Capítulo 7
Fayna
El doce de mayo, alrededor de un mes después de las presentaciones del equipo, quedamos para reunirnos en la entrada del Parque Natural de Timanfaya para grabar el primer episodio.
Agüita .
Como yo regresé a Tenerife al día siguiente de la última reunión con los directivos, no he tenido que compartir medio de transporte con el resto de los chicos para llegar a Lanzarote.
He podido respirar hondo y más o menos relajarme en el ferry de Santa Cruz a Arrecife y en la línea de guagua que conecta el puerto conejero con Timanfaya.
El trayecto me ha brindado un rato necesario para repasar el guion que de todos modos llevaba casi un año entero puliendo y que por suerte Javier y el resto de sus socios han aprobado.
Me extraña que no me hayan devuelto las galeradas con cientos de tachones rojos. Y con una demanda judicial adjunta con un clip. Está claro que no le echaron un vistazo a mi material, porque he introducido tantas pullitas al gobierno como he estimado oportuno.
Candela nos propuso por WhatsApp que viajáramos juntos en el mencionado ferry.
Me hice la loca para evitar un reencuentro con Cesc antes de la citación prevista.
Solo pedí disculpas por no haberme apuntado a su travesía digna de colonias veraniegas cuando estuve segura de que ya no se podían comprar billetes para su barco.
Esta no ha sido la primera vez que he remarcado indirecta pero tajantemente que no pertenezco ni pretendo pertenecer a la banda de amigotes que han formado el cámara, la maquilladora y el editor.
No he dejado de insinuar con mi indiferencia que no quiero estrechar lazos, aunque sin llegar a la grosería de salirme del grupo.
La susodicha comunidad de WhatsApp, llamada «Guapa, lista y documentalista» — emoji de cámara, emoji de uñas pintadas, emoji de hada...
Chos, Dios me guarde —, fue creada por Cancán la noche de la cena.
Desde entonces no ha dejado de acoger un chorro de mensajes diarios, desde enlaces a periódicos de supuesto enfoque neutro y vídeos de YouTube —de los que nos provee Yasen cuando lee algo que considera interesante sobre la historia natural de las Islas Canarias o acontecimientos medioambientales recientes—, hasta memes que pueden o no pueden estar relacionados conmigo y con el proyecto —proporcionados por Candela—, pasando por las oportunas bromitas cargadas de ingenio y encanto personal de Cesc.
Me he fijado en que siempre que interactúa alguno de los otros dos, lo hace con respeto, naturalidad y cierta camaradería: «Hostia, Yasen, no sabía nada de eso.
Gracias por pasarlo, tío. Voy a indagar sobre el tema», «Jajajajaja me flipa esa cuenta de Instagram, Cancán.
Mírate esta, que es del rollo (inserte enlace sospechoso en el que por supuesto no cliqué por si acaso se lo notificaba)».
Cesc rara vez tiene la iniciativa en estos intercambios que se suceden con exasperante frecuencia, pero, cuando la tiene, el éxito es tan rotundo que me despierto con más de trescientos mensajes.
Es sorprendente cuanto menos considerando que solo hay seis personas en el grupo, de las cuales únicamente tres participan.
Los silenciosos espectadores de entre las sombras somos yo —la marginada por voluntad propia—, la que no sabe español ni tiene voluntad de aprenderlo, Karen, y Javier, a quien no le sobra el tiempo ni el humor para celebrar la última noticia de El Mundo Today con la que se ha descojonado el equipo.
Sospecho que Cesc sabe que he leído las conversaciones en la oscuridad y con la pose del señor Burns, porque ha dejado caer alguna que otra pullita esperando mi reacción: «Oye, no deberíamos compartir información personal en el chat.
Sospecho que a Fayna le han robado el móvil».
Otras veces no ha sido tan sutil, si es que eso entraba en la categoría de la sutilidad, y ha respondido a un comentario de Candela diciendo: «Jajajajaja esto le encantaría a Fayna si supiera leer».
Reconozco que el comentario me tocó las narices y estuve todo el día dando portazos en mi autocaravana, trasplantando los potos a macetas más grandes como si en el fondo quisiera arrancar los brotes de cuajo y hablándole a mi presa canario, Hemingway, como si fuera Cesc:
—Eres muy gracioso tú, ¿no? —mascullaba.
A mi lado, el perro jadeaba con la lengua fuera, uno no sabe ya si feliz o acalorado.
Nada más percibir la ira en mi voz, cerró la boca para mirarme con los ojos redondos—.
Te digo que no me provoques, que no empieces con las boberías, y ahí estás, nada más que haciéndote notar.
¿De verdad eres tan gilipollas que no entiendes por qué te ignoro?
¿No captas las indirectas? ¡Déjame tranquila!
Soy consciente de lo ridículo que es aplicar un pseudo contacto cero con un tipo al que he visto una vez en mi vida.
No he mantenido con él ni una simple pero trágica situationship como para dispensarle el trato que se le reserva a la expareja con la que vives una ruptura traumática.
Pero sé por experiencia que, si una no es radical poniendo distancia, sea con amigos, novios o atractivos desconocidos, los «y si» se compinchan con el deseo y te persiguen incluso en tus sueños.
Si no me ato en corto y me recuerdo una y otra vez que es una falta de profesionalidad y una locura juguetear, aunque sea mínimamente, con un tipo que me atrae, terminaré yendo a grabar mis episodios con las ingles brasileñas recién hechas y la ropa interior conjuntada.
Y que conste que hoy no me he tomado dichas molestias para reunirme con el equipo. Llevo unos pantalones de excursionismo verde camuflaje que me hacen un culo espectacular y un top ombliguero que reza Tourists go home , sí, pero las bragas son de mercadillo y el sujetador ni me lo he puesto.
Nadie podría señalarme con el dedo y decir que pretendo impresionar a alguien.
Consulto la hora en la pantalla del móvil al tiempo que un coche aparece aminorando la marcha por la carretera. Han alquilado un 4x4 con el maletero de una furgoneta para trasladar el material. Queremos lograr un efecto casero, pero para ello la grabación sigue exigiendo un equipo profesional.
El primero en bajarse es Yasen, que viste el negro del uniforme habitual en los sonidistas.
Reconoce mi presencia con un asentimiento y rodea el coche para ir sacando los micrófonos de cañón direccional y de corbata, el trípode, el estabilizador, el dron que nos han cedido para agregar algunas vistas panorámicas y aéreas, las luces portátiles y las mochilas que supongo que irán provistas de agua y alimentos.
Se echa parte de los armatostes en los hombros como si no pesaran un quintal —como si fueran muy ligeros, de hecho— y los traslada parque arriba.
—Vas como Pedro por su casa, ¿eh?
—Soy conejero —se limita a contestarme. Confirmo la que era mi sospecha: no es un tipo seco ni le falta alegría.
Solo es tímido, como denota que le cueste mirarme y se ajuste las gafas en el puente de la nariz, el clásico tic nervioso de los introvertidos—, y de pequeño quería ser geólogo.
Imagina cuántas veces pude llegar a venir antes de cumplir diez años.
Sonrío imaginándome al diminuto Guayasen —ya entonces diagnosticado de miopía— fotografiando los géiseres con la Nikon Coolpix que su madre le habría regalado por Navidad.
Devuelvo la vista al 4x4 , del que, como en cámara lenta, veo descender a Karen: sandalias con tacón de quince centímetros y de suela fina, falda corta y vaporosa, camiseta de tirantes y gafas de sol de marca.
Tengo que pestañear varias veces para asimilarlo.
— Gosh, it’s hot in here ... —bufa abanicándose con la mano. Tras hacer un barrido panorámico de un paisaje que no la entusiasma en lo más remoto, repara en mí. Sonríe de oreja a oreja y levanta las dos manos—. Fayna! Hey, beautiful! How’ve you been?
La saludo gestualmente con cara de circunstancia. Suerte que en ese momento baja Cancán con el equilibrio precarizado por el maletín de estilista, cuya forma recuerda al embalaje de una tarta por encargo si la tarta en cuestión midiera un metro de alto y otro de ancho.
Al menos ella sí se ha tomado el tiempo de estudiar lo que conviene ponerse cuando se visita una zona volcánica: pantalón largo por lo que pueda pasar, nunca una falda que pueda patrocinar un momento Marilyn por cortesía de la brisa, y tenis cómodas para transitar terreno árido y desigual.
Casi no la reconozco, aun así. Se ha recogido la melena de tigre de bengala, naranja y negra, en dos trenzas de boxeadora.
El maquillaje de hoy es el de una cantante de música urbana: línea del ojo rasgada, labios marcados por encima del borde.
Su forma de moverse recuerda a la de una mujer que no tiene tiempo para estupideces...
hasta que me ve y la posee el ánimo entusiasta del primer día, que es, por el contrario, el de una mujer que tiene tiempo para toda suerte de estupideces.
—¡Oye! ¡Si apareces siempre así de espectacular, va a ser poco lo que pueda hacer contigo!
¡Y, la verdad, no me gustaría que me despidieran por inútil!
—Se separa de mí después de darme un sonoro beso con cuidado de no mancharme.
Sujetándome aún por el hombro para equilibrar el peso del maletín, examina mis facciones de una en una—.
Por lo menos no te has maquillado. Luego nos enfrentaremos al espejo, pero ya te adelanto que tenemos dos opciones: un estilo natural que haga parecer que no te has esforzado o maquillajes más creativos que recreen los tonos del paisaje, en este caso arenosos y rojizos. ¿Qué me dices?
Juro que me interesa lo que me está explicando, pero es que se ha abierto la última puerta del coche, la del piloto que acaba de aparcarlo, y sin querer se me ha desviado la atención.
Cesc sale del vehículo de un salto ágil que recuerda al movimiento de un maestro Shaolín. En lo que tarda en cerrar la puerta del 4x4 se filtran un par de frases de la canción que estaba escuchando, Port Pelegrí : esa emoción que no se apague .
Ni de broma puede haber sido una elección de Los 40 Principales. No podría ni haber sido escogida por mi desbordada imaginación, porque me parece inverosímil que la pista pertenezca al álbum que yo venía escuchando en la guagua, Spanish Leather .
Nada más plantar un pie en el suelo terroso, un remolino de polvo se enrosca alrededor de sus empeines matizados por pulseritas tobilleras.
Una ráfaga de viento se cuela por debajo de su camisa de lino como la mano de una amante fogosa para animarme a echar un vistazo al caminillo de vello oscuro que trepa hacia su ombligo.
Recupera las gafas de sol del escote en pico de la prenda y se las pone en cuanto se echa la cámara enfundada al hombro.
Mira a un lado y al otro de la carretera y cruza con aire pensativo, casi severo, con una mano en el bolsillo y todavía tarareando la canción:
— Com m'agrada si et poses nua a la platja, comença el calor, els joves busquen el sol ...
Se calla y ralentiza la marcha en cuanto alza la barbilla, sombreada por una barba casi tan persistente como su determinación a mantenerla a raya, y me ve clavada en el sitio como un pasmarote.
Lamento en el alma no poder ver si sus ojos sonríen, me juzgan o me retan.
—Me alegra verte de una pieza, Cotufas —comenta con aparente indiferencia en tanto que llega a mi altura—.
Pensaba que la poli te había terminado confiscando el móvil por decir barbaridades en internet y estabas en arresto domiciliario.
—Frena con solemnidad y cierta chulería a un paso de mí mientras acomoda en el hombro la funda de la cámara, y entonces agacha la barbilla para mirarme por encima de las gafas, que, obedientemente, resbalan por el puente de la nariz.
Sea por efecto del sol o de que la memoria almacena los recuerdos en sepia, me impacta redescubrir lo verdes y expresivos que son sus ojos—.
Pero seguro que tienes una excusa aún mejor para explicar tu silencio.
Sin permitir que me avasalle, me limito a decir:
—Hay gente que no va por la vida con el móvil pegado a la mano, mi niño.
—Es verdad. —Entrecierra los párpados una fracción de segundo, igual que el día en que lo conocí, y me descubro prometiéndome averiguar qué le desencadena ese curioso tic.
Me recuerda al obturador de una cámara—.
Tú eres más de llevar el libro de Irene Solà.
Más te vale habértelo terminado desde entonces, porque tiempo te ha sobrado.
Te voy a hacer un test de diez preguntas —me advierte con el dedo de las regañinas.
—Empieza cuando quieras.
—La primera no es muy fácil. —Se quita las gafas de un movimiento fluido y se las guarda en el bolsillo de la bermuda tipo cargo, verde militar como mis pantalones. Sus ojos me atraviesan de parte a parte y modula la voz para inquirir—: ¿Has pensado en mí?
Pongo toda mi energía en permanecer de una pieza aunque todo mi sistema se descontrole.
—Ni por casualidad.
Cesc chasquea la lengua y menea la cabeza con fingida decepción. Me da pie a atisbar su sonrisita ladina al rodearme —sin darse por vencido ni nada que se le parezca, que no engaña a nadie— y dirigirse a Candela, hacia la que yo también me muevo con la prudencia de saberme en compañía peligrosa.
—¿Qué? —lo interpela ella con los brazos en jarras, sonriendo divertida. Se ha detenido a medio camino hacia el punto de grabación—. ¿Al final has podido terminar de escuchar la canción o no?
Cesc estira el cuello y asiente con una sonrisa beatífica, como un niño al que le han preguntado si los Reyes Magos han cumplido las peticiones de su carta. Casi me contagia su alegría con la estúpida mueca, pero como me gana la incomprensión, Cesc se explica:
—No puedo bajarme del coche dejando un temita a medias. Lo que uno empieza, tiene que acabarlo, ¿no te parece? —insinúa abiertamente, y pone la guinda al pastel pellizcándome la barbilla.
Por suerte, Candela no se percata más que de que Cesc aprieta el paso para pillarla. Los dos continúan el camino detrás de la silueta tambaleante de Karen hablando de música en catalán.
Huelga decir que la guiri ha empezado a arrepentirse de su elección de calzado.
Entre la Barbie fashionista y el encanto que Casanova le ha legado a este joven Guardiola de ojos verdes, estamos apañados.