¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

En algunos de los vídeos en los que aparece hablando de la fauna marina, Fayna parece sufrir la revelación de los santos.

La posee una suerte de visión mágica. El entusiasmo por lo que describe, la protección y salvación de las especies, el fin de la guerra entre el hombre y el ecosistema; todo eso la transforma en otra persona porque es capaz de ver lo que quiere con claridad cristalina, y de ahí que su mirada febril apunte a un lugar al que yo no llego.

Es capaz de materializarlo aunque sea en su imaginación, y dicen que, si puedes imaginarlo, puedes hacerlo.

A lo mejor lo conseguirá o lo está consiguiendo ya y yo solo soy un cínico contaminado por los aires de la ciudad.

Como alertada por el curso de mis pensamientos, Fayna me mira de perfil. El atardecer se le ha derramado sobre los hombros, pintándola de rojo. Yo lo veo y mi cámara también.

—Creo que ya es suficiente.

Nadie se opone. Ni siquiera Juan.

Para hacerle ver que me conmueve su sacrificio por amor al arte, apago la cámara, me la cuelgo y me acerco a tenderle una mano.

Ella pone un pie en el estribo y el otro se queda suspendido en el aire en lo que tarda en aceptar no mi brazo, sino el apoyo de mis hombros.

Tiene tanta prisa por bajarse de su atracción de terror que resbala.

Yo soy su único punto de apoyo, así que se resigna a abrazarme con la cara contraída en una mueca de circunstancia.

Le hago saber con una tenue sonrisa que no pasa nada, que la tengo, porque es verdad, la tengo: la rodeo por la cintura y la bajo muy despacio hasta que sus pies tocan el suelo.

—No ha estado tan mal, ¿no? —le pregunto en voz baja, aprovechándome de la cercanía.

—Una de las razones por las que nunca monté es que me da terror. Ahora mismo me tiemblan tanto las piernas que no me sostengo en pie.

—Estupendo. Así podrás comparar.

—¿El qué?

—Medios de transporte. A ver qué es mejor, si montar en camello o que un mero mortal te lleve en brazos.

Sin darle opción a réplica, me agacho y la cargo como a las novias para cruzar el umbral del dormitorio —¿qué me pasa con las comparaciones románticas?—: un brazo la sostiene por la baja espalda, otro por debajo de las rodillas.

Fayna se prepara para, supongo, pedirme que la baje de inmediato, pero antes de que abra la boca ya sé por su mirada serena que no me va a regañar.

—Ya te dije que es un dromedario.

—Tú lo sabes mejor que yo —suspiro, risueño—. Eres @lafaynasilvestre, al final. Lo tuyo es la fauna, ¿no?

—Desde luego. Empezando por ti, que estás hecho un zorro.

Suelto una carcajada en el camino hacia nuestras mochilas.

—Tú sí que estás hecha unos zorros, con esos pelos y esa palidez. No te sienta bien el aire volcánico, Cotufas.

—¿Y qué me va a recomendar el doctor para desintoxicarme? ¿Que me mude a Baleares a respirar el aire ibicenco, a lo mejor?

—No es por barrer para casa, pero allí se está muy bien. Creo que ya lo has notado.

«Conque seguimos corriendo riesgos, ¿eh?

». Eso debería transmitirme Fayna con una ceja enarcada, con unos ojos en blanco, con una mueca de hastío o con una hostia de revés, qué importa.

Pero lo único que hace es lo único que tiene que hacer para que yo me sienta orgulloso de mis atrevimientos y planee estratégicamente cuándo y cómo acontecerá el siguiente: me mira, me mira, me mira.

Tiene los ojos grandes y almendrados, tal y como me imagino los de una princesa árabe, con más pestañas en las comisuras exteriores...

o a lo mejor solo se pinta esas para intensificar el trazo rasgado de la línea de maquillaje egipcia.

Esa línea de maquillaje parece haberse fusionado con ella, parece haber nacido ya en ella. Le acentúa el carácter.

Nunca sabré lo que iba a decirme. Karen y Cancán regresan con las piernas también temblorosas, diría que del entusiasmo, y haciendo aspavientos para advertir de su llegada triunfal.

— That was the best thing I’ve ever done in my life! Oh, fuck Javier for not bringing me here before!

Bajo a Fayna al suelo antes de que me lo pida. No tengo la menor sensación de haber hecho algo inadecuado y sospecho que ella tampoco, porque se arregla la pashmina antes de que se le deslice por los hombros sonriendo con exasperación hacia Karen.

Para sorpresa de todos —se supone que los norteamericanos no son dados a las muestras de afecto—, la californiana se arroja a los brazos de Fayna y la estruja con verdadera pasión.

— Thank you! Thank you so much for this opportunity! I’ve never been happier!

La estrella sonríe con la mejilla aplastada contra los pechos operados de la mujer, quien mide al menos un metro ochenta y cinco con los tacones.

— No problem , Karen. But you should definitely learn some Spanish in return.

—Absolutely! —Pausa pensativa—. ¡ Ariós , Funsionario! ¡My plaser!

Cancán arranca a reírse, yo más de lo mismo; Fayna, contagiada al fin de la ilusión juvenil que la norteamericana exuda por cada poro, se concede una carcajada sincera. Yasen se había perdido en la infinidad del parque, pero aparece justo a tiempo con el móvil en la mano para unirse a la diversión.

Yo creo que ha sido un buen día de grabación, la verdad.

Casi no puedo esperar al siguiente.