Capítulo 12 #2
No puedo verle toda la cara a Cesc porque se ha situado entre James y yo, pero aprecio en su medio perfil que el desprecio le curva los labios hacia abajo.
—¿Por qué no me repites esa mierda a mí, eh? ¿No eres tan gallito?
—¿Qué haces? No me toques.
—No me toques tú a mí los cojones, niñato —le sisea con una voz irreconocible.
Contemplo la escena en un segundo plano sin sentirme las manos o la cara, reducida a un bloque de hielo—.
No te sacudo a hostias porque no me merece la pena ir a juicio por tu culpa, pero vuelve a manifestarte, aunque sea con un comentario de odio en TikTok, y te rompo la puta cara, ¿me oyes?
—¿Todo bien? —interviene Yasen con su parsimonia habitual.
Pero por el modo en que se acerca a James y lo acorrala por el flanco que no ocupa Cesc, por el modo en que se quita las gafas de vista muy despacio, no vaya a ser que se le rompan, algo me dice que está dispuesto a entrar al trapo con todo lo que tiene.
Y «todo lo que tiene», aunque sean solo músculos, no le envidiría nada al arsenal nuclear estadounidense—. ¿Este niño te molestó, Fayna?
—No, no... No. Déjenlo.
Sacudo las manos, frenética, al ver que el padre se aproxima de nuevo hacia nosotros. James está aterrado por la amenaza de los dos miembros del equipo, más incluso por la cara de jalado de Cesc que por las dimensiones de luchador de artes mixtas de Yasen.
El cámara le propina un par de palmaditas en la cara lo bastante fuertes para que James emita un gemido de protesta.
—Pórtate bien, ¿eh? —le advierte con fingida amabilidad—. No queremos que te pase nada.
Le suelta las solapas de la camisa y se da media vuelta como si nada.
Le gesticula a Yasen para que se quite de en medio antes de que David Taylor regrese a exigir explicaciones.
Agradezco que me coja de la mano y entrelace los dedos conmigo para alejarme de la escena.
Si no, los zapatos de cemento me habían dejado estancada allí, repitiendo para mis adentros igual que un disco rayado las furiosas amenazas de un chaval de diecisiete años.
Sintiendo que Cesc me mira de soslayo con preocupación, hago el esfuerzo de restarle hierro al asunto.
—Estoy bien —balbuceo con una sonrisa de plástico. Tengo la boca seca, y aunque por fuera sudo por el subidón de adrenalina, por dentro estoy helada—. Experiencias como esta son el pan de cada día. Te lo aseguro que a lo largo de mi vida leí mil amenazas parecidas.
—Pero no creo que estés tan acostumbrada a que te las larguen en persona. La gente que insulta en internet es una cobarde, y lo hace allí porque a la cara no puede.
—Hay que reconocerle el valor y la originalidad a James, entonces —me río con una nota de histerismo—. Al menos él me lo dijo mirándome a los ojos.
Y qué ojos de loco. No quiero que mellen en mí, ni su expresión de odio furioso ni su advertencia, pero siento que su mirada hostil me persigue en mi camino por la pasarela.
Cesc frena en seco, como si algo en mi manera de reírme le hubiera chirriado, y se planta frente a mí para tomarme la cara entre las manos. Sus ojos examinan mi expresión rasgo por rasgo, del primer al último cuarto de mi rostro, para concluir en mi mirada desenfocada.
—Lo estabas manejando muy bien. No has dejado que te asuste —me halaga con dulzura—, pero tendría que haber intervenido antes.
—No hagas de esto todo un tema —respondo seguida—. Más que nada, no hagas de esto todo un tema sobre ti y sobre cuándo debiste meterte. Me gusta gestionar mis asuntos solita.
—Lo sé. Por eso he esperado al último momento para participar. Pero la próxima vez seré tu guardaespaldas. Yasen y yo te cubriremos.
—¡Que no hace falta! ¡No fue para tanto!
—insisto. El nudo en el pecho me aprieta aún más viendo que Cesc no cede y me sostiene la mirada.
Sostiene también, y con admirable paciencia, todas mis emociones, como si estuviera acostumbrado a lidiar con crisis nerviosas—.
Estoy bien —deletreo de nuevo. Él no me suelta la cara, y sus manos irradian un calor necesario para mantener la sangre en mis mejillas ateridas.
La confrontación me ha dejado fría, en el limbo de la disociación, pero Cesc está muy anclado al momento y tira de mí para devolverme al presente—.
Me da igual lo que me digan. Me da igual —repito con una nota de desesperación.
Le rodeo las muñecas para apartarlo, pero la dulce perseverancia de su compasión quiebra algo dentro de mí y se me escapa un jadeo nervioso que se parece sospechosamente a un sollozo.
Desvío la vista al suelo, hacia los lados, a donde sea.
Lo que sea menos mirarlo a él—. Chos , esto es ridículo —articulo con un hilo de voz.
Sueno alarmada por la hostigación del llanto, que me acecha sin piedad—.
Déjalo estar, Cesc. ¡Si acabo llorando es por tu culpa!
Él se ríe bajito.
—Acepto cargar con la responsabilidad —responde, aliviado.
Ya ha conseguido lo que quería.
Que es, también, lo que yo necesitaba.
A sabiendas de que no soportaría que me vieran romperme por algo como esto, Cesc me rodea la cintura con un brazo y me cubre la nuca con la otra para que descanse la mejilla en su hombro.
Antes incluso de tocar la camiseta de algodón con la cara, la barbilla me tiembla, la garganta se me cierra y las primeras lágrimas bañan mis mejillas.
No son lágrimas de dolor, porque el daño siempre lo inflige quien puede, no quien quiere. Tampoco son lágrimas de rabia; esas queman, y las que corren por mi rostro parecen pertenecer a otra persona. Por eso sé que son lágrimas de incredulidad.
Nunca dejan de asombrarme los límites morales que un simple desconocido está dispuesto a vulnerar con tal de herir o asustar.
Amenazas e insultos como los de James te anulan, te empequeñecen, pero la amabilidad y la ternura de un hombre que parece preocuparse por ti te hacen sentir pequeña en el mejor de los sentidos.
En el sentido de cuidada y protegida, como un pajarito magullado y perdido en las manos de un buen samaritano.
Cierro los ojos y le rodeo tímidamente la cintura.
La mano masculina que me había guiado por la nuca emprende un ritmo de caricias que no sé si dirigen mi llanto o lo van amansando.
Mantener en la cabeza el recuerdo reciente de la intervención de Cesc me calma.
Por desmesurada o cliché que pudiera haberme parecido en otras circunstancias, la agradezco de corazón.
Cuando pasado un rato ya me he limpiado la cara y he reunido la dignidad necesaria para enfrentarlo, levanto la barbilla.
Nada más mirarlo, el pecho se me encoge y me invade el impulso inadmisible de decir una locura irresponsable.
Intento no ser dura conmigo mismo por sentir ese deseo.
Es cierto que así, tal y como estamos, parece Dios, porque Dios ha sido representado millones de veces abrazando a un feligrés, a un animal y a un niño, y me está abrazando a mí, alguien vulnerable; porque a Dios le rodea la cabeza la aureola angelical y en la posición en la que nos hallamos, él de espaldas al mediodía y con el efecto del contraluz difuminándole los bordes de la silueta, pareciera que le estuvieran señalando como el elegido para una gran heroicidad.
Sus ojos verdes no brillan; arden cuando me acuna la mejilla con una mano.
Aunque me lo supliquen el cuerpo y el espíritu, no puedo decirle «te quiero» porque no es verdad.
No lo quiero. Es imposible, y, aunque no lo fuera, sí que sería absurdo.
Pero puedo decirle alguna de esas lánguidas alternativas a las que recurrimos cuando, además de ser pronto para sentir algo parecido, arrebatarse de pasión podría espantar al otro.
Hablo de, por ejemplo, las míticas «me encanta hablar contigo», «me caes muy bien» o «me gustas un montón».
Ninguna de estas opciones, aun así, son remotamente realistas o fieles a lo que me quema por dentro. Así que al final acabo soltando lo primero que me viene a la cabeza.
—Hueles muy bien.
Él sonríe con tierna condescendencia y un deje de extrañeza, como si supiera que eso no es lo que pretendía decir pero hubiera entendido a un nivel inconsciente la verdad que encierra el comentario.
—Gracias.
¿Eso significa «yo también te quiero»? ¿«Tú también me gustas»?
«Fayna, mi niña, se te fue el pistón».
Me humedezco los labios salados por las lágrimas y me ahueco el pelo, una forma muy sutil de pedirle que me quite las manos de encima.
—¿Cómo es que se te da tan bien gestionar ataques de pánico?
Cesc se encoge de hombros con un aire misterioso que no tiene la menor intención de emular. Simplemente me parece misterioso porque quiero conocer la respuesta a la pregunta, quiero conocerlo a él, y él, por primera vez, levanta una barrera.
Una barrera débil, pues sé que si insistiera acabaría cediendo, pero ahí está.
—¿Estás mejor? —inquiere, y con la mejor de las voluntades agrega—: ¿Quieres que te traiga agua?
—No, gracias. —Trago saliva. Él espera de pie ante mí a que diga algo, o seguramente no, seguramente soy yo la que, como quiere decir algo, cree que él la espera.
Lo más probable es que solo esté vigilando que no me vengo abajo otra vez—.
Se me pasará. No hace falta montar un espectáculo. Tenemos que trabajar.
Decido ser yo la que pasa de largo para dar por zanjada la conversación.
Y al principio me siento miserable por largarme así después de su gesto de amabilidad.
Por suerte, el poder de la mente no tiene competencia, y no me cuesta reconectar con mi indignación inicial en el camino hacia el resto del equipo.
Si lo del avión fueron cuatro besos tontos, esto habrá sido un abracito más tontorrón aún.
Y eso es todo y no tiene importancia.