Capítulo 10 #2
No deja de asombrarme, aun así, que sea Fayna quien se resigne a su falta de conciencia —social y de todo tipo— y le pase por alto las travesuras.
Si es que lo de los géiseres cuenta como travesura.
— Stop moving or you’ll fall —se limita a decirle—. Be careful, okay?
— Yeah! Let’s gooooooooo!
Fayna se muerde el labio inferior para no soltar una carcajada y observa, no sin impotencia, que las dos chicas del equipo emprenden la marcha.
—Bueno, ¿y tú qué, muchacha? —la interpela Juan—. ¿No quieres a Ernesto? ¿Le vas a hacer el feo?
—¿Perdona?
—Son diez minutos de ruta y es un animal acostumbrado a cargar peso. No se morirá.
—¡Venga! —la animo con la cámara sobre el hombro—. Te grabo encima del camello contando sus características biológicas y por qué montarlos es un abuso de poder imperdonable. Lo pondremos en el documental.
—¿No ves la ironía que encerraría algo así? Y no es un camello. Tiene una sola joroba. Es un dromedario.
—Decídete, mi niña, que no tengo todo el día —la apremia Juan.
Menos mal que no me apuesto ni diez euros ni mucho menos la vida a que Fayna le hace un corte de mangas. Los habría perdido de un modo absurdo, porque gira sobre los talones y apunta al cansado dueño con el dedo.
—Te pago cincuenta euros por tres minutos de paseo a cambio de que concluyas la jornada en cuanto me baje. Y con concluir la jornada me refiero a los cuatro; a ellos y a ti.
—Hecho.
Juan y Fayna se estrechan la mano para sellar el trato. No sé hasta qué punto le sale eso rentable a ella, pero mi forma de ver los negocios difiere tanto de los principios que mueven a la estrella que sería mejor no entrar ahí.
Me aseguro de que la cámara está grabando cuando Juan, sosteniéndola aún, la ayuda a montar.
A saber qué es lo que pasa, si es que el animal ha olido un aroma perturbador en la piel de su jinete —que tan diferente debe oler de un turista alemán por eso del signo de fuego— o está hasta los huevos de dar vueltas, pero se encabrita en cuanto Fayna agarra las riendas y sacude la cabeza con nerviosismo.
—¿Qué le pasa? —pregunta ella, preocupada—. ¿Está bien? ¿Le hice daño?
—Se habrá enterado de que pretendes comprar su tiempo libre y, como buen macho, se habrá ofendido —sugiero—. Los hombres no necesitan que las mujeres acudan en su rescate.
—O a lo mejor es que en el fondo le gusta pasear como los burros y le arruinaste la diversión —se une Juan a la lluvia de ideas.
—¿Ofenderá a los camellos que los comparen con un burro? —continúo con sorna—. Al final, sabemos que existen jerarquías en el mundo animal...
—Pues como en todos lados, muchacho —se lamenta Juan—. Como en todos lados.
El comentario cargado de hastío capta mi atención.
Me fijo en las pesadas bolsas violáceas bajo los ojos, inyectados en sangre por el aire cargado de partículas de arena y el calor; en la camisa sudada por las sobaqueras, el pecho y el vientre, que no habrá podido cambiarse en todo el día; en la pose derrotada de hombros hundidos hacia delante y nuca inflamada como el lomo de un toro.
Anoto mentalmente quedarme más tarde para entrevistarlo.
O venir otro día, mejor. Han comprado su merecido descanso y no pretendo interferir.
—¿Por qué no se tranquiliza? —gimotea Fayna. Se le han crispado los dedos alrededor de las riendas y ha tensado todo el cuerpo, como si así pudiera evitar la caída o hacerla menos dolorosa.
Aunque está asustada, se me escapa una risita malévola.
—Lo que es la vida, ¿eh? Tú defendiendo sus derechos a capa y espada y mira cómo te lo paga, el hijo de puta.
Sea por histeria o porque soy un puto patán, Fayna se echa a reír. Y resulta que la bestia comparte conmigo una debilidad, porque, alentado por el sonido hipnótico de su risa, deja de batallar, nervioso, y se endereza para continuar el camino.
Ella no le brinda la menor importancia. A lo mejor está tan acostumbrada a que la simpatía le abra puertas —las pocas veces que la usa— que ya ni le merece catalogar de milagro haber domado a un dromedario con su insólito carisma.
Se concentra en reprenderme lanzándome una mirada perdonavidas desde su montura, sobre la que se erige con la soberbia de un templario de Jerusalén.
—Mira que eres bobo.
El comentario hace que me dé un vuelco el corazón, y no porque tenga un fetiche sexual relacionado con las humillaciones, sino porque es bien sabido que cuando una mujer te llama bobo es porque está perdidamente enamorada de ti.
Yo no pongo las reglas. Solo me las gozo.
Con una sonrisa infestada de orgullo infantil, reacomodo la cámara sobre el hombro y la sigo de cerca con el ojo puesto en la ventanita lateral, donde se aprecia la calidad de la imagen.
La lente recoge todos los matices de color que estallan en un cielo ruborizado por su próxima cita con la luna.
Al fondo, en el horizonte alto por la inclinación del aparato —y por la estricta recomendación de John Ford, que advierte que es ahí y con el horizonte bajo como se obtienen planos interesantes —, los volcanes abrigados con el chal de las sombras describen parábolas.
En primera plana, a lomos del corcel bereber, brilla con luz propia la Fayna más silvestre que nunca, como una reina mora.
Con el chal de Karen sobre los hombros —se lo ha prestado en completo silencio para tratar de aplacarla, como si hiciera algún frío— y ondeando a la espalda igual que la capa de Saladino, nuestra libertadora se abre camino en las tierras que quiere que sean suyas y de nadie más.
Por eso estamos aquí. Para que ella pueda imponer sus derechos locales sobre los del turista.
Ya ha hecho las paces con la bestia, pero no sé si tanto consigo misma. Al final, se ha prestado a una actividad que choca frontalmente con sus principios.
Debe de ser jodido vivir con el compromiso de ser bueno con todo lo que respira.
Con su padre vale, lo acepto, es lo normal.
¿Consigo misma? Eso por descontado. Es un reto que todos vamos perfeccionando con el paso del tiempo.
Pero ¿también ha de serlo con la arena volcánica que pisa, con los animales domesticados, con las flores del asfalto, con los árboles que crecen a ambos lados de la carretera?
¿Con el aire y las aguas, límpidas, turbias o estancadas?
Si es que sería buena hasta con las estrellas si no le quedaran tan lejos.
Tanta responsabilidad ha de ser un agobio, y, cuando no, una ingenuidad no sé si adorable o preocupante.
Por el modo en que ha defendido la pureza de su documental y se encara con cualquiera que no proteja la vida con ahínco, diría que se cree con el don de convencer a todo el mundo para que las cosas le importen tanto como a ella.
De que su contribución aporta algo significativo y no es una lágrima en el mar.
Si eso no es ingenuo, es algo aún peor. Un autoengaño. Un delirio.
Pero a los que aún creen en algo —en lo que sea—, a los que persiguen un sueño: a todos esos les brilla en los ojos una luz divina.