Capítulo 9 #2
—El ridículo lo hace Karen, Cotufas, no tú.
Y apuesto a que firmaría un contrato de cesión de derechos de imagen.
Me ha contado en el viaje que antes era modelo y grabó una película como extra con Antonio Banderas.
Ahora que lo pienso, me lo ha contado seis o siete veces en el transcurso del día —medito con humor.
Esta Karen ...—. Me juego lo que sea a que le haría ilusión participar en el documental.
—Tú lo dijiste, mi niño. Documental. Es un do-cu-men-tal, no una película de Antonio Banderas. Creo que lo estás olvidando, o, peor, que malinterpretaste la intención detrás del proyecto. No vamos a dar testimonio de mis machangadas, las tuyas o las de Karen, sino de la naturaleza.
—Lo sé —contesto en tono conciliador. Está de los nervios por lo que acaba de ocurrir.
Tengo que ser comprensivo y paciente—. Y todo lo que has contado es muy interesante, Fayna.
Pero la atención de la gente en estos tiempos, especialmente de los adolescentes y veinteañeros, se ha visto muy afectada por la duración de los tiktoks, la proliferación de las miniseries, el binge watching ...
—Haz el favor de hablar en español —se exaspera.
—Sería contraproducente no alternar los datos puros y duros con algo de interés humano, ¿me explico? Piensa en las series de médicos: se describe un caso clínico y luego un par de enfermeros se lo montan en una litera de la sala de descanso. Lo mejor de ambos mundos.
Ella me atiende con mucha atención. Demasiada .
Debería haber sospechado de su gesto de asentir varias veces con una vaga sonrisa.
—¿Con quién debería montármelo yo para que a nadie se le atragante la compleja leyenda del Diablo de Timanfaya? —pregunta con genuina curiosidad—. ¿Con Candela? ¿Contigo? ¿Con algún turista? En serio, dime, por favor. Me tienes en ascuas.
Pongo los ojos en blanco.
—No te lo tomes en el sentido literal.
—Si quieres me lo tomo como me está pidiendo el cuerpo, que es fatal.
—Venga ya, Fayna —suspiro, cansado. Dejo caer las manos sobre los muslos—. No puedes pensar en serio que la gente va a ver esto porque le importe una mierda el medioambiente.
Pésima elección de palabras. La expresión de Fayna, de por sí torcida en una mueca de contrariedad por el dolor de la mano y rabia hacia mi insistencia, termina de ensombrecerse.
—¿Por qué crees tú que lo van a ver, Cesc? Ilumíname.
Es mi oportunidad de arreglarlo. Si le suelto un «por tu cara bonita» —que sería una verdad como la copa de un pino—, me suelta un bofetón que me deja las orejas bimbando.
Si reconozco que no lo sé, que me parece un proyecto encomiable pero no particularmente rentable, de esos que sobreviven gracias a la financiación del estado y a que National Geographic lo reproduzca en bucle para cubrir la programación, me retrato como lo que ella ha pensado que soy desde el principio: la persona equivocada para acompañarla en esta aventura.
La miro a los ojos como la miré en el avión, con total franqueza.
—Creo que en un primer momento les moverá la curiosidad. Es novedoso y original. Un producto que carece de igual dentro de BNA y de la competencia. Pero que se queden para el segundo episodio dependerá de ti y de lo que hagas con la atención que sin duda captarás inicialmente.
—Y en tu opinión tengo que hacerlo poniéndome dos cocos en las tetas y bailando al son de un tema marchoso de las K-Narias, ¿no? Canarias son, traigo salsa con reguetón.
—Fayna...
—A lo mejor piensas que debería calzarme unos pantaloncitos más cortos, bañarme desnuda en el mar delante de la cámara...
Con el pecho descubierto no, porque eso no tendría clase y seguro que un director con tu experiencia prefiere insinuar a mostrar, pero quizá el gesto de quitarme la parte de arriba de espaldas al espectador tuviera el suficiente interés cinematográfico para que continuaran la serie. O para que se hicieran una paja.
—Yo no he dicho eso —advierto manteniendo el tipo.
Ella misma sabe que no, no he hecho eso, así que no replica y abandona la pose defensiva.
Aparta la vista hacia el espectáculo volcánico que se extiende al otro lado del mirador.
Permanece en esa postura en silencio, una que me invita a apreciar las líneas marcadas, incluso masculinas, de su mandíbula y pómulos, la tensión del cuello girado para castigarme con su indiferencia o suscitar mi compasión con su aire nostálgico.
El viento le atiza la melena multiforma, como he decidido llamarla.
El mechón más listo y cariñoso de todos se pega a su mejilla todavía ondulando en el aire, como la cola de un gato mimoso se enrosca al tobillo de su dueño.
Asumiendo que no se ha dado cuenta, perdida como está en sus pensamientos, se lo coloco detrás de la oreja.
Esto la despierta del trance y vuelve a mirarme.
—Piensas que va a ser un fracaso —afirma con resignación.
—Pienso —la corrijo con tiento— que el guion se puede pulir, y que deberías mostrarte algo más receptiva a las sugerencias del equipo.
Al final se va a hacer lo que tú digas, Cotufas.
Recuerda que esto es una dictadura. La República Faynera —señalo con humor—.
Pero no te haría mal valorar las percepciones de los que tenemos experiencia en el sector.
Fayna entrecierra los ojos para medirme con la mirada.
—No termino de decidir si estás siendo manipulador y condescendiente o yo fui una bruja.
—Si quieres lo echamos a piedra, papel o tijera.
Ella se lleva la mano a la espalda al mismo tiempo que yo. Contamos hasta tres en silencio, para nuestros adentros, y la sacamos a la vez: Fayna hace el signo de las tijeras con los dedos índice y corazón, y yo, por desgracia, extiendo la mano estirada.
—Entonces, por el poder que nos ha sido otorgado a través del juego infantil más popular del patio de recreo, se decreta que he sido manipulador y condescendiente —acepto con un suspiro, la palma ahora en el pecho—. Lo siento.
Fayna no puede evitar sonreír.
—Chiquito bobo —murmura para sí misma. Suena más canaria que nunca cuando pronuncia alguno de sus modismos—. ¿Sabes? Me habría gustado gritarte un rato más, pero eres un notas muy fácil de llevar.
—¿A la cama? Depende de quién lo proponga.
Su sonrisa se convierte en una carcajada que se obliga a sofocar enseguida. El cambio de expresión es tan radical, de lo risueño a lo severo, que tengo que morderme el labio para no reírme porque de verdad piense que cometemos un delito por gustarnos.
Abre la boca para decir algo que ya sé —«No te pases ni un pelo, listillo»—, pero o se le olvida o encuentra algo en mi cara que la convence de que sería una pérdida de tiempo.
Es su mirada directa, entre vulnerable y alarmada —o alarmada porque es vulnerable—, lo que me hace consciente de pronto de que estoy arrodillado ante ella como si fuera a pedirle matrimonio.
El viento ha dejado de luchar contra la selva de su pelo, que ahora reposa sobre la espalda sin interrumpir la línea de sus hombros.
Sobre el lienzo rojizo del paisaje rocoso, sus ojos parecen más escarlata que castaños, como yesca prendida.
Fayna ladea la cabeza, reflexiva, y alarga el brazo hacia mí.
El corazón me brinca y vacilo antes de actuar.
Sé que ahora no me está permitido retroceder y que cometiendo la osadía de pronunciar media palabra, sea en plan gallito o sea en plan romántico, sacrificaré su caricia.
Menos mal que me callo, porque solo mi mansedumbre la anima a posar la mano sobre mi cabeza —ahora soy un vasallo, un perro o los dos; el perro de su señorío , como canta Carolina Durante— y deslizarla por la nuca muy despacio.
Si tuviera el descaro que yo mismo exhibo a veces cuando estoy nervioso, Fayna sonreiría y diría: tú no eres el único que puede hacer algo que descoloca al otro, yo también puedo jugar a este juego.
Pero no tiene ese descaro.
Ella es como es, hace lo que siente, y me dice como si tal cosa:
—Me gusta el tacto del rapado.
Se incorpora sin esperar a que haya encontrado una respuesta apropiada. Tampoco se me habría ocurrido. La inapropiada sí, claro, pero no me ha levantado el veto todavía y por eso no me muevo en lo que tarda en rodearme.
Si no, le habría dicho que a mí me gusta el tacto de sus labios.
—Gracias por las sugerencias —me dice ya de espaldas en tono informal—, pero como esto no es una comedia romántica, el episodio se editará como estaba concebido en su origen.
—Sí, me lo figuraba —contesto en voz baja.
Igual que me figuro que no está hablando solo del documental.