Capítulo 13
Cesc
A través de la ventana de mi habitación en Casa Iballa, el alojamiento ecofriendly que se supone que nos ha gestionado Karen —yo creo que lo ha gestionado cualquier otra persona, desde una becaria hasta Yasen mismo—, se goza de una vista panorámica de las zonas verdes del recinto.
Al otro lado de los setos recortados que bordean la piscina, un grupo de mujeres y lo que denominaríamos «sujetos sin masculinidad frágil» toman la clase de yoga que imparte una gurú bronceada con un pixie cut y los abdominales de acero.
Espera, no. De Pixie cut nanay, que a Fayna no le gusta el inglés.
Mejor «corte de pelo a lo garçon ». Aunque, ahora que lo pienso, quizá el francés le moleste tanto como el idioma de los británicos y prefiera «con el cabello como un chaval».
O tal vez eso tampoco sea apropiado, porque seguro que la estrella opina que no hay melenas de hombre y melenas de mujer.
En cualquier caso, creo que se entiende la descripción.
El reloj marca las nueve y media de la noche, hace rato que cenamos en el bufé de productos ecológicos que ofrece el hotel, y, sin embargo, ahí están los obsesos del ejercicio, haciendo el samasthiti y el namasté con la densa masa de gofio todavía estancada en el gaznate.
Sabe Dios que yo la tengo estancada en el gaznate.
—Hay peña que está a un chupito de ayahuasca y un «no hay huevos» de celebrar su boda en un Basic Fit —le comento en voz alta a mi compañero.
Apoyo en el alféizar el codo de la mano que sostiene el cigarrillo.
Me ha pasado como siempre: he visto fumar a alguien, me han dado ganas, le he pegado dos caladas y me he aburrido—.
La burbuja inmobiliaria no sé, pero la del fitness tendrá que estallar en algún momento, ¿no?
¿O crees que nos conducimos inexorablemente a la vigorexia colectiva?
Replicando la fascinante habilitad de un agente del MI-6 , Yasen ha montado en nuestra habitación —y en un periquete— la mesa con el ordenador para proceder a editar el primer episodio.
Fayna lleva todo el día preguntándole si no es un imperdonable abuso de poder pedirle que haga el trabajo en apenas unas horas para mandarlo antes de medianoche, y Yasen lleva también todo el día contestando que no.
«No» a secas, como responde sí o no a secas a todas las preguntas de sí o no con independencia de que se le ruegue algo más de predicado.
Pero como Fayna es insistente, ha terminado soltando que por lo que le pagan en este curro no le importaría hacer el pino con las orejas.
Según ha contado sin proporcionar datos específicos de quién, qué o cómo —porque es un caballero, aunque sus fondos de pantalla de señoritas en pelota picada digan lo contrario—, en empleos previos se había visto forzado a acometer proezas muy superiores.
(Nadie le ha preguntado de qué naturaleza.)
( Por lo que sea. )
—Creo que es mala señal que un hotel ecológico ofrezca clases de yoga. El yoga es para las pijas en negación —me responde sin apartar la vista de la pantalla, que ahora mismo exhibe un magnífico primer plano de Fayna.
Yasen no es un tipo hablador a no ser que los temas sean a) animes de cualquier tipo, desde los clásicos hasta los recientes ganadores de los Crunchyroll Anime Awards, pasando por los shōjo colegiales que ya debería haber superado y sin olvidar los objetivamente pésimos, porque algo habrá que criticar con fervor, b) desastres naturales —ha visto un número preocupante de vídeos sobre tsunamis, muchos de ellos antes de acostarse, y lo sé porque lo he atestiguado—, o c) arte renacentista, que por lo visto le emociona hasta las lágrimas.
En serio, se le humedecieron los ojos hablando con Cancán de Raffaello Sanzio.
También he conseguido mantener una conversación fluida con él intercambiando recetas de comida asiática —sabe preparar toda clase de platos del continente, da igual si es pho , tteokbokki o ramen— y debatiendo sobre el asesinato de Pier Paolo Pasolini, sobre el que está tan bien informado que sospecho que el responsable fue él.
El caso es que, cuando habla, siempre es para hacer un comentario que da justo en el blanco. Y como pasa con todos los comentarios que dan justo en el blanco —pues no hay nada más gracioso que un retrato preciso de la realidad—, suelo encontrar los suyos la mar de divertidos.
Por eso me río.
—¿Sospechas que el hotel encubre actividades deshonrosas? —pregunto con sorna, el cuello girado hacia él en un ángulo incómodo. No pierdo la ocasión de lanzarle una pullita—: ¿Más deshonroso que adorar a las waifus ?
Yasen ni se inmuta.
Creo que no se ha inventado aún algo capaz de sacarle de sus casillas.
—Yo no adoro a las waifus . Adoro las cosas bien hechas.
—¿Y las waifus no están bien hechas?
—De acuerdo a la anatomía básica, no. Los personajes femeninos de anime considerados waifus suelen tener atributos físicos desproporcionados. Si fueran mujeres reales, apenas les cabrían algunos órganos en el cuerpo. Y tendrían escoliosis.
Es la clase de respuesta que yo no podría haber dado sin descojonarme, pero él contesta en tono neutro y muy concentrado en su labor de montaje, integración de recursos y correcciones técnicas.
No dudo que con mis insolencias estoy interrumpiendo esta última, para la que le convendría tener los cascos encajados en las orejas y no apoyados sobre los cartílagos.
—Muy probablemente, sí.
—Tu móvil lleva un rato vibrando —añade—. Supongo que querrás cogerlo. Es tu madre.
El gesto se me tuerce como si el llamante fuera Hacienda.
Devuelvo la vista al paisaje del alojamiento y doy la última calada al cigarrillo, ya solo por educación, porque tengo el estómago revuelto de las tres chupadas previas.
Lo estrello contra la barandilla, soplo la ceniza para no dejar pruebas de mi ilegalidad —el doble de sancionable hallándome en un alojamiento que protege el medioambiente— y deposito la colilla en el cenicero de cristal.
Me aparto de la ventana para asomarme a la pantalla brillante de mi móvil, que vibra rogando atención.
En efecto, reza «Mamá».
A priori, el nombre del contacto no resulta sospechoso.
Si acaso habrá quien me sugiera que lo cambie por «AAMamá»; así me aseguro de que es a la que llaman si alguna vez sufro un accidente.
Pero considerando que cada uno de los números que atesoro en la memoria del teléfono han sido bautizados con un mote cariñoso —hasta Candela es Glitter Queen y Yasen fue guardado como El Sensei—, puedo asegurar que un «Mamá» suena excesivamente diplomático.
Por no decir algo peor.
Apuesto a que mi compañero entiende algo distinto de lo que entiendo yo cuando lee esa palabra, la primera que aprendemos de niños.
Para él evocará copiosos platos de escaldón casero, fábulas de animales contadas con gracia para conciliar el sueño y regañinas desproporcionadas por pasar la ropa planchada de la cama a la silla del escritorio y de la silla del escritorio a la cama, y así en un ciclo sin fin que los gamers han nacido para perpetuar.
A mí me trae recuerdos algo más concretos y muy poco cotidianos, por decirlo de un modo elegante.
Por eso pongo el móvil en silencio y le doy la vuelta.
Con la tranquilidad de que no me van a hacer preguntas —una de las múltiples virtudes de Yasen es que no se mete en los asuntos de nadie—, me asomo sobre su hombro para valorar su trabajo.
No dudo que el resultado será brillante, y no tanto porque su currículum sea una acumulación de victorias que hace recelar de un posible pacto con el diablo —demasiado joven para tener tanto éxito—, sino porque nunca habla de él.
Sé por experiencia que quien se esfuerza por describir lo que hace y cómo lo hace, no tiene ni puta idea de lo que está hablando.
Esto se lo comenté cuando nos conocimos. Me desarmó diciendo: «Tú también eres muy joven y exitoso. Más joven que yo, de hecho, y más exitoso, porque ganaste premios prestigiosos»... o algo así, seguro que no con tantas palabras porque es un economizador del lenguaje nato.
Yo tuve que morderme la lengua para explicarle que no era lo mismo.
Yasen salió de un municipio de cuatrocientos habitantes de la isla de Lanzarote, que pertenece a una de las comunidades autónomas, si así podemos llamarla, más castigada y en mayor riesgo de pobreza de España.
Un humilde servidor —que nada tiene de humilde, y eso es a lo que voy— ha disfrutado de la clase de hoja de ruta sin obstáculos que garantizan los privilegios de clase y que solo contempla un destino: la eterna gloria laboral.
—¿Conseguirás llegar a la hora de entrega?
—Ya estoy repasando, así que sí.
—¿No piensas venir con nosotros a las fiestas?
—Luego, y solo porque Candela ha insistido.
Él es el único que la llama Candela.
—¿Te parece bien que te deje solo, entonces?
—Lo prefiero. Me estás distrayendo.
Cabe señalar que lo dice sin el menor ánimo de ofender.
Me suscita curiosidad, este Guayasen Sengoku.
Por si no fuera suficiente con haberse puesto un nombre digno de un personaje de Dragon Ball , porque seguro que un lanzaroteño de pura cepa con antecesores guanches no se apellida Sengoku, es la segunda persona verdaderamente franca y sin dobleces que me he topado en mi vida.
La primera me informó de antemano que estaba en el espectro autista.
Como es natural, no voy a preguntarle a él si también. En primer lugar, porque me es indiferente, y en segundo porque todavía no se pueden preguntar ciertas cosas objetivas y perfectamente normales sin riesgo de ofender al prójimo.
—Pues ahí te quedas, chaval.
Me agacho hacia la maleta para coger la chaqueta.
Como si tuviera un ojo en la espalda, Yasen me advierte:
—No te lleves abrigo. En mayo la temperatura es ideal.
Jamás osaría contradecir una recomendación de Yasen, así que me incorporo y me guardo las manos en los bolsillos. Echo un vistazo rápido a la pantalla del ordenador, donde se aprecia a una Fayna no tan vibrante como otras veces haciendo aspavientos hacia las salinas de Janubio.