¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cesc

Unos minutos más tarde, estamos recogiendo el equipo para trasponer al segundo destino en la ruta de Lanzarote cuando Karen atisba en la línea del horizonte las siluetas móviles de los dromedarios.

Señala las jorobas parcialmente ocultas por las posaderas y muslos de sus jinetes —turistas, imagino— y exclama:

— Oh! Are those camels? I’ve never seen one in person!

—Por Dios y por la Morenita, Karen, ni se te ocurra volver a salir corriendo —masculla Fayna con intención de advertir y también con una nota de pánico. Se la ve cansada cuando se echa el bolso al hombro y fulmina a la mujer de Javier con la mirada.

Está claro que a buen entendedor, pocas palabras bastan. No hay nada más elocuente que una entonación belicosa para que el interlocutor, inglés o indio, capte el mensaje.

Karen se dirige a Fayna con los ojos muy abiertos —ojos de auténtica muñeca, azules con pestañones como abanicos de guajira— y junta las manos en un rezo.

— Please! Please! Let me see them up close!

—¿Para qué? —exige saber Fayna con los brazos en jarras.

— I love horses. I think I might love camels as well.

Yasen y Cancán intercambian una mirada entre ellos cuyo significado descifro enseguida: «A mí me parece un razonamiento lógico».

—Podría quedar bien un plano de los animales en el documental, ¿verdad, Cesc? —sugiere el sonidista.

Para él no soy ni Sehs ni Séh, soy directamente hsé .

—¿En serio? —jadea Fayna, ofendida. Proyecta sobre Yasen toda su decepción, que no es poca—. ¿Quieres sacar en el documental, y para colmo en el episodio de tu isla, una trampa de turistas?

—Es que lo van a ver potenciales turistas de las islas. —Se encoge de hombros sin inmutarse por el reproche—. Mejor enseñar a los dromedarios que las calas secretas a las que vamos los conejeros.

— Yayyy! —exclama Karen con las palmas juntas.

Cuando le conviene, entiende el castellano a la perfección.

Y no tiene un pelo de tonta, porque antes de que a Fayna se le ocurra dinamitar la oportunidad con sus reparos animalistas, echa a andar —si corriera otra vez, creo que nuestra estrella vegana le dispararía en las rodillas— hacia el sendero por el que los propietarios orientan a sus bestias.

Cada jinete sostiene su propia rienda, pero los dueños aguantan otra bien enrollada en la mano por si acaso se descontrolaran.

Aunque yo nunca he visto un camello descontrolado.

—¿Tú también quieres acercarte? —le pregunta Fayna a Cancán, esperando encontrar en ella a una aliada.

Para su desgracia, no hay quien se crea el lapidario encogimiento de la maquilladora, un burdo gesto con el que pretende tanto dejar clara su posición —claro que quiere— como evitar que la despidan por no solidarizarse con los derechos de los mamíferos cuadrúpedos.

—Bueno... Ya que están ahí...

—¿Y tú qué, Cesc? ¿Tampoco te has topado con uno en tu vida?

—Oye, es un tanto despótico que quieras privar de las vistas a gente que no tiene la oportunidad de venir a Lanzarote cada vez que le pique, ¿no? Yo sí he visto camellos y también me he montado en uno, pero no me pesaría hacerlo otra vez.

Comprendo que he pronunciado una palabra prohibida cuando Fayna pone los ojos como platos.

—¿Montar?

Defiendo mi presunto acto de terrorismo abarcando con un brazo la estampa sahariana de los turistas a lomos de sus dromedarios. Bajo las cálidas luces del atardecer podrían pasar por babuinos que han emprendido un viaje épico a través del desierto.

—Esos están montados, ¿no?

—No pretenderán ustedes hacer lo mismo, ¿verdad?

Fayna alterna una mirada entre Cancán.

A sus ojos nos hemos convertido en criminales de guerra buscados por la Interpol.

Los animales y sus jinetes temporales ya se han incorporado a la vía de tierra en la que nos erguimos Fayna, que no cabe en su indignación, y yo, que, por la parte que me toca, estoy bastante tranquilo con mi conciencia.

Saco la cámara de la funda como quien no quiere la cosa.

—Por si acaso se pudiera convencer a Hitler de incluir algunos fotogramas —me justifico ante el vistazo interrogante de Cancán.

—¿Me acabas de llamar Hitler? —jadea Fayna.

—No es una comparación absurda o exagerada. Hitler también era un déspota que adoraba a los perros.

Compruebo que la batería todavía sobrevivirá a un par de horas de grabación.

Me la echo al hombro y amplío el zoom para enfocar el ceño fruncido de la estrella, el que es su estado natural.

Ella aprieta los puños y, sin darse cuenta de que está quedando inmortalizada como la señorita Rottenmeier de Canarias, sale en pos del equipo.

A estas alturas, Yasen se ha situado a un prudente metro de distancia de las bestias con las manos en los bolsillos, Cancán va por detrás con los ojos iluminados de curiosidad, y Karen...

Karen, para no variar, ha decidido complicarse la vida caminando de frente a los animales, y esto es, retrocediendo sin ver a dónde va.

— How much is it?

— Eleven euros —contesta uno de los propietarios con la abulia de andar repitiendo siempre lo mismo.

— Oh, that’s cheap! I want a ride!

— Me too! —exclama Cancán.

—Tienen que estar de coña —masculla Fayna, perpleja—.

Esas criaturas llevan solo Dios sabe cuántas horas cargando entre cincuenta y cien kilos de peso.

Qué digo cargando; ¡arrastrando de un lado a otro sin ningún otro propósito que entretener!

¡Y bajo un sol cegador! A saber cuándo fue la última vez que les dieron de comer y de beber...

—Hace quince minutos, mi niña —responde al que llamaremos Once Euros: robusto como un barril de cerveza y canario de pura cepa.

Como ya se ha visto, no tiene el horno para bollos—.

Beben entre paseos y comen siempre que tienen hambre.

No sé los dromedarios de otros dueños, pero Macarrones, Ernesto y Funcionario cuentan con su propio veterinario y no echan más horas que yo.

Como coreografiados, Cancán, Yasen y un servidor dirigimos una mirada expectante a Fayna. Cabe esperar que asienta, más tranquila, y lo deje ser, aunque solo sea porque es un hombre que se gana la vida de forma honrada y uno no debe cuestionar cómo nadie trae pan a la mesa.

Error .

—Sigues tratando al animal como una atracción turística y no como un ser vivo. Es antiético. Deberían estar en reservas o santuarios.

—Y tú deberías estarte calladita, que me vas a espantar a los clientes con tu insolencia —le responde Once Euros sin dudar y sin ninguna intención de armar bronca—. ¿Quieren subir o no? Estos —señala a los jinetes con un pulgar— ya acabaron.

Karen está decidida a vulnerar los derechos de las criaturas. Ni siquiera puede esperar a que el alemán de cara rubicunda desmonte; si no lo agarra del tobillo y lo baja de un sacudón como en un violento episodio de Tom & Jerry , es porque todavía tiene educación.

Resulta entre sonrojante y entrañable ver a una señora de cuarenta y cinco años dando saltitos de ilusión por un paseo de diez minutos en dromedario.

Bueno, obviemos lo de cuarenta y cinco años. De edad indefinida , pongamos. Estoy dispuesto a concederle a cualquier víctima del ácido hialurónico los años que quiera tener. Es gente que entra al quirófano por deporte: hay que respetarla, y, cuando no, temerla .

Por otra parte, y cobrando a euro el minuto, la verdad es que es un chollazo para quien se mete la pasta en el bolsillo.

—Tú también —se lamenta Fayna viendo que Cancán se deja ayudar a escalar la joroba del que se ha quedado libre primero.

Es Yasen quien la toma de la mano y espera a que suba, paciente y caballeroso como un príncipe saudí.

Si un príncipe saudí fuera otaku—. Van a contribuir a la explotación de animales que no solo son usados para fomentar el turismo de masas, sino que para colmo se llaman Macarrones.

—Ernesto y Funcionario —añade Once Euros con una soberbia graciosísima.

Huelga decir que me estoy asegurando de grabarlo. No ya para introducirlo en el documental, pues ha quedado claro que la diversión está prohibida, sino por satisfacción personal.

—Hay que joderse —bufa Fayna.

—La verdad es que yo no los habría llamado así, pero tampoco puedo jurar que les hubiera puesto un nombre más original o interesante —confieso—. De seguro habría acabado bautizándolos como Ali Babá, Mahoma o simplemente Rey de Marruecos.

—Estoy segura de que eso es racista —señala Fayna.

—Para ti todo es racista.

—No todo. También puede ser un cliché, lo cual da la misma pena —contraataca.

—Pues Rey de Marruecos suena cojonudo —me concede Once Euros con un asentimiento orgulloso.

Tras la muestra de apoyo, me siento culpable por estar refiriéndome a él como Once Euros —solo en mi mente, todo hay que decirlo— y le pregunto su nombre.

Resulta que se llama Juan.

Está claro que se ha vengado de la falta de creatividad de sus padres esforzándose para que sus bichos pasen a la historia como Los Dromedarios Mejor Llamados del Mundo.

— This is amazing! —aúlla Karen, que, guiada por el entusiasmo, da pataditas a los costados del animal.

No parece que le moleste. Quien ahora sé que es Funcionario mantiene la cabeza erguida y la mirada desenfocada en un punto del infinito—.

I love it. I feel like Lawrence of Arabia!

Fayna, you must ride one of these things!

You’d be like a blonde and hippie version of Rachel Weisz in The Mummy!

Divertido por la cantidad de insultos velados que ha logrado insertar en un comentario inocente, busco con la mirada a Fayna.

Esperaba descubrirla en plena llamada con Javier solicitando permiso para matar a su esposa, pero, para mi sorpresa, la está mirando con una mezcla de exasperación y dulzura que me descoloca.

Cruzada de brazos con los pies en tierra, menea la cabeza.

Ha aprendido la primera que Karen no tiene remedio y que hay que quererla tal y como es, conclusión a la que cualquiera con sesera llegaría después de cinco minutos escuchándola hablar como si viviera no ya en otro mundo, sino en otra galaxia.