Capítulo 6 #3
A todo esto, Fayna sigue cabreada, y aunque los enfados más o menos irracionales y que se prorrogan aun después de las explicaciones y disculpas suelen exasperarme, su irritación me resulta encantadora por lo que entraña.
Está picadita porque le gusto, es evidente.
Tiene suerte, porque a mí también me gusta ella, mi niña .
Ladeo la cabeza para mirarla desde un ángulo en el que pueda estar aún más guapa, si es que eso es físicamente posible, y no me resisto a apretarle las tuercas.
—¿Por qué lo dices? ¿Tanto significó para ti, que no te ves capaz de compartir tienda de campaña conmigo durante quince días sin volverte loca de amor?
Fayna me castiga con una mirada de advertencia.
—Te despedí por miedo a comentarios como ese.
—Pensaba que las contrataciones eran competencia de Varela —replico con perverso regocijo—. Y seguro que miedo no es lo que tienes. Me extrañaría que una chica que se interpone entre un proyecto millonario y una playa en la que no quiere que haya un hotel tuviera miedo de un humilde chico como yo.
Fayna lanza un bufido al aire y aparta la vista de mí para descansar de tanta desfachatez.
—No puedes ponerte lindo conmigo, ¿entiendes? Ni lanzarme miraditas.
—¿Qué miraditas? —Le lanzo un vistazo soñador—. No sé de qué me hablas.
—Te encuentras en terreno minado, mi niño. Yo que tú me dejaría de machangadas estando el asunto tan fresco.
—Ya sabes que no le temo a los riesgos, y menos cuando hablamos del humor.
—Pues tienes el sentido del humor en el culo.
—Entonces, ya que no puedo convencerte para que me readmitas con mi exuberante personalidad, déjame seguir deslumbrándote con mis éxitos académicos y laborales. Me has interrumpido mientras te desarrollaba los logros curriculares...
—Déjalo —evita que saque los papeles de la chaqueta cogiéndome de la muñeca.
Es un gesto que no me habría resultado tan íntimo si hubiera venido de una chica con la que no hubiera estado tres horas enrollándome en un avión—.
Si quisiera que me dieran las uvas escuchando información que no me importa, me pondría el audiolibro de En busca del tiempo perdido.
Me río de buena gana.
—Entonces reconoces que, además de mucho talento, tengo muchísima experiencia y que soy el cámara y director perfecto.
—Yo no entiendo de cámaras ni de dirección, Cesc. Yo lo que entiendo es que debo confiar en las personas con las que voy a convivir. Lo que entiendo —continúa, más seria— es que una no empieza un proyecto con buen pie si se lio con la persona que le va a dar órdenes durante la producción.
Yo mismo he pensado en el viaje en avión como «enrollarse», como un «lío», pero por alguna razón mi corazón brinca en rotundo desacuerdo con su fría descripción de lo ocurrido.
—Al revés. Míranos. Hemos tejido una confianza que habría sido imposible fomentar si no nos hubiéramos besado y luego peleado. Estamos resolviendo nuestras diferencias como personas adultas. Eso denota que, incluso si sostenemos opiniones contrarias allí, sabremos comunicarnos para solucionarlo.
Y defenderé esta línea argumental hasta el infinito y más allá, porque creo que así es.
Pero también comprendo los riesgos que ella plantea con lógica inquietud.
No sé cómo se conducirá Fayna cuando alguien le gusta, si se arroja a sus brazos al primer impulso o prefiere que la cortejen; si es enamoradiza o si es imposible tocarle la fibra sensible.
Pero sí sé cómo soy yo, cómo hago yo las cosas, y me temo que no es habitual que la atracción arrolladora por una señorita me lleve a complicar un proyecto interesantísimo.
Sabía que esto podía traer cola y aun así lo hice porque si era el precio a pagar por un beso con la duración de Los Siete Samuráis de Kurosawa, entonces estaba justificado de sobra. Entonces era de justicia.
Estaría insultando mi propia inteligencia, pues, si negara que estoy en terreno minado, pero no me hallo en peligro porque Fayna desconfíe de mí, sino porque yo desconfío de mí.
Estamos negociando mi futuro profesional en un pasillo más o menos aislado del restaurante, rodeados por luces que emulan el ambiente de un prostíbulo de Nueva Orleans, y no consigo acallar la insidiosa voz que dice qué guapa, qué guapa es, dale otro beso, y este que dure las veintiún horas de la versión ultra extendida de El Señor de los Anillos.
Si, total; de perdidos al río.
—Muy bien —cede al cabo de un rato de silencio. Menos mal que no lee mentes—. Hablaré con Javier. Pero no empiezas con buen pie, Cesc. Que te quede claro.
Ahora sí la dejo marcharse, más porque cinco minutos extra en su presencia me convencerían de seguir con aún peor pie que porque crea que la conversación deba acabar aquí.
La veo desaparecer montada sobre esas sandalias con tacón de vértigo que le abrazan el empeine con tiras entrecruzadas.
El tintineo de los brazaletes, el contoneo de las caderas, la rasta con cuentas que le acaricia la espalda desnuda...
Menudo cuadro que evocar para irse a dormir.
Porque doy por hecho que en la cena sí que no me van a readmitir.
Tampoco pasa nada. Me he quedado con hambre de plato canario, no de comida italiana.