¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Fayna

El equipo demuestra ser increíblemente eficiente: en cuestión de quince minutos desde que iniciamos el recorrido, Cesc y Yasen ya han mostrado los permisos, han montado la mesa plegable con el ordenador, han preparado las cámaras y me han colocado el micrófono.

Ese ha sido el rato que ha necesitado Cancán para, exhibiendo una seriedad impropia de su carácter jovial, poner su habilidad al servicio de mis preferencias.

Al final nos decantamos por el maquillaje que homenajea el paisaje, que consiste en una base de maquillaje bronceadora, un labial marrón y sombra de ojos en tonos rojizos.

Se nota que estoy maquillada, pero nada que desconcierte o haga preguntarse al espectador por qué me he pegado una cara nueva para pasear por el desierto.

Aunque no es exactamente el desierto.

El Parque Natural de Timanfaya es la clase de espacio medioambiental protegido que uno se imagina cuando le dicen que en Canarias hay volcanes: la mayoría de zonas son rocosas y abundan antiguas e irregulares coladas de lava.

Caminamos por terrenos desiguales de grava áspera, veteados por grietas profundas y cráteres erosionados.

Mires a donde mires se atisban los conos volcánicos, que emergen de las laderas como una suerte de pirámides egipcias.

Exceptuando líquenes y algunos arbustos escuálidos, no hay vegetación que pueda frenar los vientos, que son como una lengua de fuego.

He oído a Karen farfullar this must be hell , supongo que porque la aspereza mineral del parque transmite una sensación inhóspita, pero me complace que sea la única que lo reduzca a lo obvio.

A Yasen le brillan los ojitos tras el cristal de las gafas contemplando los sobrecogedores parajes de su infancia, y Cesc se da el gusto de curiosear por ahí, encantado de la vida, con la excusa de grabar panorámicas.

Solo regresa a su puesto cuando Yasen se me acerca con el micro, que cambia de inmediato de manos para que sea el cámara quien me lo coloque en el tirante del top.

—Juraría que te estás atribuyendo competencias externas —señalo, rezando para que no se dé cuenta de que aguanto la respiración.

—En mi currículum ponía que soy competitivo. Si te lo hubieras leído, lo sabrías.

—¿Y pone también que eres un fresco?

Cesc me mira desde abajo —se ha inclinado para asegurarse de que el dispositivo no se mueve— con una expresión juguetona.

—No, pero eso lo has descubierto por tus propios medios, ¿a que sí?

—Se separa por un paso y valora con la mirada que el micro se camufla con la prenda.

Asiente, satisfecho, y se desplaza al rincón donde le esperaba la cámara para comenzar la grabación.

Ya me está apuntando cuando dice—: Vamos a ver qué tal se te da la improvisación.

—Tengo un guion, mi niño.

El viento le agita la camisa de lino por el costado cuando contesta imitando mi acento y mis conjugaciones sin apartar el ojo de la lente.

—Pues veamos si lo estudiaste bien, mi niña.

Pongo los ojos en blanco y espero a que haya encendido el aparato y realizado la señal de rigor.

—No sé si lo saben —empiezo con brío—, pero este grandioso ecosistema que ahora observan es el resultado de una erupción que cubrió casi una cuarta parte de la isla de Lanzarote.

Estamos caminando sobre un mar de lava seca que todavía hoy, tres siglos después, arde bajo los pies.

El fuego terminó de configurar este lugar a su antojo en el año 1825 con una erupción menos asombrosa, pero que igualmente obligó al pueblo a emigrar.

»El nombre Timanfaya, para quien se lo pregunte, está asociado a una romántica pero trágica leyenda local sobre un diablo. El diablo de Timanfaya. Desde los orígenes de la primera erupción, se cree que aparecía y desaparecía en medio de la lava. Volviendo a las características del paisaje...

—Cuenta la leyenda —interrumpe Cesc.

En un acto involuntario, me llevo la mano al micro.

—¿Puedes hablarme mientras grabamos?

—Puedo mandarte besitos, si quiero. Luego el experto en sonido lo recorta. Durante la edición es cuando suceden la magia y los milagros. Cuéntala —insiste—. Ya has hablado suficiente de geología.

—¿Que hablé suficiente de geología? Eso es un párrafo de mi guion.

Sin bajar la cámara ni dejar de mirar por el objetivo, Cesc pone los ojos como platos.

—Dios mío, ¿hay más? —jadea, horrorizado.

Detengo el paseo por el caminillo de grava para poner los brazos en jarras.

—En eso consiste un documental. En documentar lo que se está observando.

—Ya, pero tus espectadores no van a ser los canónicos entusiastas de los volcanes: un geólogo y un niño de seis años con una hiperfijación —especifica, y no sin razón—. Mete un chiste, una anécdota personal... O la leyenda, ya que estás. Es romántica, ¿no? A ver si nos conmueve.

—¿A ver si nos...? —Sacudo la cabeza—. Te recuerdo que estoy aquí para enseñar, no para entretener.

—¿Para enseñar? Pues vas bien tapadita.

—¡Ay, ya cállate! ¡Eres el cámara, no el guionista! ¡Ni el de vestuario! —apostillo, más irritada de como me siento por la mirada de arriba abajo.

—Soy el director, Cotufas. Dame algo con lo que trabajar, ¿quieres? Por guapa que seas, nadie se va a quedar mirando cómo te paseas entre volcanes si no das un dato interesante.

—¿Quieres un dato interesante? Llevas la bragueta abierta.

Me tomo como una victoria personal que baje la cámara para mirarse los cargo, que, por supuesto, han estado decorosamente abotonados en todo momento. En cuanto lo comprueba, me lanza una mirada de reprimenda y menea la cabeza como si no tuviera remedio.

Cancán y Yasen, al margen pero pendientes de la grabación, contienen una carcajada.

Karen no, porque no entiende el español.

—Original. Muy original.

Satisfecha, le sonrío a la lente y comienzo mi exposición.

—Cuenta la leyenda que el día de la erupción en las Montañas del Fuego de Timanfaya, un par de jóvenes estaban en los alrededores a punto de celebrar sus primeras nupcias. Él pertenecía a una familia de dinero; ella vivía del cultivo de las plantas...

—¿Por qué?

—Por qué ¿qué? ¿Por qué se dedicaba a las plantas?

—Ajá. Aunque si quieres, nos puedes contar por qué te has puesto esa camiseta.

—Me la puse porque me dio la gana. Y sobre lo otro, pues yo qué sé.

Es un dato que siempre pensé que no significa nada y que de seguro añadió alguien que abogaba por los matrimonios con diferencia de clase —apostillo de mi cosecha—.

El caso es que la explosión que conocemos tuvo lugar en plena ceremonia, con la mala suerte de que la enorme roca cayó encima de la novia.

—Siempre de la novia, ¿verdad? Si no, ¿qué arco de redención o qué motivo de venganza tendría el protagonista?

Tengo que morderme el labio para no sonreír, de acuerdo con su ironía.

—El novio utilizó una forja de cinco puntas para intentar levantar la roca que la sepultó, pero para cuando lo consiguió, por la razón que sea, la muchacha ya estaba tiesa.

—Tu empatía es enternecedora.

—Y tus interrupciones son un coñazo.

—Yo también te adoro, Fayna.

—Con el corazón roto —prosigo, no sé si más divertida o irritada con sus intervenciones—, el novio tomó su cuerpo sin vida entre sus brazos y fue a refugiarse al valle, pues a fin de cuentas ya no hallaría la felicidad en su antigua casa...

ni en ninguna parte. Cuando los habitantes de la isla observaron la silueta del joven recortada por la luz de la luna, sosteniendo en alto la forja de cinco puntas, hubo un suspiro unánime: «Pobre diablo». Así nació... —extiendo las manos.

—Ah, vale, ahora vamos a hacer las jazz hands —murmura Cesc—. Genial.

—... el Diablo de Timanfaya —completo al borde de la risa—. Y ahora, con el permiso de Cesc, voy a hablar de los géiseres. ¿O quieres oír otra historia de amor?

—Depende. ¿Te ha ocurrido alguna bonita casualidad en el último mes que quieras compartir con la clase?

—¿Con qué clase? ¿Esta clase particular que le estoy dando al carotas del curso, dices?

—No, no —niega vehementemente—. Con la clase trabajadora, Fayna, que es la que a ti te interesa.

—No me ha pasado nada relevante. Lo siento, mi niño.

Él chasquea la lengua con dramatismo y baja la cámara. Pulsa el botón que apaga la luz roja de «grabando» y hace un gesto con la cabeza con el que parece perdonarme la vida.

—Anda, vamos a la zona de géiseres.

—Ni se te ocurra insertarte diciendo esas boberías en el documental, ¿eh? Todo eso lo recortas, Yasen —añado, apuntando con el dedo al sonidista.

Aunque ya se ha quitado los cascos, levanta el pulgar en señal afirmativa.

Con una velocidad admirable y la ayuda de Candela, recogen el equipo para encaminarnos al Islote de Hilario, el área central del Parque Nacional.

Es ahí donde culminan las visitas guiadas en la Ruta de los Volcanes.

Las cierran por todo lo alto realizando el experimento de los géiseres activos, que se llevan a cabo arrojando agua a los hoyos excavados para que escupan una columna de vapor de agua hirviendo.

Son, claro está, experimentos muy controlados para evitar accidentes, aunque de todos modos no hay año que no salga perjudicado algún ignorante.

Como si hubiera invocado el próximo accidente con mis pensamientos, Karen oye el estallido de uno de los géiseres y respinga con asombro.

— What was that? —aúlla con los hombros como pendientes, las manos encogidas contra la barbilla—. Is there a war?

Controlo un largo suspiro.

—No, no hay ninguna guerra.

— Oh my god! —Karen apunta con un dedo tembloroso a la nube de humo que emerge del géiser de la demostración, en torno al que se reúne un grupo de turistas—. There’s a fire!

— No, Karen, that is not a...

No me da tiempo a tratar de explicarle con mi inglés macarrónico —el único inglés que pienso dignarme a hablar— que no hay riesgo alguno de muerte, y que sí, aunque los guías hayan transformado el vapor en un estallido de fuego introduciendo en las tuberías una hierba seca, es una fogata controlada y natural.