Capítulo 11
Fayna
En nuestro segundo y último día de grabación en Lanzarote, el destino son las salinas de Janubio, ubicadas al suroeste de la isla en un municipio agricultor y turístico —¿y cuál no lo es esto segundo en el reino de España?
— llamado Yaiza. Aunque el paisaje no es tan apasionante y sobrecogedor como el de Timanfaya, al menos en mi humilde opinión, podría describirse como el paraíso de una ecologista como yo pese a la que fuera su finalidad original: facilitarle la vida a los pescadores.
—Cuéntame un poco dónde estamos —me pide Cancán—, a ver si me inspiro para hacerte un maquillaje apropiado.
La estilista se yergue ante mí sosteniendo como un camarero de restaurante pijo una paleta de más de veinte sombras en una mano.
Me ha sentado en el taburete plegable que está obligada a llevar a todas partes «como una vacaburra, salvo cuando el bonico de Yasen se ofrece a cargar mis bártulos» —esto es una cita textual—.
La postura me permite apreciar con qué estilo personal de los muchos que baraja se ha levantado hoy.
Sobre una camisola de manga abullonada celeste con cuello de bebé, lleva un gracioso peto de pana también azul claro con un montón de chapas distribuidas a la altura del pecho izquierdo, todas muy apropiadas: I Love Nature , reza una.
Otra muestra la señal de prohibido fumar.
Combina el divertido atuendo con unos zapatones con velcro de niña de colegio privado.
Coletas altas, purpurina plateada en los ojos, una pegatina con forma de estrella para cubrirle un grano traicionero, et voilà .
Cada día es una persona distinta y a la vez es la misma.
Es maravillosa.
Nos hemos retirado a un pequeño espacio próximo al paseo que por desgracia queda a la vista de los turistas. Desde mi posición se advierte el tono rojizo que adquieren las salinas por las características de la vida de su ecosistema.
—¿Te has fijado en el color del agua? —Señalo las piscinas rectangulares perfectamente compartimentadas—. Se debe a un pequeño crustáceo, la artemia, al alga Dunaliella salina y a un par de bacterias.
—La verdad es que tiene un tono muy bonito, pero no sé qué tanto te favorecería el coral en los párpados.
Con lo bronceada que estás, te apagaría.
Y no es un color que yo incluiría en tu paleta natural.
Por cierto, ¿cómo sabes todo eso? —Se apoya las muñecas en la cintura con las brochas profesionales asomando entre los huecos de los dedos.
Parece Lobezno cuando saca las garras—. ¿Has estudiado Biología?
¿Química? ¿Biotecnología? ¿O solo lo has leído para prepararte?
—No pude estudiar una carrera. Aprendo todo lo que puedo leyendo, viendo documentales y vídeos de divulgación, así que podríamos decir que soy autodidacta.
Y me alegro, ¿eh? —añado antes de que me lance la clásica mirada de compasión a la que mis conocidos me han acostumbrado, tanto si menciono las causas de mi aislamiento como si no—.
Ahora los grados universitarios están demasiado enfocados en la especialización de una sola materia.
La gente que tiene dudas sobre su futuro o, como yo, varios intereses, no nos habríamos quedado satisfechos graduándonos.
—Me encojo de hombros—. Si hubiese elegido Biología, una disciplina de la que me interesan todas sus ramas, a posteriori habría acabado teniendo que escoger entre Molecular, Bioquímica, Entomología, etcétera.
—Eso es verdad —asiente sin mirarme. Ha debido de inspirarse, porque ha sustituido la paleta general por otra de tonos cálidos pero metálicos.
Empieza a impregnar una brocha de sombras—.
Yo hice el grado medio de Estética, y o te ibas para peluquería o te ibas a ser esteticista.
No puedes ser Hannah Montana y tener lo mejor de ambos mundos.
Y si lo eres, parece que al final no sepas de ninguna de las dos cosas ni la mitad de lo que podría saberlo una chica solo peluquera o solo esteticista.
A petición suya, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.
—Tendríamos que volver a ser como los renacentistas.
Sobre todo los que se dedican a algo artístico.
Miguel Ángel era pintor, escultor y arquitecto.
DaVinci era también inventor y filósofo.
Al final uno destaca más en unas disciplinas que en otras, es inevitable, pero ¿y nuestro derecho a serlo todo?
—Yo intento serlo todo —replica de buen humor—. No quiero que se me encasille en una estética porque así es como se te encasilla luego en una tribu urbana, y me gusta experimentar.
—Eso vi. Menos mal que hay gente que no cree que, quien mucho abarca, poco aprieta. Los que se dejan manipular por esa ideología nunca podrán ser verdaderas estrellas.
Candela se echa a reír.
—Veo que vienes así de fábrica. Te levantas ya reflexiva y peleona.
—Eres tú la que sacó el tema, mi niña —protesto con una sonrisa.
—Es verdad. No te muevas tanto, que tenemos que sacarte guapa para el cámara.
Abro un ojo como en los dibujos animados, de forma dramática y seguramente con la esclerótica inyectada en sangre.
—Quisiste decir la cámara, ¿no?
—¿No defiendes en tus vídeos que el género es un constructo social?
—contraataca de buen humor. Con la brocha para párpados aún en alto, se separa un paso, no tanto para admirar su obra como para medir mi reacción—.
A ver, Fayna... No me quiero meter en tu vida privada, pero hace falta ser ciego para no ver que ahí pasa o ha pasado algo.
—No sé a qué te refieres.
—Pues, por ejemplo, a que cuando fueron a presentártelo en Madrid, te diste media vuelta como si te hubiera escupido en la cara y te piraste hecha un basilisco.
Mierda, es verdad .
No sé por qué pensé que esa reacción no me perseguiría aun tiempo después.
Ni sería la comidilla del grupo.
A lo mejor es porque no pensaba en absoluto cuando me dejaba llevar por la indignación.
La mirada se me desvía hacia la pasarela turística por la que Cesc avanza con la cámara encendida.
Se ha distanciado para grabar planos generales que «luego intercalará con mis monólogos», o eso ha jurado.
En cuanto a Yasen, ha terminado de programar el dron que nos facilitará la vista aérea, la más impresionante de las perspectivas de las salinas.
Lo conduce él mismo con el mando ante la ilusionada supervisión de Karen.
La norteamericana forcejea con el gigante de lucha canaria para que se lo deje.
— I’ll do it just fine, come on! —me parece escuchar.
Aunque pretendía cortar la conversación con Candela y distraerme contemplando el horizonte, no puedo evitar que me pique la curiosidad y termino dejando caer:
—Espero que a Cesc también lo emboscaras al respecto, no solo a mí.
—Eso que lo sepas —confirma con una sonrisa orgullosa—. Cierra los ojos.
Obedezco obedientemente con los nervios dándome vueltas en el estómago como un pez de colores. Candela permanece en silencio en tanto que aplica la pintura.
Para ella, la conversación ha terminado.
Para mí no ha hecho más que empezar.
—¿Qué le preguntaste? —acabo diciendo rápido, como si así fuera a notarse menos que me interesa—. ¿Qué te contó?
—Nada grave, no te preocupes. Solo mencionó que os habíais dado cuatro besos tontos en el avión de ida a Madrid, eso es todo. No tenía ninguna importancia.
Cuatro besos tontos. Eso es todo. Ninguna importancia.
—¿Fueron sus palabras textuales?
—Sip —responde con naturalidad. De pronto detiene la aplicación del colorete y retira la suave brocha. Espera a que abra los ojos y me mira alarmada—. Un momento. La he cagado, ¿no? He dicho algo que no debería.
La apaciguo con una sonrisa que sospecho que parece más bien una mueca de horror.
—Es él quien dijo algo que no debió. Me parece de lujo que se sienta cómodo compartiendo los detalles de la suya, pero lo que pase en mi vida privada no es asunto de nadie, y ni mucho menos de la gente de mi equipo de grabación.
—Puedes fiarte de mí, ¿eh? —Se pone la mano en el pecho—. Soy una tumba.
Sí, ya se ve. Por eso me has largado a la primera pregunta lo que Cesc va diciendo por ahí.
—Descuida, no es por ti. Ya sabes a lo que me dedico.
Por mi trabajo me conviene proteger mi vida personal.
En fin, no sé de qué me extraño —río sin energía—.
Conociendo la sensibilidad de los hombres, o mejor dicho la falta de ella, claro que no se le ocurriría pensar en cómo me sentaría que aireara los trapos sucios. Qué humillación.
Convendría puntualizar que no habría sido una humillación ni una gravísima afrenta si, en lugar de referirse a lo acontecido como Cuatro Besos Tontos, La Película , hubiese descrito nuestra presentación como un romántico flechazo al que aún no se ha sobrepuesto.
También me habría parecido correcto que lo hubiese titulado El primer día del resto de su vida.
Pero no. Cuatro-besos-tontos y eso es todo por hoy, chicos .
A lo mejor mañana son cinco o no es ninguno; poco importa, porque esta anécdota está al mismo nivel que el día que salí del cine y me topé con que estaba lloviendo.
«No seas dramática», me regaño. «Es verdad que fueron unos besos y nada más».
Ya. Pero no fueron solo cuatro, y tampoco fueron tontos, porque las tonterías hacen gracia y yo no me estaba partiendo el culo.
Yo estaba imaginándome que bajábamos del avión con los dedos entrelazados y, sin soltarnos ni las manos ni los morros, tomábamos otro vuelo a Las Vegas vestidos de Marilyn Monroe y Elvis Presley.