Capítulo 5 #2
Por lo general coincido con todos los puntos de vista que me da mi hermana, pero estoy en completo desacuerdo con el modo en que ha definido mi misión.
No es ninguna tontería levantar la voz cuando has recibido un trato injusto.
No es ninguna tontería persistir en tus empeños si crees que puedes aportar algo importante a un proyecto con alma.
A lo mejor no soy tan defensor de los derechos en general como Fayna, pero ya le puedo asegurar que los míos propios no los toca ni Dios.
Con las manos metidas en los bolsillos del vaquero oscuro, doblo la esquina para adentrarme en la calle de Zurbano, entre los barrios madrileños de Chamberí y Almagro.
Aquí se concentran la mayoría de edificios señoriales y hoteles de lujo de la capital española.
El Palacio homónimo se emplaza entre los números cinco y siete, y el Ramón Freixa, con dos estrellas Michelin, en el treinta y uno, no mucho más lejos.
Imagino que Javier ha reservado en el segundo mejor local de las inmediaciones por su menú vegano o para que su estrella no piense que suda la gota gorda intentando impresionarla.
Cosa que al final queda manifiesta en el modo en que se comporta a su alrededor.
No lo juzgo. Hay algo en las personas moralmente superiores, es decir, que se conducen por la vida sacrificando facilidades y caprichos por un bien común, que o incomodan a sus allegados por «subrayar su inferioridad» por el simple hecho de existir o les despiertan el deseo de ganarse su respeto.
No es mi caso. Más que quedar bien a sus ojos, prefiero entrarle por ellos.
El restaurante Magari —«quizás» en italiano, como italiana es la familia de su propietario, los cocineros y la mayoría de la plantilla— se encuentra en la planta baja de un edificio de cinco pisos construido en los años treinta.
Los Colombo respetaron la arquitectura original oponiéndose a la moda de derribar paredes y sustituirlas por cristaleras que permitan ver a la gente comiendo.
En palabras de su propietario, a quien conozco desde que era un niño, «comer es una actividad demasiado íntima como para quedar a la vista de cualquiera».
Andrea tiene frases tan legendarias como épicas son sus opiniones, y no me cabe duda de que pasarán a la historia.
Defiende que es un sinsentido exhibir los platos gratuitamente y luego tener un menú que los describa.
Cree, también, que al ser humano le fascina el misterio y él debe proporcionarlo, así como todas las experiencias que deleiten los sentidos, ocultando sus diseños y sabores de quienes no se atrevan a cruzar el umbral.
Todo un poeta.
Nada más penetrar en su reino gourmet, un joven y elegante encargado se aproxima para darme la bienvenida.
No me cabe la menor duda de que Javier Varela ha llamado para corregir la reserva —«Ya no seremos seis, sino cinco»—; así se asegura de que no me asomo a reclamar mis derechos y, si lo intento, me frenan el paso.
Lástima que no me conozca y no sepa que siempre guardo un as bajo la manga.
Solo que hoy no es un as, sino mi rimbombante apellido y mi currículum.
El encargado me reconoce nada más verme a pesar de mi atuendo informal, mi rapado y mi nueva colección de perforaciones y me dedica una sonrisa.
—Francesc, caro , ¡qué sorpresa! Hai una reservazione?
— Mi dispiace , Giorgio, no he tenido ocasión. Vengo de sorpresa.
El encargado hace un gesto all’italiana para indicar que no hay problema alguno.
—Siempre hay sitio per i amici di Andrea. Tavola per uno?
—Por favor.
—La mando preparar adesso . Mientras tanto, pasa a la barra. Te invitamos a un cóctel.
Imito las grandilocuentes manifestaciones de afecto de Andrea tomando a Giorgio de las mejillas y exclamando: « Sei un grande, Gio, un grande!
». Él se ruboriza al principio —todavía no ha superado la timidez paralizante que sufría de niño, pero la experiencia se la va domando—; acaba soltando una carcajada y dándome un apretón cariñoso en las muñecas.
Andrea no iba a caer en el cliché de la modélica pizzería napolitana extendiendo manteles de cuadros blancos y rojos sobre mesas redondas.
Tampoco hay un viejo con pipa, barba desgreñada y camiseta de rayas tocando el acordeón a los pies de la ventana.
Pero el clásico sonido y la más clásica aún voz de Mina suena al nivel apropiado para ceder espacio a las conversaciones.
Un anno d’amore ameniza el ambiente sereno que cabe esperar en un restaurante de alta categoría, donde la mayoría sabe comportarse, sabe vestirse, sabe estar.
Sobre todo, sabe pagar.
Al agachar la cabeza en mi camino, advierto un reflejo distorsionado de mí mismo en los brillantes suelos negros, a juego con la barra de mármol veteado y la cristalería veneciana sobre la que se extienden los licores más exquisitos del mercado.
Una belleza mediterránea con los ojos perfilados como Cleopatra y el moño de Audrey Hepburn me prepara el Garibaldi que le pido con una sonrisa que parece una invitación.
Por tentador que sea entrar al juego del flirteo, yo me giro en el taburete acolchado para barrer el comedor con la mirada.
La tenue iluminación ambarina complementa de maravilla los vidrios y sillones de cuero oscuro. Este es un lugar en el que, nada más entrar, uno se siente rico y, por ende, inspirado a comportarse como tal.
En cuanto me sirven el cóctel de Campari con zumo de naranja en un vaso old-fashioned , me pongo en pie e intensifico la búsqueda estrechando la mirada sobre la celosía que separa la sala principal del reservado para personajes célebres.
He cenado con mi familia más de una vez al otro lado del biombo translúcido, a través del que se puede reconocer la silueta de una persona si la has visto o estudiado lo suficiente.
Yo no diría que haya visto a Fayna suficientes veces, sobre todo dependiendo de para qué me hubiera sido suficiente.
Solo la he visto en un par de ocasiones, y la segunda durante media fracción de segundo.
Pero ya de un primer vistazo consigo aislar las curvas de su figura de los dibujos de la tela semitransparente de la celosía.
Un camarero acaba de retirarle la silla para que ella tome asiento, y aunque no veo su rostro en condiciones, sé que le agradece la caballerosidad para acto seguido rechazarla.
Moviéndose como lo haría un gato al que hubieran transformado en mujer fatal, Catwoman , rodea la mesa en dirección a los aseos.
Por lo que logro apreciar en su paseo tras el largo biombo, lleva un vestido de tirantes ajustado y escotado por detrás.
Se ha recogido la melena entera en un moño alto del que, por fidelidad a su eterno aire desenfadado, tenía que escapar una rasta.
Es un detalle que me hace sonreír con los labios pegados al borde de la copa.
«Dios. Mi padre la odiaría. Solo por eso, ya la quiero».
Atraviesa el pasillito del reservado sin prisa, como si quisiera respetar la cadencia de la canción de Mina.
Me sorprendo aguantando la respiración en tanto que deja atrás la dichosa celosía —que le eclipsa los colores del vestido, el pelo y el bronceado— y acontece su revelación.
Me molesta el juego de la ocultación y, a la vez, salivo por la aventura erótica de tener que separar los contornos de una mujer del telón que la esconde.
Es tan cinematográfico .
Igual que si tuviera que darme valor para pedirle una cita, vacío el Garibaldi de un trago y lo deposito sobre el posavasos un segundo antes de que Fayna desaparezca en el corredor de los servicios.
Le guiño un ojo de agradecimiento a la camarera, que creo recordar que se llamaba Maria —la última vez que vine bromeamos sobre la falta o la necesidad de la tilde—, y salgo detrás tirándome de los extremos de la americana informal, no sé si porque he visto demasiadas películas o porque necesito, de alguna manera, infundirme valor.
Si Fayna es solo la mitad de peleona en la vida real de lo que parece en sus redes sociales, entonces va a ser un hueso duro de roer.
Pero como ya he dicho, yo no soy vegano.