¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 8 #2
18%

Capítulo 8 #2

Karen, que además de no entender el español, tampoco entiende que se encuentra en un espacio seguro —a lo mejor piensa que seguimos en la Guerra Civil—, echa a correr hacia el punto del experimento.

Francamente asombrada por su habilidad para evitar montículos e irregularidades del terreno sobre sus sandalias de tacón, tardo en reaccionar.

A mí que no me jodan. Tiene que haber practicado para llevar a cabo una gesta semejante.

—¡Karen! —la llamo antes de salir en pos de ella.

Pero se ha abierto camino entre el grupo de asistentes con la botella de agua con gas en la mano y la pashmina con la que se había cubierto la cabeza en la otra.

El pasmo y el horror por lo que pueda hacer me frenan antes de internarme en el pasillo que los turistas le han abierto a la loca de los tacones de aguja.

Y sea lo que sea que hubiera pensado que sucedería, es aún peor: Karen abre la botella con un movimiento heroico, e ignorando los gritos del guía, la arroja por la tubería, en la que se produce un segundo estallido que escupe aún más vapor.

Y seguramente aún más caliente.

Aparto a brazadas a los curiosos que han empezado a grabar la escena.

Para cuando alcanzo a Karen, está utilizando su pashmina de cachemira para «apagar el fuego» —o a lo mejor avivarlo—.

No debe de ser consciente de la temperatura a la que está el vapor que sigue escupiendo el géiser, y en lugar de advertirla, evito que el humo hirviendo le haga una nueva cara —o le borre la que ya tiene— apartándola de un tirón.

Quiere la mala suerte que el tacón le falle en ese momento, se tambalee, haya un empujón y yo vea pasar la vida por delante de mis ojos en el segundo que la mano me sale disparada hacia el vapor con las consecuencias que eso conlleva: quemarme el dorso.

Recuerdo uno a uno a todos los ancestros de Karen, que para colmo dudo que fueran nativos americanos... si es que no la han fabricado en un laboratorio para demostrar que se puede llegar a la vida adulta teniendo las neuronas justas para no cagarse encima.

El guía turística evita que pise el géiser agarrándome del brazo, pero el daño ya está hecho: lo único que siento es que la mano me palpita en el proceso de fabricar ampollas que me harán llorar de dolor cada vez que las trate con bálsamo.

—¿Eres gilipollas o qué te pasa? —le grito a su cara de pasmo.

A pesar de que se trata de una mujer con unos dignos cuarenta y cinco años, y a pesar de que casi pierdo la mano por su culpa, me siento culpable enseguida. Karen me está mirando con los ojos muy abiertos y la barbilla temblando por la impresión.

No entenderá el español, pero el tonito de qué-coño-haces es universal.

—¿Estás bien? —me pregunta el guía, ceñudo—. ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde ha salido?

«De Mongolia, y no me refiero al país asiático», estoy a punto de espetar, pero me controlo porque en mi casa no se hacen esa clase de comentarios.

Creo que la última vez que me permití un chiste capacitista, tenía doce años y estaba obligada a mimetizarme con el humor adolescente para sobrevivir al instituto.

Hay que ver la cantidad de expresiones espantosas y ajenas a tus principios que te vienen a la cabeza en un momento de tensión.

—No sabe español y no se informó de lo que se hace aquí, pero es culpa mía, es mi responsabilidad —miento.

En todo caso, al ser Karen mi asistente, yo soy su responsabilidad, pero si empiezo a despotricar delante de este amable guía sobre el nepotismo de las grandes empresas, no acabo.

Él me mira como si hubiera perdido el juicio, y normal.

Solo hay un tipo de persona de cuarenta y cinco años a la que se le tiene que explicar con peras y manzanas lo que se puede ver en el Parque Natural de Timanfaya, pero ya hemos quedado en que no vamos a atribuirle deficiencias de ningún tipo a nadie solo porque yo vaya a convertirme en la nueva Cervantes, solo que en vez de La Manca de Lepanto seré La Manca de Timanfaya.

— Come with me —le ordeno a Karen sin mirarla— and stay right by my side at all times. Understood?

— Yes —responde, cabizbaja.

Por alguna razón, me siento poco menos que el diablo en persona por regañarla.

Supongo que he pasado tanto tiempo maternando adultos, adultos que para colmo me doblaban la edad, que me cuesta ver a los mayores de dieciocho que se conducen con total ingenuidad como algo distinto de niños grandes.

Vuelvo a suspirar para resistir el impulso de disculparme y rehago mis pasos agarrándome la muñeca. Miedo me da tocar el dorso, la única parte del cuerpo que creo que tengo viva ahora mismo.

— Do you mind if I wait here till they do another demonstration? —oigo que me pregunta—. I’d like to take a selfie.

Me detengo para cerrar los ojos y respirar hondo. Le respondo algo parecido a «haz lo que te salga del coño, pero intenta que no te maten», y en cuanto me he asegurado de que se va corriendo con una sonrisa ilusionada, saco el móvil del bolsillo y marco con la mano sana.

—¡Dime, Fayna! ¿Ya habéis grabado el primer episodio? —exclama Javier para hacerse oír por encima del barullo de la ciudad—. ¿Cómo va todo?

—Pues casi pierdo la mano gracias a Karen, gracias por preguntar.

—¿Cómo?

—¿Te lo digo en inglés? Your wife is a menace —deletreo—. I want her OUT .

—Fayna, por favor —suspira sin una pizca de paciencia—, no seas así. Seguro que no ha sido para tanto.

—¡Estuvo a punto de chamuscarse la cara! ¿Cómo reaccionarías si te devolviese a tu mujer como la puta muñeca calva de los Rugrats ?

—Se habrá dejado llevar por el entusiasmo, la pobre.

Podría haber seguido arrojando acusaciones muy legítimas, pero el pasmo me deja muda y parpadeando como si tuviera que sacarme una pestaña del ojo.

Un inesperado ramalazo de compasión me desvía la mirada hacia Karen, que, ajena a los riesgos que ha corrido, continúa deambulando entre los géiseres con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Por qué la tratas como si fuera un perrito travieso ante cuyas trastadas solo queda resignarse? Me estás tocando la moral, Javier.

—Tú también a mí, Fayna —responde. Juraría que es la primera vez que se pone serio desde que lo conozco, y eso me trenza de tensión—.

Llevas poniéndome pegas de todo género desde antes incluso de aceptar el proyecto.

Es el primer día de grabación, ¿y ya me llamas para vociferarme?

No, mi mujer no es un perrito travieso, por lo que no tienes por qué contactarme para reprocharme que haya sacado las patas del tiesto. Déjala ser.

«No puedo dejarla ser, pollaboba. Se supone que es mi asistente. ¡Se supone que debe facilitar las cosas o, como mínimo, no plantear inconvenientes!».

Una nueva punzada de dolor me desvía la atención a la quemadura. Levanto la mano mordiéndome la lengua y me la acerco a la cara. Irradiará calor durante un buen rato, y sospecho que, al haber chamuscado un par de capas de la piel, nunca se me regenerará hasta recuperar su estado original.

No le temo a las cicatrices o marcas, pero sí a los recordatorios innecesarios de situaciones tan ridículas como la que acaba de acontecer.

Le cuelgo a Javier sin contestar y me guardo el móvil en el bolsillo trasero del pantalón a falta de estrellarlo contra las rocas.

Levanto la vista para al menos ver por dónde voy y no joderme también el pie, y es entonces cuando descubro que Cesc se está acercando con la cámara encendida a cuestas.

Desde su posición no habrá visto gran cosa, y lo confirma que pregunte, confuso:

—¿Qué ha pasado? Me he despistado un momento para grabar un par de detalles.

En lugar de responderle, me sitúo en la trayectoria a la que apunta la lente del bicho y fuerzo una sonrisa. Debo de presentar un aspecto adorable con el pelo revuelto y el rostro sudoroso y pálido por el dolor.

Levanto la mano quemada, que a estas alturas da pena mirar.

—Y esto, artemaniacos, es lo que pasa cuando llenas tu ciudad de guiris —anuncio imitando el acento madrileño de Jordi Cruz, el bueno—. ¡No lo hagan en sus casas!

Una primera grabación cojonuda.

Can’t wait for the next one!