.
Han montado un escenario en el corazón. La orquesta, compuesta por músicos que, por lo que alcanzo a escuchar, no andan faltos de talento, versionan clásicos de música caribeña y éxitos contemporáneos para hacer las delicias de un público animado.
No pierdo ocasión de grabar a un par de parejas de octogenarios bien cogidos de la cintura y a unas niñas con sombreros de paja, falda a rayas y mantilla que bailan libremente el éxito de Los Wawanco, No Te Vayas Corazón .
Fayna se encuentra en una de las barras laterales con el codo apoyado muy cerca de un vaso de vino blanco.
Lo he sabido antes incluso de mirar en su dirección, porque ella es como la piedra iridiscente que se atisba en el fondo del río.
Se está riendo a carcajadas de algo que Cancán le cuenta con grandes aspavientos —al más puro estilo Cancán, todo hay que decirlo—.
Combina una falda larga blanca y medio transparente con lo que parece la parte de arriba de un sujetador.
La colección de collares de siempre le cae sobre el top triangular de crochet tratando de hacer el trabajo que no consigue la tela, y esto, es cubrirla de la mirada codiciosa que obviamente le dirigen los caballeros de la plaza, porque tontos no son.
Yo el que menos.
Y, por eso, allá que voy.
Me acerco a ellas sin ningún sigilo, con las manos en los bolsillos del pantalón de lino y la mirada fija en su rostro ya ruborizado por el alcohol.
Fayna me localiza por casualidad desde un primer momento, pero no me reconoce hasta el segundo vistazo, al que sí le pone conciencia.
Su sonrisa se atenúa, no muy feliz de verme —o no tan feliz como yo de verla a ella, pero de eso no la puedo culpar, estaba difícil igualarme—, y me apunta con la barbilla para avisar a Cancán.
La maquilladora se gira enseguida para armarme una fiesta de bienvenida moviendo los brazos como en una sevillana.
—Creo que eso no se baila aquí —me río.
—Nadie es profeta en su tierra, ¿no? Si bailoteo un poco de lo mío tendrá que ser por estos lares. Allí, en Córdoba, se dan cuenta al toque de que no tengo ni idea. ¿Dónde está Yasen? —pregunta sin poner ni comas ni puntos a su breve monólogo.
Si ya habla rápido sobria, ebria se convierte en Steisy de Mujeres y Hombres y Viceversa .
—Currando.
—¿Currando? Lo voy a llamar para regañarlo. ¿Quieres probar esto mientras te atienden? —Me ofrece su vaso, idéntico al que Fayna se ha acercado a los labios para tener una excusa para no hablar—. ¡Está riquísimo!
—¿Qué es?
—Malvasía —responde la superestrella.
A lo mejor piensa que no me doy cuenta de que lleva desde que he llegado siguiéndome con la mirada.
Su expresión es indescifrable. Imagino que no se siente del todo cómoda en presencia de un hombre que la ha visto sufrir un ataque de nervios, por comprensible que fuera su reacción y por poco juicioso que sea yo.
—No, hombre, di el nombre entero. Vino de malvasía volcánica —recita Cancán como si desplegara un eslógan con gancho—. Sabe tan especial como suena. ¡Pruébalo!
Me reservo el comentario de que, habiendo probado ya los mejores elixires de España con los lujosos acompañamientos que potencian su sabor —ostras, vieiras, caviar—, soy bastante tiquismiquis con el vino.
Dudo que Fayna apreciara un comentario elitista.
Doy un sorbo lento con la humilde intención de apreciar los aromas y distintas notas, y, para mi sorpresa, descubro que Candela no exageraba. Es interesante como mínimo; intenso y floral, con un recuerdo de frutas dulces y tropicales y un regustillo mineral.
Esto último es lo que le habrá dado su segundo apellido, volcánico .
—¿Con esto me vais a emborrachar hoy? —Mantengo el suspense un segundo—. Porque me parece de puta madre.
Candela suelta una carcajada.
—Emborrachar no, que mañana trabajas —me recuerda Fayna. Se endereza con el codo todavía apoyado en la barra y ladea la cabeza—. ¿Sabes si Yasen conseguirá dejar listo el episodio para que mañana Javier nos dé su opinión?
—Ajá —respondo antes de dar otro largo trago—. Joder, está bueno de cojones. Es producto local, ¿eh? Me va a entrar como agua. ¿Dónde está Karen, a todo esto?
—Adivina —contesta Cancán, pero me da una pista apuntando con el dedo hacia el escenario.
Sonrío de oreja a oreja al ubicar la melena rubia platino en primera fila, a los pies de la orquesta, como si en vez de haber asistido a una modesta verbena estuviese en un concierto de The Beatles resucitados, puestos de LSD y desnudos.
Alarga las manos hacia los cantantes con la desesperación de una groupie .
Estos, no se sabe si más divertidos, halagados o atónitos, aceptan sus muestras de cariño y se las devuelven encantados de la vida.
—Menudo personaje está hecho.
—Sí. Yo la adoro —confiesa Cancán—. Lo mejor será que vaya por ella antes de que le dé por irse de gira con la Orquesta Bomba Tropical.
Cancán me arrebata el vaso —«Consíguete tú el tuyo, gorrón», me dice; «Pero si me lo has ofrecido tú, capulla», contesto— y desaparece zigzagueando con saltitos, igual que una niña jugando a la rayuela, entre la marea de gente.
La plaza no es muy grande y la población de Uga tampoco lo ocupa todo, pero, en proporción, se diría que estamos apretados.
En cuanto nos quedamos solos — por fin —, devuelvo la vista a Fayna.