Capítulo 9
Cesc
Todavía estupefacto por el dramático giro de los acontecimientos, observo, cámara en mano, la airada estampida de Fayna en una dirección que solo conoce ella.
Busco a Yasen con la mirada. Sosteniendo el móvil en alto con la cámara abierta, me hace saber que ha grabado el acontecimiento.
Sin que tenga que pedirlo, se ofrece a mostrármelo.
Se me levantan las cejas solas al ver que tiene de fondo de pantalla a una exuberante chica en biquini. Aunque se trate de una foto casera —por la falta de calidad de la imagen, sobre todo—, no me cabe duda de que pertenece a una modelo o alguna creadora de contenido de OnlyFans.
Supongo que habría sido mucho pedir no trabajar con un pajero.
Nada más compruebo en el vídeo de Yasen que Fayna ha salido herida —se percibe en su reacción: aparta la mano a modo de autopreservación y se la agarra como acto reflejo—, vuelvo a buscarla entre la hilera de turistas.
La localizo bajando por un caminillo de grava que parece conducir a uno de los miradores naturales del parque.
Primero troto hacia la montañita de mis pertenencias para guardar la cámara, mi tesoro —léase con la voz de Gollum—, en su funda.
Luego agarro la mochila. Sigo la estampa polvorienta de sus huellas hasta alcanzarla en su improvisado rincón de pensar.
Ha tomado asiento en una piedra para examinar de cerca la gravedad de la lesión, que ya a un metro de distancia se intuye preocupante.
—Deja —le pido mientras me descuelgo el macuto.
Ella me lanza una mirada rápida para asegurarse de que soy yo, y aunque no se opone, me transmite que no le hace ninguna gracia que perturben su minuto de autocompasión.
Una vez armado con el kit de primeros auxilios, lo sacudo en alto para advertirla de que no pretendo molestar—.
Vengo preparado para toda clase de eventualidades.
Fayna permanece apoltronada en su silencio en el rato que tardo en arrodillarme ante ella, diagnosticar una quemadura de segundo grado y actuar según el procedimiento. La enfrío con un chorro de agua fresca de la cantimplora y la limpio utilizando las yemas de los pulgares con jabón neutro.
La oigo aspirar entre dientes.
—Yo creo que sobrevivirás —comento de buen talante—. Eras signo de fuego, ¿no?
No sé si me lanza un vistacito perdonavidas porque no es el momento de bromear o porque he cometido la insensatez de referenciar nuestro Encuentro Prohibido.
En cualquier caso, acepto su reprimenda guardando silencio y saco la vaselina y la gasa estéril antiadherente del kit. Mi pequeña farmacia la deja sorprendida, e impelida por la obligación de mostrarse agradecida —o al menos cordial—, acaba sacando tema de conversación.
—¿En otra vida fuiste médico o qué?
—En otra vida iba a ser empresario, pero me aborté antes de que eso ocurriera.
—¿Entonces?
—Tengo una hermana a la que de pequeña le encantaban las aventuras. Como mis padres nunca estaban en casa, me tocaba a mí hacerme cargo de sus rodillas y codos raspados, de las heridas en la barbilla cuando se tropezaba y se caía de boca... Ya sabes. Lo típico.
—No sé lo que es típico. Soy hija única. Mis padres aguantaron juntos lo justo para engendrarme. ¿Y no te habría sido más fácil llevarla al hospital? Cuando se cayó de boca, digo.
—¿Te has apresurado a agregar eso para que no se me ocurra indagar en tus constelaciones familiares?
—Sí.
Su cruda sinceridad me arranca una carcajada.
—Pues no voy a negarte que me susciten una curiosidad tremenda.
—Haberlo mirado en internet.
—Descuida. Me he recorrido su TikTok de pe a pa, primero porque mi hermana Laia te sigue y no ha parado de darme la tabarra con tus vídeos, luego por razones profesionales y al final por interés propio —insinúo con relativa caballerosidad.
Este interés que digo es muy distinto y al mismo tiempo parecido al que Yasen puede sentir por sus exhibicionistas de OnlyFans.
Ambos resumiríamos dicho interés como el humilde deseo de deleitarnos con placeres visuales; en mi caso, la cara, el acento y los movimientos de Fayna coordinados en un vídeo vertical en primer plano.
Pero no tengo por qué contárselo.
—¿Y llegaste a alguna conclusión? —inquiere con aparente indiferencia.
—Me da la sensación de que nunca jamás en la vida has mencionado a tus padres.
—Es que nunca jamás en la vida he mencionado a mis padres —confirma sin apartar la vista de su mano enferma.
—Sabes que hay quien se atreve a arrojar teorías al respecto en la red, la mayoría muy poco halagüeñas y carentes de toda compasión, ¿no?
Fayna me mide con una mirada recelosa.
—Y tú no eres mejor que quienes las escriben, sea con simple curiosidad o con mala baba, porque al final las leíste.
—Algo tenía que hacer mientras me ignorabas por el grupo de «Guapa, lista y documentalista», emoji de cámara, emoji de uñas pintadas, emoji de hada.
—Ella reprime una sonrisa divertida con mi exasperada enumeración.
Eso me da la valentía de ahondar—. Que conste que estoy en desacuerdo con que la gente se sienta en el derecho de decir lo que le salga de las pelotas con total impunidad.
—Incluso si gracias a ese mencionado derecho que fomentaron las redes sociales, como todo lo malo, pudiste «enterarte» —hace las comillas con los dedos que no huelen a parrilla— de que mi madre está muerta y mi padre es un convicto.
— Presumably —apostillo—, como diría Karen.
— Presuntamente —me corrige— como diría el titular de una noticia sobre un delito en el que todas las pruebas apuntan a que el «presunto» es, en efecto, el culpable. O como decimos los que hablamos en castellano, a secas.
—Pues cualquiera diría que no se equivocan, o de lo contrario habrías salido a desmentir las habladurías al toque.
Al menos yo no me pensaría dos veces lo de grabar un vídeo defendiendo el honor de Laia y, de paso, pidiéndole a la peña que se metiera en sus asuntos.
Y si no tienen asuntos propios, que se los inventen, como hacemos todos los que nacimos con superdotación creativa.
—Superdotación creativa —repite ella en tono burlón, pero no despectivo.
—Sea como sea, ni se me ha pasado ni se me pasará por la cabeza juzgarte si eso resultara ser cierto. Mis padres no están muertos, pero como si lo estuvieran. Tampoco han ido a la cárcel, pero no me extrañaría ni me apenaría que los imputaran por delitos de cuello blanco.
No sé por qué he dicho eso, pero bueno, ahí va.
Fayna alza la vista hacia mí, esforzándose lo indecible por moderar su curiosidad.
Dudo que para ella sea un delito demostrar interés. Si tuviera que apostar, diría que rehúsa ahondar en mis dramas familiares porque cree que yo le retribuiré el favor no interrogándola a propósito de los suyos.
—Eres un portento de elocuencia, mi niño. Cómo saltamos de tema en tema. De tu hermana cayéndose de boca a tus padres y sus delitos de cuello blanco.
Por supuesto que voy a retribuirle el favor, por cierto.
Para muestra, un botón.
—Me habrías preguntado por qué no la llevaba al hospital, ¿no? Qué exageración. Laia llegaba con raspones como mucho, y siempre le han aterrado los médicos, ahora más que nunca. Además, yo tenía tiritas de unicornios y princesas. —Me enderezo con orgullo fraternal—. Eso me hacía superior.
—Yo le digo curita.
Ladeo la cabeza, sintiéndome atraído por la sonrisilla serena que esboza para su coleto.
Esa sonrisilla-trampa que, más que un gesto de invitación o una expresión de calidez, es el doble blindaje tras el que se oculta.
Es la sonrisa contenida que le vi cuando le presentaron a Yasen, a Karen y a Cancán, y es la sonrisa que nos ha estado regalando a lo largo del rodaje; sonrisa que dice «estoy aquí... , pero no del todo».
—¿Cómo?
—A las tiritas. Aquí algunos les decimos también «curitas» por la influencia venezolana.
—O por Aventura. Y hoy mi corazón de este mundo loco no encuentra salida —canturreo— , y tú tienes la curita de mi herida.
— Ven, que estoy sangrando —me sigue el juego con los coros.
Su modesta sonrisa se ensancha levemente, y por fin aprecio un atisbo de honestidad.
Aleluya .
—Mi abuela le llamaba pegat de pegatina. A las tiritas, digo.
Espero una respuesta que no llega y que en el fondo no hace falta. Ya se ha serenado lo suficiente para tolerar mi presencia y la suya, porque de seguro no se aguanta ni a sí misma por haber tenido una reacción emocional a un incidente fácilmente evitable.
Es algo que le habría pasado a cualquiera, pero me da la sensación de que ella intenta no ser cualquiera. Intenta estar a la altura de las circunstancias. Intenta no molestar. Intenta no tener que pedir ayuda bajo ningún concepto.
Es curiosa su vara de medir. E injusta. Está dispuesta a ser condescendiente en el mejor de los sentidos con todo el mundo —hasta con Karen, a la que no habrá despedido— menos consigo misma.
—Oye, he estado pensando después de esta primera grabación —tanteo aprovechando que no le quedará otro remedio que escucharme.
Mientras, envuelvo la venda de gasa alrededor de su mano, que ella me ha prestado con la misma energía que una muerta— que podría ser interesante no hacer cortes y dejar mi voz en off .
Cancán y Yasen se reían con nuestros intercambios y es una forma de amenizar el exceso de información.
También me parece que Yasen ha grabado con el móvil la huida de Karen y tu salida detrás.
Si lo incluimos en la edición, quedaría más casero, con un toque cómico, y...
Dejo de hablar al ver que me está mirando con fijeza.
—¿Quieres que una plataforma con distribución mundial me vea hacer el ridículo?
—Ha tenido un poco de gracia, no lo niegues.
—No tuvo ninguna gracia. Ninguna. Estás viendo con tus propios ojos la poca gracia que tuvo, de hecho.