¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cesc

Las lámparas ámbar y el papel de pared rojo del pasillo de los servicios me recuerdan al cartel promocional de la película Irreversible .

Procuro no hacer ruido siguiendo a Fayna a un par de metros de distancia.

Los faroles le colorean los hombros desnudos y crean un efecto de luces y sombras en la espalda esculpida que el vestido deja a la vista.

Aguardo a que haya entrado en el baño de señoritas y abra el grifo del lavamanos.

Entonces me agacho para deslizar mi currículum por debajo de la puerta.

Ella no se da cuenta en un primer momento: anda canturreando por lo bajo la letra de Un anno d’amore , solo que en español, la versión de Luz Casal que yo mismo prefiero.

La espero apoyado en la pared con las manos entrelazadas a la espalda.

En ese rato, una notificación hace vibrar el móvil en el bolsillo de mis vaqueros.

Lo saco solo para confirmar que Laia me ha enviado un vídeo comiéndose una ensalada.

Me tengo que morder el labio para no carcajearme viéndola masticar con la boca muy abierta y enseñarme el contenido previo a la regurgitación en la lengua.

«¡Gato atropellado!», exclama como es nuestra costumbre.

Tecleo un mensaje rápido.

Mira que eres lerda.

Fayna cierra la llave del agua. Frena en seco un momento, el momento de la sorpresa: ¿quién me ha dejado a los pies una bella carta de amor?

La oigo agacharse y, después, pasar las páginas de los papeles grapados.

—Tuno podrido —masculla por lo bajo con su acento mágico. Se la escucha gutural por culpa de los ecos del baño. Chasquea la lengua y alza el tono—. ¿Estás ahí?

—Depende —respondo de brazos cruzados—. ¿Vas a ser mi amiga?

Fayna abre la puerta de un empujón airado y me lanza una mirada que, de haber contado con los componentes químicos adecuados, podría haberme desintegrado.

Esta vez sí ha tenido tiempo para adecentarse el maquillaje.

Me gustaba cómo le quedaban los restos de rímel alrededor de los ojos, no se me malinterprete.

Parecía que un cielo estrellado a pequeña escala le hubiera pintado un antifaz.

Pero ahora se los ha delineado como un gato por fuera y por dentro, subrayando el castaño de sus iris ahora rojizo por la iluminación.

En vez de venir a mi encuentro o arrearme un bofetón dramático, se queda bajo el umbral sosteniendo la puerta de madera oscura. Todo el peso de su metro ochenta con taconazos —calculo que medirá un metro setenta y tres sin ellos—, depende del soporte de su cadera derecha.

En el rato que nos medimos con la mirada, Mina le cede el testigo a los Gypsy Kings. Comienzan su Bamboléo con una frase que, si fuera un romántico, diría que viene al pelo.

Este amor llega así, de esta manera, no tiene la culpa.

—Si has venido a convencerme de que te devuelva el trabajo, las contrataciones no entran en el saco de mis competencias —señala en un tono profesional que no deja de sonar burlón y resentido. Cuántas dobleces en una sola frase. Es de admirar—. Las quejas a Javier Varela.

Deja de aguantar la puerta para estamparme el currículum en el pecho. Arreglándose el brazalete dorado del bíceps, pretende pasar por mi lado, pero yo le freno el paso con mi propio cuerpo y empiezo a entonar como un pregonero de pueblo medieval.

—Graduado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid.

La Complutense, ¿eh? Pública, no privada, que sé que esas cosas te importan.

Mi trabajo de fin de grado se proyectó en el MECAL y ganó, pero mientras tanto estaba colaborando en producciones independientes y trabajando de becario para RTVE .

Luego hice el máster de Dirección de Fotografía en la ESCAC , en Barcelona.

Durante ese tiempo asistí al director en campañas publicitarias de marcas como Estrella Damm y coordiné un anuncio de lotería.

Formé parte de un programa internacional de cinematografía o una workshop , como prefieras, en la London Film School, desde donde mandé mi propuesta para el Festival de Cine de Málaga.

También fue allí cuando gané en Bulgaria mi segundo premio por un cortometraje...

Fayna se da la vuelta cuando ya lleva recorrido medio pasillo y pone los brazos en jarras.

—Y supongo que todos los cortometrajes los grabaste con cámara en mano mientras paseabas por terrenos escarpados o con una vegetación muy densa. Supongo, también, que todos ellos entraban en la categoría documental, y por eso piensas que eres la persona adecuada para acompañarme por las islas.

—Sobre todo he trabajado los géneros de drama y terror, pero también he incursionado en la no ficción. Podría mandarte al correo electrónico alguno de mis proyectos más informales, o incluso podríamos quedar para que te improvisara una grabación y valorases la calidad.

Fayna suelta una carcajada cuyo eco tétrico flota entre nosotros unos segundos de más.

—Estoy al tanto de tus magníficas dotes de improvisación, no te preocupes por eso.

—Puedo seguir leyéndote mi currículum, si gustas —propongo, pestañeando con inocencia—, pero los dos sabemos que mi formación académica no es la causa de mi despido.

Ella se cruza de brazos y levanta la barbilla.

—¿Y sabemos también cuál es la verdadera causa de tu despido?

—¿Que no te pedí el Instagram? —sugiero de buen talante—. Si es por eso, tengo la justificación perfecta: sabía que te iba a ver luego —me encojo de hombros—, y algo me dio a entender que apreciarías el factor sorpresa.

—Está claro que ese algo que te lo dio a entender es el mismo algo que te convenció de que venir hasta aquí y emboscarme sería una idea del carajo. Todavía estoy decidiendo si ese mencionado algo es tu ego descomunal o tu estupidez.

—Me habría encantado que me dijeras todo esto en las oficinas de BNA . Delante de Javier Varela y del resto del equipo, de hecho. Así habría quedado en entredicho tu profesionalidad y no la mía.

—Precisamente porque pretendo moverme con profesionalidad no voy a permitir que se contrate a un notas que se mofa de mí.

No me cabe duda de que tienes la tira de talento, Cesc.

—Pronuncia mi nombre como si le retorciera las tripas—.

Si ejecutas las historias de tus cortometrajes solo la mitad de bien de lo que finges un flechazo en un avión, seguro que se pelearán por tenerte en plantilla para próximos proyectos.

En el mío no hay sitio para peña con esa clase de aptitudes.

—¿Y cuáles son las aptitudes que le exiges a tu equipo?

¿La de ejercer abusos de poder, por ejemplo, o esa solo te la puedes permitir tú por ser la estrella?

—contraataco viendo que vuelve a darse la vuelta.

Los hombros se le tensan enseguida, y yo, envalentonado, arranco a decir lo que pienso salvando la distancia con zancadas seguras—.

Me sorprende que una persona que predica en sus redes sociales valores como la igualdad social y la dignidad de los trabajadores se comporte como una auténtica déspota en la vida real.

Eso tiene un nombre, ¿sabes? Se llama hipocresía.

Fayna se gira muy despacio con una sonrisa fría en los labios.

—Vuelves a reconocer que has visto mis redes sociales. Ya sabías quién era y te pareció la pinga fingir que no cuando me viste en el aeropuerto.

—Sabía que eras tiktoker y que trabajaríamos juntos, pero no quién eres. Eso es algo que ni siquiera sé ahora, porque no te pareces ni a tu alter ego digital ni a la chica del avión.

—Tú tampoco parecías un arribista de mierda cuando te miré la primera vez.

El pasmo me abre los ojos.

—¿Un arribista?

—¿Qué pretendías con las coqueterías y los arrumacos, si no?

—me encara apuntándome con la barbilla—.

¿Que te diera un trato preferencial cuando empezáramos las grabaciones?

, ¿que te negociara un salario millonario por tu cara bonita?

, ¿que te abriera más puertas en BNA ahora que he entrado a formar parte de la plataforma como personaje imprescindible?

¿Quién coño es el déspota aquí, eh, que en lugar de presentarse como una persona normal, se reserva información que me deja en inferioridad de condiciones?

¿O acaso crees que te habría aceptado un beso si hubiera sabido que eras mi cámara? ¿Eres gilipollas?

Le sostengo la mirada tratando de moderar la sorpresa.

No por lo de gilipollas, ¿eh? Eso lo vengo sabiendo.

Era fácil llegar a conclusiones como que me aproveché de la situación de conocerla y de que ella no me conociera a mí para probar las aguas. Es una lectura de la que Laia me ha advertido y para cuyas acusaciones yo mismo estaba preparado, pero el retorcimiento de su reproche me pilla desprevenido.

Tan desprevenido como la proximidad, que me deja a un movimiento traicionero de tocar sus labios pintados de rojo oscuro y coronados por un piercing de bolita.

Lleva un maquillaje recargado para el que sabe cuántos pasos, productos y horas frente al espejo exige lograr este acabado vibrante de vieja gloria de Hollywood: base, colorete, delineado, pintalabios, máscara de pestañas...

Todo para alterar, se supone que artificialmente, una materia prima que en su estado virgen ya era perfecto.

Habrá quien la mire y vea adulteraciones de la verdad, incluso falsedad, por todas partes.

Si no por el exceso de pintura, por la ropa exclusiva —aunque sea de una tienda de segunda mano— con la que podría parecer disfrazada; por las coloridas mangas de tatuajes y las perforaciones de la cara y las orejas.

Habrá quien la mire y diga: yo prefiero una chica natural.

Yo prefiero una chica de verdad ... sea lo que sea que signifique eso.

Pero ella es una chica de verdad porque es alguien que persevera en su ser.

Que lleva por bandera sus principios, lo único que en esta vida nos corresponde predicar y defender.

(Todo eso lo sé solo por su cuenta de TikTok.)