Capítulo 5
Cesc
—¿Sabes qué pasa contigo, Xicu? —suspira Laia después de que haya concluido mi exposición de los hechos—.
Que crees que te puedes salir con la tuya siempre que quieras, y eso no es así.
Nuestros actos tienen consecuencias. ¿No podrías haberlo pensado antes?
Sí, claro que sí —se responde ella misma.
Al final, me conoce mejor que yo mismo a pesar de haberse perdido los primeros nueve años de mi vida y no haber adquirido una conciencia plena de nuestra relación fraternal hasta que cumplió seis.
Para entonces yo ya era un insufrible quinceañero de libro ( de terror ), así que nunca le faltó material de primera mano para cantarme las cuarenta—.
No solo podrías, sino que lo hiciste. Lo pensaste.
Pero no le diste importancia a cómo se sentiría ella.
Te pareció divertido y decidiste que ya te harías cargo de cómo se lo tomara cuando llegase el momento.
Asiento en silencio, como si pudiera verme desde nuestra Ibiza natal.
El que se ve a sí mismo soy yo, que llevo un rato con la vista clavada en la imagen que me devuelve el espejo.
Hago equilibrismos con el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja mientras cierro la hilera de botones de la camisa.
Podría poner la opción de manos libres, pero me gusta tener la voz de mi hermana pequeña hablándome directo al oído.
Así su broncazo tiene mayor impacto, que es el impacto que ella quiere que tenga.
—O sea —resumo— que no te parece un abuso de poder que haya reaccionado despidiéndome sin darme siquiera la oportunidad de explicarme.
Laia vuelve a suspirar al otro lado de la línea. Si me esfuerzo, me la puedo imaginar cambiando el móvil de oreja y corrigiendo la postura tendiéndose sobre el costado contrario.
Cuando retoma la conversación, lo hace bajando la voz un par de tonos.
Supongo que habrá oído el sospechoso crujido de una puerta al final del pasillo, los pasos de alguno de nuestros progenitores cerniéndose a traición sobre su dormitorio —un lugar más blindado que el Pentágono— o las llaves de casa entrando en la cerradura del acceso principal.
—Claro que me parece una medida exagerada, pero no mucho más amoral que tu jueguecito. Y puede permitírsela, que es a lo que voy. Es la estrella del documental, Xicu.
Esas fueron las mismas palabras que me dirigió Javier camufladas entre disculpas y justificaciones que ni él se estaba creyendo:
—Verás, chico —empezó a plantear alrededor de diez horas atrás. No habían pasado ni quince minutos desde la precipitada huida de Fayna y ya me había pedido con un gesto cargado de secretismo que le acompañara a su despacho, como si fuera a encargarme medio pollo—, ha habido un cambio de planes.
—¿Vamos a posponer las grabaciones? —pregunté en mi ingenua ignorancia.
En el fondo de mi corazón podía figurarme que había habido un problema de proporciones homéricas después de ver a Fayna desaparecer sin estrecharme la mano.
Y que ese problema tenía, en realidad, mis proporciones, que no son homéricas, sino solo un poco por encima de la media.
Pero yo había elegido —o me habría gustado— confiar en su profesionalidad.
—No. Mira, es que Fayna... Habrás notado que no está del todo convencida con tu colaboración en el proyecto.
Yo he tratado de dar su brazo a torcer, que conste.
Le he explicado que eres un joven estupendo, que tu trayectoria hasta ahora es impecable, pero...
Ya sabes cómo son las estrellas, ¿no? —se rio con turbación, rascándose la nuca—.
Has trabajado con actrices más de una vez.
¿Te apetece un café? Puedo ofrecerte magdalenas, también.
—Ninguna profesional suele abandonar proyectos o exigir que otros lo hagan solo porque no se llevan bien fuera del set —me defendí.
Huelga decir que no iba a especificar que no es que «nos lleváramos mal fuera del set», sino que casi nos llevamos a la cama fuera del set.
Me pareció de justicia rechazar el apetecible plato de muffins que me estaba acercando con la esperanza de limar asperezas. Al final, él estaba permitiendo y hasta respaldando el exabrupto de su estrella, lo que le convertía en mi enemigo.
Y al enemigo, ni agua, ni bollería industrial.
—Estoy de acuerdo contigo —convino con benevolencia.
—Pero si no te he malinterpretado, me estás despidiendo, ¿no? Porque ella te lo ha pedido. Exigido, más bien.
Javier dejó el azúcar refinado de la paz sobre el escritorio y se derrumbó en la silla giratoria. Yo permanecí en pie al otro lado de la muralla inescalable que en ese momento representaba la mesa de la oficina.
Él estaba en el lado de los vencedores y yo en el de los perdedores.
—Cesc, me encantaría imponer mi criterio sobre los caprichos de Fayna, pero desde el principio le prometí que tendría plena libertad para hacer y deshacer a su antojo.
Lo pone en el contrato. Y, sin ella, no hay documental, ¿entiendes?
Si tuviéramos que grabar un anuncio de un menú de McDonald’s o encontrar al nuevo protagonista de Élite , podríamos sustituirla por Lola Lolita o alguna de las otras muchas influencers que tienen tirón en TikTok, pero no es el caso, ¿o tú te imaginas a alguien que no sea @lafaynasilvestre paseando por las maravillas naturales de Lanzarote? Nuestra chica es una entre un millón.
En eso tuve que estar de acuerdo, y no solo porque sea canaria y le corresponda el trabajo de sermonearnos sobre su biodiversidad, sino por motivos que no iba a comentar con Javier.
Eso no significaba ni significa, aun así, que vaya a renunciar a la oportunidad.
Heme aquí, pues, barajando con mi hermana adolescente, una suerte de oráculo con el que la vida me bendijo a última hora, el método adecuado para recuperar mi trabajo..., que, por supuesto, pasa por convencer a Fayna de que yo también soy uno entre un millón.
Lo cual tampoco deja de ser cierto.
Me consta que para el puesto de cámara y director del documental se han postulado más de doscientos expertos del sector, entre ellos ayudantes de cámara o dirección de las series más aclamadas de la plataforma BNA , Amazon Prime o Netflix; ganadores de festivales de cortometrajes a lo largo y ancho de Europa y hasta un tipo que recibió una mención honorífica por su película naturalista en Sundance, un logro con el que todos soñamos pero solo unos pocos alcanzan.
Por lo visto, se trataba de un loco de Wyoming con antepasados cubanos que, además de director, es guionista.
En los últimos cinco años ha recibido más de una decena de premios por sus películas de ciencia-ficción con trasfondo ecologista.
En cuanto supo que una chica con sus mismas inquietudes medioambientales iba a realizar una denuncia social en defensa de su tierra, uno de los lugares del mundo más protegidos —o al menos admirados— por su belleza natural, se peleó con quien hizo falta para entrevistarse con Javier.
Pero me eligieron a mí.
Sé que el productor se decantó por un humilde servidor porque quería un equipo de jóvenes talentos con un número significativo de seguidores en redes y, a poder ser, afiliaciones progresistas.
Esto último no tendría otro propósito que complacer a la combativa Fayna y asegurarse de que convivir con su equipo durante las grabaciones le resultaba placentero.
Su argumento tuvo que ser el siguiente: si todos votábamos al mismo partido, le daríamos siempre la razón.
(Como si la izquierda de este país no llevara cuarenta años fragmentada.)
También sé que, si bien Javier Varela confesó que se decantaba por mí por esta razón, nunca me ha preguntado mi opinión sobre el agujero de la capa de ozono o las crisis humanitarias que la protagonista nos recuerda con fervor en sus redes sociales.
Ha asumido que tengo conciencia social porque llevo un puñado de piercings en una oreja y en nuestra primera reunión pedí bebida de avena con el café.
Pero sobre todo sé que, sin haberme preguntado mi opinión política, pretende largar en todas las entrevistas que el equipo en su conjunto es algo así como los Power Rangers del veganismo y la ropa de segunda mano, seamos nosotros fans del seitán y pillar la sarna en el Humana o no.
Que ya digo yo que no, no lo soy.
No tengo nada en contra del seitán, pero prefiero un bistec. Y no quiero la sarna, gracias.
Esta falta de correspondencia entre la verdad y lo que se quiere transmitir no me extraña y tampoco me importa.
Conozco de sobra cómo funciona el mundillo, cómo tiende a publicitar sus proyectos, y he aceptado adherirme a sus condiciones, que se sustentan sobre el siguiente lema: «No pasa nada si estás lleno de mierda mientras huelas de puta madre».
Al final, es como estar delgado. Si por dentro andas gestando enfermedades gastrointestinales crónicas por exceso de comida basura o alojas una masa de grasa visceral de cinco centímetros que te tiene al borde del infarto de miocardio, será indiferente siempre y cuando gastes una talla treinta y cuatro.
—Te voy a tener que dejar, Laia. La cena es a las nueve y todavía me quedan quince minutos andando hasta el restaurante.
—¿Qué restaurante?
—El Magari, donde Javier Varela ha decidido organizar la cena para que el equipo intime.
—Pero si... Xicu, ¿cómo te vas a presentar allí sin más? ¡Te han echado!
—Del proyecto, no de todos los restaurantes de Madrid. A mí nadie me ha prohibido cenar ñoquis. Puede ser una coincidencia que me tope con ellos al salir.
—Xicu...
—No te preocupes por mí. Luego me cuentas qué has comido, ¿de acuerdo?
—Oye, no hagas ninguna tontería...
—¿De acuerdo? —insisto, y aguanto con la respiración contenida hasta que Laia me da su palabrita del Niño Jesús: «Te mandaré una foto, sí, pesado».
Solo entonces puedo suspirar, aliviado, y colgar para emprender la marcha.