Capítulo 12
Fayna
El inquietante saludo proviene de un tipo atractivo de mediana edad.
Se quita las gafas de sol para ayudarme a ubicarlo en algún recuerdo, pero no lo reconozco ni aun así.
Tiene la piel pálida con tendencia al rubor propia de los centroeuropeos y anglosajones y los ojos del mismo azul marino que la camisa de Armani.
Huele a una colonia pesada y cara que, si se combina con el aire impregnado de salitre de la zona, produce un efecto mareante.
—Disculpe —fuerzo una sonrisa, no sin recelo. Por lo general, y esto es una realidad, no un prejuicio, no me llevo muy bien con los hombres que visten de traje—, pero tendría que recordarme su nombre. Conozco a mucha gente.
Advierto que, a unos cuantos metros de distancia, un chico joven reunido con un grupo de señores con las mismas fachas levanta la vista hacia nosotros. Me mira con los ojos entrecerrados hasta que el reconocimiento le frunce el ceño.
Intercambia unas palabras con sus otros tres acompañantes que no atino a escuchar.
Está claro que vienen con Míster Armani.
El desconocido que aún tengo delante levanta las cejas con asombro.
—¿En serio te has olvidado de mí? Me extraña considerando cuánto te esforzaste hace ocho meses para conseguir que mi nombre fuera tendencia en redes sociales.
¿Nunca te preocupaste de ponerme cara buscando fotografías en internet?
—No alarga la tortura. Extiende la mano para darme un apretón—.
Soy David Taylor, de Tabaiba S.L. ¿Te sueno algo más?
La bombilla se me enciende y el rechazo me impele a dar un paso atrás.
¿Cómo iba a olvidar a David Taylor? Es tan cierto que no busqué su imagen en internet como que no dejé de pronunciar su nombre hasta que conseguí lo que me había propuesto: que las presiones de la gente tumbaran el proyecto de edificación de pisos de lujo en un espacio natural del sur de Tenerife.
Aunque David honra su ascendencia británica exhibiendo una educación ejemplar, no ha venido en son de paz.
El aspecto anglosajón de su currículum sí lo estudié de arriba abajo para remarcar en una colección de vídeos que suelen ser los extranjeros forrados de billetes los que vienen a construir a España para especular con la vivienda.
—Me quedé con ganas de decirte unas cuatro cosas en aquel entonces, ¿sabes?
Pero mi abogado me lo desaconsejó, y suelo obedecer lo que me dicen los profesionales.
Me parece lo legal. Porque siempre he sido un hombre muy legal —recalca con una superioridad que pretende poner de relieve mi supuesta ingenuidad—.
Pido mis permisos y me los conceden, como los pedí y me los concedieron para construir en Arona.
¿Te quedaste tranquila difamando a mi empresa para que los inversores me retiraran su apoyo, Fayna?
Inspiro hondo, decidida a no dejarme amedrentar.
—Yo no le difamé, señor Taylor. Expuse hechos inapelables como que iba a levantar un edificio de más de diez plantas al lado de un espacio protegido.
Malpaís de La Rasca —le recuerdo—, que no por hallarse en un municipio edificable deja de ser una reserva natural.
Espero que se quedara con ese nombre tan bien como se ve que se quedó con el mío.
Con suerte aprendió algo de los tiktoks que grabé al respecto valiéndome de la libertad de expresión, algo que sí que es legal y para lo que no, no le tengo que pedir permiso. Ni a usted ni al ayuntamiento.
La sonrisa educada de Taylor se deshace nada más escucharme. Tenía las gafas de sol todavía en la mano y las estaba balanceando con aire distraído, pero acaba de comprender que la discusión no va a seguir la senda que él había predispuesto.
Es decir; no va a intimidarme.
—¿Sabes cuántos puestos de trabajo arruinaste con tu campaña de odio?
—Sé cuánto iba a pagarles a esos obreros porque me molesté en informarme al respecto, sí. Justo como usted debió informarse del sitio en el que quería construir.
—Ya veo que es así como manipulas a tu audiencia, repitiendo una y otra vez una idea manida hasta que les cale. Debería darte vergüenza utilizar tu plataforma para imponerle al público tu insidiosa agenda personal.
—Si tuviera una agenda personal , señor Taylor, significaría que me preocupo solo por mi persona, y eso era lo que estaba haciendo usted.
Yo defendía el territorio y a los canarios, que ya le digo yo que no serían los que comprarían sus pisos acristalados con infinity pool por dos millones de euros cada uno.
¿Por qué no construye en Inglaterra? —Ladeo la cabeza fingiendo interés—.
¿Es porque allí no puede pagarles en negro a los locales y actuar como una suerte de libertador de las Américas que vino a salvarlos de la precariedad?
A estas alturas, David Taylor ha perdido todo rastro de amabilidad.
Lo prefiero. Me parece más honesto y humano ahora que me mira a los ojos con el odio que siente.
Me produce una honda satisfacción ver cómo se le cae la careta a un tiburón de los negocios que sigue repitiendo argumentos anticuados; argumentos que hace años que no se sostienen.
Los movimientos sociales populares, como Canarias tiene un límite , los han desenmascarado.
—Te crees muy valiente, niña, pero hay que ser cobarde para hundir negocios hablando detrás de una pantallita. No sé quién te habrás pensado que eres...
—No, disculpa, no sé quién pensaste que eres tú —le espeto dando un paso al frente—.
Si pensaste que podías hacerme llorar increpándome en la calle porque me doblas la edad y llevas mil euros encima en ropita, estás muy equivocado.
Y ya ves que no me refugio detrás de ninguna pantalla para huir de las consecuencias de lo que digo.
Con o sin pantalla, vas a saber lo que pienso.
—¿Papá? —interviene el chico que nos había estado mirando. Se posiciona justo al lado de David Taylor y desde ahí me mide con una mirada que concluye con un juicio no muy halagador—. ¿Qué pasa?
—Nada, James. Vámonos.
David Taylor no se despide de mí y tampoco me mira una última vez, no sé si también por recomendación de su abogado.
El que se queda en el sitio con el cuerpo vibrando por el deseo de intervenir, un deseo que curiosamente siempre observo en los adolescentes pijitos cuando han esnifado su primera línea de cocaína, es el futuro propietario de Tabaiba S.L.
—Tú eres la hippie de internet.
Lo pronuncia como habría pronunciado «tú eres quien mató a mi madre y me obligó a mirar cómo lo hacía».
Le dirijo una sonrisa fría.
—Encantada de conocerte, James.
Él vuelve a mirarme de arriba abajo para dejar claro que represento todo lo que desprecia, y no me sorprende un pelo.
También James representa todo lo que yo desprecio: un proyecto de cayetano extranjero financiado por una fortuna heredada.
Un esclavo de las apariencias obsesionado con encajar en el molde predeterminado que le evitará ser víctima de una decepción familiar.
Me daría pena si no supiera que ganará dinero a espuertas sin mover un dedo y si no se moviera por el mundo como si la gente debiera hacerle reverencias.
—Yo, si fuera tú, procuraría no dejarme ver por ahí —me sugiere en tono amenazante—. Nadie sale impune diciendo lo que tú dices en internet.
—Ah, entonces ves mis vídeos. Siempre es un placer conocer a un fan.
Su expresión se ensombrece.
De todo lo que podría haberle dicho, esto es, con diferencia, lo más ofensivo.
—Das asco —escupe con un desprecio que debo admitir que me choca.
Mi guerra ni siquiera iba con él, sino contra su padre, quien, a juzgar por lo que llevaba puesto y el hecho de que se sigue paseándose por una de las Islas Canarias en busca de oportunidades de negocio, no ha perdido ni dinero ni influencia—. Un día te van a dar un susto, ¿sabes?
Levanto las cejas.
—¿Me estás amenazando?
—Yo no me molestaría con una perroflauta como tú, vaya que me pegues la sarna, pero habrá quien sí. Y cuando pase —añade, inclinándose hacia mí con una pequeña sonrisa maliciosa—, lo voy a celebrar, que lo sepas.
—Qué palabras tan bonitas. Sobre todo viniendo de un cristiano. —Señalo con la barbilla la cruz de plata que le cuelga del cuello—. Vas a tener que esperar sentado a que se cumplan tus sueños, James, y eso te hará perder tiempo muy valioso. Mejor apunta alto en tus estudios y termina el instituto.
Pretendía palmearle el hombro y volver a lo mío, pero en cuanto mi mano entra en contacto con su cuerpo, sufre una especie de convulsión, como si hubiera rozado restos de comida mojada en el fondo del fregadero. Me arrea un manotazo que no sé si es involuntario o muy consciente.
Lo que sí es, por descontado, es humillante.
—No me toques, zorra —masculla con desprecio.
—¡James! —exclama el padre, que por fin se ha percatado de que no me está deseando los buenos días precisamente. Nos vigila desde el grupito con el cuello tieso y expresión sombría, pero no se mueve.
James tampoco.
Con la respiración agitada y la cara contraída en una mueca de odio que confieso que me sobrecoge, se despide de mí por todo lo alto.
—Te van a dar tu merecido, ya lo verás. Un día me voy a levantar y voy a ver una noticia que describe cómo te encontraron apaleada en un contenedor.
—Por fin consigue una reacción de mi parte, que no es otra que estremecerme, y decide seguir por esa senda con una sonrisa de satisfacción—.
A lo mejor hasta te habrán violado entre varios.
Creo que pretendía terminar su amenaza justo ahí, en el sumun de la maldad humana, pero si iba a añadir algo más, no le da pie.
Una figura masculina que le saca al menos una cabeza se interpone entre los dos como un eclipse solar y lo agarra de la pechera de la camisa.
El movimiento es tan repentino y violento que por un segundo creo que me he mareado y he perdido el equilibrio, pero no: la mancha negra que ocupa mi campo de visión es la camiseta que viste el hombre que interviene.