Capítulo 11 #2
Lo que son las percepciones, ¿eh? Como uno vive una experiencia con una intensidad que le sobrecoge y hasta le convence de que han intervenido las inescrutables fuerzas del universo, porque qué otra cosa explicaría semejante milagro, asume que, por narices, el otro tiene que guardar el mismo y hermoso recuerdo.
Y no. Una se queda en shock descubriendo que lo que para uno supuso el mundo entero, para el otro fue un acontecimiento olvidable y aplastado por la inmensidad del tiempo.
Si ya lo dijo Annie Ernaux antes que yo: «Este desfase respecto a mi propia obsesión me llenaba de asombro, pero él mismo se habría quedado de una pieza al saber que yo no me lo quitaba de la cabeza en todo el día.
Claro que eso Cesc no lo va a saber. La CIA tendría que practicarme el ahogamiento simulado para sonsacármelo.
—No tendría que haber dicho nada —se lamenta Candela—. Soy gilipollas. Perdóname.
Me pone en bandeja la ocasión de parafrasear a Pablo Iglesias en aquella intervención del Congreso, cuando se puso a recitar sinónimos de «me la suda» — me importa un comino, me importa un pimiento, me importa un huevo, me importa un rábano, me importa un pepino, me la trae floja —, pero la sonrisa de circunstancias se me ha helado en la cara y solo consigo repetir como un papagayo:
—No pasa nada.
—En serio, disculpa. —La agitación de la maquilladora me obliga a explotar la burbuja de lamentaciones.
Está verdaderamente angustiada. Me mira con los ojos redondos y traga saliva de forma compulsiva—.
Siempre la cago con estas cosas, ¿sabes?
Como yo voy por ahí diciendo todo el rato lo que pienso en cuanto se me ocurre y no oculto las cosas que me suceden, creo que no va a pasar nada malo si revelo el contenido de una conversación.
No me extraña que me llamaran bocachancla en el instituto.
Qué vergüenza. Ahora os vais a pelear por mi culpa, y...
—Un momento, un momento. —La detengo levantando las dos manos—. Nadie se va a pelear con nadie. Yo tengo la misma visión de lo ocurrido que él, ¿vale? Para mí también fueron unos besos tontos. A mí también me dio igual, ¿de acuerdo? —insisto, ya a la defensiva—. No pasa nada.
Candela se muerde el labio.
—¿Seguro? —pregunta con la voz quebradiza.
—Lo juro por la Virgen de la Candelaria. Anda, termina con el maquillaje. Cuanto antes empecemos, antes editará Yasen el primer episodio y antes podremos concluir la grabación. Y luego nos iremos a bailar, que hoy son las fiestas de San Isidro Labrador en Uga.
No muy convencida, Candela asiente y se dispone a finiquitar su tarea, que concluye con un resultado perfecto. Yo procuro aparentar naturalidad y hasta benevolencia manteniendo una expresión serena, pero el nudo de rabia y decepción sigue instalado en la boca de mi estómago.
Y pensar que anoche en el hotel, a pesar de estar hasta el culo de antiinflamatorios para soportar el dolor de la quemadura y cansada como si me hubiera pasado un camión por encima, me planteé tocar a la puerta de la habitación de Cesc.
No para follar —o no necesariamente—, sino para decirle lo que se me quedó en la punta de la lengua después de montar el dromedario: que a lo mejor ahora estamos en Canarias, pero que siempre se podría valorar prestarle una visita en Ibiza.
«Chiquita machanga», me acuso con desprecio. «Mucha deconstrucción romántica, pero luego te montas una película de amor en cuanto un tío te coge en brazos. Eres todo lo que decía Junior Healy en aquel vídeo viral: ridícula, un pingajo, no vales nada».
Dicen que «mal de muchos, consuelo de tontos», pero a mí me gusta tener la tranquilidad de que esto le sucede a las mentes más brillantes de mi generación.
A la misma Annie Ernaux, por decir una que ya he mencionado.
Ganadora de un Nobel de Literatura y esclava de una pasión no correspondida a la vez.
Se puede ser inteligente y perder el juicio al mismo tiempo. Se puede ser pintor y también escultor.
Procuro no traslucir mis pensamientos levantándome del taburete con la mayor dignidad.
Sacudo los vaqueros cortos que Cancán me ha elegido en su rol de estilista.
Son deslavados y de tiro alto, y combinan de maravilla con un bodi celeste de tirantes escotado que reza «No soy radical, soy reciclable».
Fingiendo que me queda algo de dignidad, camino muy recta hasta el punto donde Cesc y Yasen esperan sonriéndole al móvil del segundo, que, honrando la única forma de socializar que conoce —es la que ha exhibido por ahora—, se habrá acercado para enseñarle un reel de humor matemático o de una jugada avanzada de ajedrez que solo entiende él.
Como si me tuviera puesto un localizador, el cámara y director alza la cabeza.
Me recibe con una sonrisa y una mirada de arriba abajo que no pretende disimular sus intenciones, esas que ahora sé que son perversas porque todas las intenciones que no nacen del amor —o de una emoción sincera— son perversas.
Ignoro deliberadamente que traga saliva como si estuviera nervioso antes de hablarme con la profesionalidad informal que aparenta cuando estamos rodeados.
—Hemos estado hablando Yasen y yo, y se nos ha ocurrido una cosilla para animar el primer episodio.
Fíjate tú por dónde, a mí también se me ha ocurrido una cosilla para animar el primer episodio. ¡Despedirte otra vez!
—¿Hay en Lanzarote algo parecido al Mercado de África tinerfeño? —pregunta—. Sería interesante grabarte valorando los productos frescos, hablando con los tenderos; hasta probando algún pincho en un bar famoso.
—¿Para mantener pegados a la tele a los que tienen un fetiche con ver a una mujer comiendo? —Enarco una ceja—. Y a no ser que te refieras a brochetas, aquí no hay pintxos , Cesc. Aunque puedas ver el mar, lo que tienes delante es el Atlántico, no el Cantábrico que baña Bilbao.
—Es una forma de hablar. Pinchos, tapas, raciones, lo que sea. Podría ser interesante hacer contenido variado, Fayna —insiste con su diplomacia habitual.
Me lo quedo mirando como si fuera el insecto más jediondo del planeta.
Al menos, eso estoy intentando transmitirle a través de ondas mentales.
¿A qué juegas? ¿Quién eres en realidad? ¿Qué quieres de mí?
Porque yo lo miro y lo primero que me viene a la cabeza no es que las mata callando.
Ni en el avión, ni en el restaurante italiano, ni ayer, ni nunca me he llevado la impresión de que sea un mosquito muerto que te pone la cara de un hermano Bridgerton en el esperado episodio de la declaración romántica para luego, cuando le preguntan terceros por «lo nuestro», hacerse la de la infanta Cristina respondiendo 579 evasivas al juez Castro: Ah , no sé, no la conozco, no me consta.
¿De qué me extraño? Ya he jugado antes a este juego con la mitad de personitas, sean hombre o mujer, que me han contestado a un mensaje de Tinder. La otra mitad ni se molestaba en fingir el interés en mí que Cesc ha perfeccionado: directamente me preguntaba dónde vivo y si estaba libre esa noche.
Quizá debería abogar por unas relaciones interpersonales dignas y no tanto por el ecosistema canario.
«Pintora y escultora, Fayna. Pintora y escultora».
—No quiero promocionar negocios de ninguna clase. Javier ya está informado de esta prohibición mía, además —agrego con el malicioso regocijo de llamarle la atención delante de Yasen—. ¿Es que no hablaste con él?
—Pero no estás promocionando apartamentos de medio millón de euros que vulneran la Ley de Costas. Estarías promocionando negocios de barrio que favorecen la economía local.
—Que favorecen la economía —repito en tono burlón—. Cómo les gusta a todos defender que el turismo levanta España y no que es lo que la está exprimiendo.
Cesc arquea las cejas como si hubiera dicho una bocanada descomunal.
—Te recuerdo que soy de Ibiza, Cotufas. Sé mejor que nadie los problemas que acarrea el turismo masivo. Pero no vamos a poder evitar que la gente siga viniendo a echar una semanita de vacaciones, así que ¿por qué no ayudar a los que viven de ello?
—¿A costa de gentrificar las tiendas de conveniencia y que sean los lugareños los que tengan que joderse no pudiendo ir a sus bares y colmados habituales?
—¿Por qué lo politizas todo? —se desespera Cesc—. ¿Tú de verdad crees que quienes vean el documental van a ir al mercado en el que grabemos? A lo mejor capta a unos cuantos interesados, pero te prometo que no estará abarrotado al día siguiente.
—A esos cuantos pero poquísimos interesados que sigues sosteniendo que verán el documental, ¿no? Una cifra que ascendería a cuatro como mucho. Cuatro tontos espectadores, eso es todo. Nada con importancia.
Cesc abre la boca para replicar, pero la confusión se impone a su deseo de ganar la discusión y acaba sacudiendo la cabeza.
—¿De qué estás hablando?
—¿De qué estás hablando tú? ¿No sabes cómo funciona TikTok o qué?
Si crees que sobreestimo mi influencia, es porque no viste los estragos que causa el boca a boca cuando un vídeo se viraliza.
Di que fuiste, no sé, a la bolera de Arguineguín delante de tres millones de seguidores y verás que mañana hay una cola que da la vuelta a la manzana.
—Vamos a ver, Fayna —empieza cambiando el peso de pierna—. Yo solo digo...
—Entonces sí que es Fayna —dice alguien a mi espalda. Una voz masculina con un leve rastro de acento inglés—. @lafaynasilvestre, ni más, ni menos. No has cambiado nada desde la última vez que te vi.