¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La naturalidad no solo no está reñida con la expresión —por más que incurra en modificaciones corporales— de un estilo propio, sino que lo primero es resultado de lo segundo.

Como dice Antonia San Juan en Todo sobre mi madre , y que me perdonen por las constantes referencias cinematográficas, solo es auténtico quien persigue parecerse a la idea que tiene de sí mismo, lo que al final es una manera de conocerse conscientemente, respetarse y quererse.

La naturalidad es algo más que una cara lavada y una camiseta ancha.

Es lo que Fayna hace en sus redes, hizo en el avión y está haciendo ahora mismo: decir lo que piensa tal y como lo piensa.

Sin edulcorarlo. Sin cortarse por temor a una respuesta que la disguste más.

Casi le agradezco que me esté llamando de todo menos bonito. Significa que nunca tendré que leer entre líneas con ella. No habrá fingimientos ni paños calientes. No lidiaré con medias verdades e incluso artificios enmascarados de asquerosa diplomacia o asertividad.

Lo que Fayna es, en lo que Fayna cree y con lo que Fayna sueña se encuentra muy a la vista, y el maquillaje y el estilo propio solo se lo subrayan, lo refuerzan y advierten de lejos, en ningún caso lo tapan.

Doblo y me guardo el currículum en el bolsillo interior de la chaqueta.

Meto las manos en los bolsillos como si tuviera todo el tiempo del mundo, porque, de hecho, lo tengo.

Fayna se está revelando como una persona que no va a moverse del sitio hasta que le hayan explicado lo que sabe que merece entender.

—¿Tan raro te parecería que simplemente me hubieras gustado y me hubiese apetecido besarte?

—admito al fin—. Ya sabes; que nada de lo ocurrido hubiera sido fruto de un plan maquinado en un cuarto oscuro con el propósito de derribar tus defensas y convertirte en una esclava de mi pasión.

Humillarte, manipularte, hacerme rico a tu costa y Dios sabe qué más.

Lo describo con una grandilocuencia que estaría en su derecho de leer como ofensiva, pero no lo es.

Solo pretendo restarle hierro al asunto a pesar de que el asunto en cuestión, esto que hay entre nosotros, no es ya de hierro, sino una aleación de acero, titanio, criptonita y otros metales corrosivos y resilientes que todavía no se han descubierto en la naturaleza.

Porque si quiere que le explique algo mejor qué pasó cuando la vi y qué pasó cuando se sentó a mi lado, si quiere que le explique qué ocurrió cuando hablamos y cuando nos besamos, si quiere que le explique por qué coño hice eso, lo único que voy a poder ofrecerle es el consuelo de que yo tampoco lo entiendo.

Solo hice lo que a uno le toca hacer cuando se topa con una fuerza y una necesidad superiores a él: sucumbir a estas con la esperanza de que sean piadosas con su frágil corazón.

Fayna me ha aguantado la mirada con los labios apretados.

—Pudiste decir desde el principio que me conocías, mi niño.

Aun sabiendo que es una coletilla canaria, sonrío.

—Ahora nos ponemos apodos. Perfecto. Vamos avanzando.

—No era un apodo, y lo dije con sarcasmo. ¿Vas a defenderte de la acusación o no?

—¿La de que podría haber dicho desde el principio que te conozco? Repito: no te conozco.

—Me estabas midiendo. Me estabas poniendo a prueba.

—Yo solo estaba sentado en un avión al lado de una chica guapa... y, por lo visto, muy malpensada —la regaño con una ceja enarcada—. ¿Qué es lo que quieres? No puedo deshacer lo andado. No puedo desbesarte . ¿Te haría sentir mejor que te pidiera perdón?

—Pedirme perdón no hará que recuperes tu trabajo. Incluso si decido creer que no te hizo fleje de gracia ligar conmigo sabiendo que nos veríamos otra vez, intimamos y eso podría resultar problemático. BNA tiene políticas muy estrictas en contra de los contactos sexuales entre miembros de un equipo.

—Sí, y también tiene políticas muy estrictas en contra de meter a trabajar a gente que no sabe hacer la O con un canuto solo porque es la esposa del productor.

Ante mi lógica aplastante, dejo a Fayna en bragas.

Solo discursivamente hablando, por desgracia.

—Y aunque me honra que consideres un beso mío un contacto sexual —añado, me gustaría decir que sin intención, pero la hay: quiero que se ruborice.

Lo que consigo es que una estrella fugaz cruce sus ojos.

Me conformo —, Varela no lo valoraría como la violación de un límite capaz de complicar el proyecto.

—Ya las está complicando y no empezamos aún, Cesc.

Me gusta cómo dice mi nombre. Los ibicencos, catalanes y madrileños lo pronuncian como es, Sesc , con todas sus letras y aparentes complicaciones; como la pesadilla de un andaluz.

Pero el acento de Fayna condena al olvido las consonantes finales y parece que siempre se quede sin aliento, porque aspira entre sílabas en el momento más imprevisto.

Si ya podría resultarle una odisea marcar la S de Cesc en lugar de transformarla en una H , no se diga respetar la C .

El resultado es un palabro ridículamente adorable.

Para ella, soy Sehs , una extraña manera de entonar el anglicismo sex .

Y seguro que lo soy en contra de su voluntad porque en el fondo quiere relajarlo más aún; convertirme en un modesto Seh , el asentimiento de un cani.

Apuesto a que si me llamara por el nombre completo, Francesc, acabaría siendo franséh , y eso sí que lo encontraría ofensivo. Puedo aceptar que me confundiera con «un godo», como llama ella a los castellanos, pero ¿que me acuse de francés? Superior a mis fuerzas.