Capítulo 4
Fayna
Al ser las paredes de cristal tintado, por fuera he podido atisbar las siluetas de mi futuro equipo y también escuchado sus voces enfrascadas en una conversación que se intuye interesante.
Lamento haber pasado antes que Javier. Todos los ojos caen sobre mí y no sé a quién mirar o qué decir.
Como una niña que busca la mano de su padre, me giro hacia el productor. Él se apiada de mi timidez adelantándose de inmediato. Sortea la esquina afilada de la larga mesa central para interpelar al primer individuo.
—Fayna, te presento a Guayasen, el sonidista y editor que te acompañará en la ruta. Como habrás notado por el nombre, me he preocupado de que se contrate a un isleño.
Por como me mira Javier, sospecho que espera que prorrumpa en llantos, aplausos y exagerados agradecimientos. No hago nada de eso, en gran medida porque una enmudece cuando tiene delante a un sujeto como el llamado Guayasen.
Es un tipo grandón, no puede describirse de otra manera.
Ni gordo ni fornido, simplemente robusto y alto como un campanario.
Un puntal de lucha canaria, en definitiva.
Las gafas de culo de vaso que empequeñecen unos ojos de color incierto rebajan su apariencia intimidante.
Viste con la sencillez de quienes nunca se han preocupado por los trapos y tendrán un armario con tres o cuatro mudas, no más; la clase de gente a la que respeto porque ha alcanzado el nivel de frugalidad extremo al que yo, hallándome en el estadio final de persumiditis aguda, aún aspiro.
Creo que su camiseta de manga corta hace alegoría a un anime clásico, pero me es imposible confirmarlo mientras le doy dos besos.
—En realidad me llaman Yasen —dice en un tono sorprendentemente monocorde para conservar el acento canario intacto. Si algo somos los isleños, es expresivos—. Yasen Sengoku.
Estoy a punto de preguntarle si tiene algún antepasado japonés, pero me parece improcedente —y bastante improbable— y me limito a sonreírle algo perpleja.
—Fayna, ven. —Javier gesticula muy acelerado. Por lo que lo conozco, siempre tiene prisa porque siempre tiene que estar en alguna parte—. Traída de Córdoba, aquí tienes a Candela...
—Cancán —lo corrige de inmediato la chica, que se aparta del productor con la impaciencia de los ansiosos para darme un caluroso abrazo.
De pronto, todo lo que tengo en mi campo de visión es un metro sesenta de maquillaje digno de drag queen y pelo teñido de negro azulado y naranja.
Su atuendo solo podría describirse como «dominatriz parisina de principios de 1900 »—.
¡Me encanta tu contenido! ¡He visto mil veces tu vídeo sobre la autoestima!
¡En serio, casi me lo sé de memoria! ¿Y no notas a qué huelo?
¡Uso para lavarme el pelo el jabón de romero y lavanda que pusiste de moda!
Dios, ¡eres todavía más guapa en persona! ¡Qué fuerte!
Abrumada por el entusiasmo pero decidida a no ofenderla con mi carácter mucho menos cercano, disimulo el pasito atrás y disimulo más todavía que intento sacarme sus brazos de encima.
Es un encanto de criatura, aun así. Llevo suficiente tiempo recibiendo halagos similares como para saber distinguir a quién lo dice para sacarse la foto a cualquier precio de quien de verdad ve, da «me gusta» y comenta en mis vídeos en cuanto los saco del horno...
... si el algoritmo tiene la gentileza de mostrárselos, claro.
—A ver si adivino. Vas a encargarte de mi maquillaje.
—Uf, ¿lo dices porque me he pasado arreglándome para venir?
No es la primera vez que estoy en Madrid, ni siquiera es la primera vez que trabajo para BNA , pero todavía no me acostumbro a esto y en las reuniones intento estar impecable.
Se nota demasiado que me esfuerzo, ¿a que sí?
—Se muerde el labio, delineado con lápiz nude marrón, pintado en los extremos de granate y clareado en el centro por un puntito de rosa.
Encima va la capa de gloss , por supuesto—.
Todavía tengo mucho que aprender de Armani: «La elegancia no es entrarle a la gente por el ojo, sino grabarte en su memoria». Algo así dijo.
—Vas a grabarte en mi memoria, por eso no te preocupes. Me encantan los corsés y los peinados atrevidos. —Le guiño un ojo.
Y no miento. Podría seguir halagándola hasta el infinito, pero de seguro Candela no encontraría válidas todas las razones por las que la admiro.
Una de las principales es que siempre respetaré y vitorearé a una mujer que se hace notar en los espacios, sea con su apariencia estridente o con sus opiniones controvertidas.
Hay que tener, aparte de personalidad y estilo propio, una gran seguridad para atreverse a salir de casa con lo que una ha querido ponerse.
Yo sé mejor que nadie lo que es que te miren por encima del hombro por no limitarte estrictamente a los mom jeans , la camisetita de tirantes, las Adidas que Javier me quiere colar para pasearme por «Agana» y el clean look .
¿ Clean look ? Por favor. Mi referencia es FKA Twigs.
—¿Fayna? —me llama Javier—. Ven por aquí...
Gracias, sí, esta noche seguiremos todos intimando, no hay por qué hacerse mejores amigas ahora mismo.
Verás; hacía falta una asistente, y como mi mujer lleva mucho tiempo pidiéndome que le dé trabajo, que está harta de no hacer nada, que se aburre en Madrid, pues...
Bueno, eso, que te presento a Karen. Se hará cargo de tus necesidades.
Procuro no exteriorizar la opinión que me merece que me haya revelado tan pronto su injusto nepotismo. Él debe saber que estoy radicalmente en contra de colocar a la peña a dedo, pero supongo que agradezco que el trabajo que va a desempeñar no sea el de grabar, editar o maquillar.
Algo que requiere formación, vaya.
Al principio, mi disposición al ir a saludar a Karen es buena. Extiendo la mano para darle un apretón ejecutivo y le sonrío. Ella pone su empeño en corresponder mi simpatía, pero el abuso de ácido hialurónico y Dios sabe cuántos retoques estéticos le curva el labio superior de un modo antinatural.
— Hi! I’m Karen, this rake’s wife —se presenta lanzando una mirada juguetona a su marido.
Nada más saludarme, hace aspavientos letales: sus extensiones de uñas dan la impresión de que esté haciendo malabares con cuchillos.
No quiero ni imaginar cómo y dónde acabarán los tips de gel si se los lleva así mismo a pasear «por la selva»—.
I love your work. I think you’re an excellent content creator and a better communicator.
Busco en Javier una explicación al uso del inglés.
Ya sabía que su mujer era californiana y que la conoció en los estudios originales de la empresa. Bromea al respecto siempre que puede: «Mi mujer tiene un paladar norteamericano».
Podría haber mencionado que también tiene la costumbre norteamericana de hablar solo su lengua materna y no aspirar al bilingüismo obligatorio en el resto del planeta.
En cualquier caso:
— Thank you, Karen. Pleased to meet you.
Javier regresa a mi encuentro transcurrido un tiempo prudencial desde la presentación.
Seguro que estaba esperando a que se me pasara el enfado porque me haya metido con calzador una asistente a la que no podré echarle la bronca sin que me pongan una demanda judicial.
Por desgracia, ha cometido el error de dejarme diez minutos a merced del parloteo incansable y con acento del Valle de San Fernando de una mujer que no tiene la menor idea de lo que va a hacer con nosotros.
A no ser que lo que vaya a hacer con nosotros sea pegarse unas vacaciones de la hostia, que en ese caso lo tiene clarísimo.
—¡Ya casi estamos todos! —me interrumpe el productor viendo que iba a decir algo del palo «¿Qué significa esto?
» o «No tienes vergüenza». Javier espera amorosarme o disuadirme de montar un pollo cogiéndome de la mano—.
Solo te queda conocer al cámara y director del documental.
Es muy joven, solo tiene veinticinco años, pero quedó finalista en dos certámenes de cortometrajes nacionales muy conocidos.
No sé si has oído hablar del MECAL y del Festival de Cine de Málaga.
¡Bueno! —continúa, sudando la gota gorda y sin mirarme a los ojos.
Apuesto a que está notando que lo fulmino con los ojos láser de Superman—.
¡Y también le hicieron una mención de honor en IN THE PALACE , el festival búlgaro que otorga calificaciones para los Oscars!
Su proyecto de fin de grado ganó en Gijón...
—En realidad gané el MECAL y quedé finalista en Gijón —le corrige el aludido.
Estaba acumulando saliva y aire para preguntarle a Javier si ha perdido el juicio con lo de la becaria yanqui, pero la intervención del rey de Roma anula por completo mi ánimo belicoso.
Toda la sangre se me va a los pies en los delirantes segundos que tardo en girar sobre los talones y posar la mirada en la mano de pulseras de cabo, de la suerte y ojo turco que el llamado Cámara-y-Director dispara hacia mí con una seguridad rayana en lo ofensivo.
Si me estuviera grabando para uno de sus afamados cortos, la escena se desarrollaría así: la cámara imitaría el recorrido de mi mirada y treparía desde los largos y bronceados dedos hasta el hombro, pasando por el lino arrugado de la camisa blanca, y se desenfocaría en cuanto hubiera llegado a su rostro antes de conjurar con dolorosa nitidez una cara que he tenido tres horas pegada a la mía.
—Hola de nuevo —me saluda Cesc en voz baja. Barbilla agachada para quedar a mi altura, ojos ardiendo como fuegos de artificio, insinuación de sonrisa—. Te he visto en redes y me pareces muy interesante. Será un placer trabajar contigo.
Palabras clave: «visto». «Redes». «Trabajar». «Contigo».
«De nuevo».
Arrebatada por una energía oscura y superior a la buena educación, me giro en redondo sin decir ni pío.
En el corto que he grabado en mi cabeza, la cámara me seguiría a mí, la protagonista, en mi impaciente salida de la sala de reuniones, y enfocaría solo un segundo la cara de pasmo del personaje masculino.
Quizá habría también un plano detalle de su mano flotando en el aire con abandono para impedir que me vaya. Una musiquita dramática de Hans Zimmer sonando de fondo.
No me paro cuando salgo al corredor principal. Continúo mi camino con la tote bag ceñida al hombro hasta haberme retirado lo suficiente del punto de encuentro para que mi futura y acalorada discusión con Javier se desarrolle sin interrupciones.
Espero con la espalda apoyada en otra de estas paredes acristaladas pero tintadas, algo que ahora, en el apogeo de mi indignación, me parece una absurdez —o acristalas o dejas las paredes como son, digo yo—, y me llevo las uñas a la boca para empezar a morder lo poco que queda de ellas.
Sigo esperando con todo el peso en una pierna. La otra tiembla como temblaría todo mi cuerpo si no fuera experta canalizando la ira.
—Te lo puedo explicar —es lo primero que dice Javier con las manos en alto—. Verás, mi mujer está determinada a pedirme el divorcio si no...
—Ya estás mandando a mudar al cámara.
Javier había seguido balbuceando justificaciones con un hilo de voz. Tarda en asimilar que el problema no va con él, y, cuando lo hace, una luz esperanzada destella en sus ojos castaños.
Tan rápido como llega, se extingue.
El problema sí va con él, solo que no es el que cree.
—¿Al cámara? ¿A Montseny? ¿Por qué? ¡Si es el miembro más importante de la producción después de ti! ¡Y el mejor formado, si me apuras!
—No voy a trabajar con ese tío. Dile que se mande a mudar.
—¿Que se mande a...? Pero ¿por qué? No te ha dado tiempo a hablar con él. Deberías leer su currículum. Es impresionante. Un niño prodigio de la cámara, te lo aseguro. ¿Sabes lo difícil que sería encontrar a otra persona con una visión fresca y juvenil, que pueda grabar y también dirigirte...?
—¡Dirigirme! —repito con la voz aguda—. ¡Ese lo único que va a dirigir es su puto culo a su puto choso!
—¿A su qué?
—¡A su casa!
—Pero... pero... pero... —Sus ojos redondos me apuntan, desorientados—. Fayna... No te pega nada ponerte caprichosa por una cuestión irracional. ¿Es que quieres dinamitar el proyecto? ¿Cómo quieres que consiga otro cámara y director en menos de un mes?
Interrumpo a Javier amenazándolo con un paso al frente y un dedo en alto.
—Puedes llamarme Frank de la Jungla. Puedes hacerme llevar playeras Nike, gafas de Versace y hasta un vestido de novia de Vera Wang por los encantadores parajes canarios.
Puedes obligarme a reproducir palabra por palabra un guion escrito por Donald Trump que haga apología del fascismo.
Pero no voy a trabajar con él, ¿me oyes?
Y es mi última palabra, así que hazlo posible.