¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Fayna

De lo que ocurre desde que me bajo del avión hasta que me presento en las oficinas del edificio de BNA solo recuerdo el silencio.

Un silencio punzante que me persigue muy de cerca, el monstruo de la nostalgia que te echa el aliento frío en la nuca.

Es una sensación muy parecida a la que se experimenta cuando vuelves a casa después de haber roto con alguien, o, lo que es lo mismo, con la certeza de que no lo volverás a ver.

Como no he querido pararme a pensar en el significado que pueda haber tenido lo sucedido o si debería haber manejado la situación de otra manera —por ejemplo, ofreciéndole acompañarme a mi alojamiento y luego el regalo de mi desnudez—, he aceptado con gusto sumirme en el mutismo ausente que viene con el shock.

A posteriori me he duchado en el hotel para personarme con un aspecto aceptable en la reunión.

Considerando que fueron los productores y ejecutivos de la plataforma los que me llamaron por teléfono para ofrecerme el proyecto, no creo que se espanten si descubren que, en lugar de echarme un sueñecito reparador la noche previa al Gran Día, di putivueltas por la Playa de las Américas hasta que dejaron de responderme los pies, y que en parte por eso —no es la única razón; a fin de cuentas, reniego de los códigos de vestimenta, que me parecen pasados de moda y clasistas— no tengo las pintas más serias del lugar.

Pero no se puede negar que el vuelo me haya dejado un brillo especial en la cara.

Me acuerdo de Fleabag, desesperada en el funeral de su madre porque amanece con un cutis de revista, algo imperdonable según las normas tácitas de los entierros.

En mi opinión, también raya lo obsceno sentarte delante del tocador impersonal de un alojamiento de cinco estrellas y descubrir que echar un ratito de pasión con lo denominado «un random » puede catapultarte al cénit de tu atractivo.

Como no he podido huir de mi mirada vidriosa mientras me pintaba la raya del ojo, tampoco he podido ignorar las reflexiones que han ido discurriendo por mi pensamiento.

No le he pedido el Instagram, de acuerdo. Él tampoco me lo ha pedido a mí.

Me he despedido de él como lo que era, alguien que no conozco. Pero él también.

No se me ha ocurrido que compartiéramos un taxi. Él tampoco lo ha sugerido.

¿Y qué pasa? ¿Acaso es obligatorio intercambiar números con todos aquellos que nos hacen un fisquito de gracia en un lugar de paso? ¿No estamos atentando contra la magia de las casualidades al tratar de capturarla y forzar las condiciones necesarias para que se repitan?

Soy la primera que sabe que el contacto físico dejó de significar algo en cuanto cayó en desuso la tradición de defender la virginidad de las mujeres, y me parece de lujo.

Tiene usted derecho a dar y recibir cuatro besos tontos cuando se aburra o le pique algo, y en caso de no poder por falta de novio, se le asignará un maromo de oficio para cumplir tal propósito en un bar, un parque o un avión.

Y eso no solo es todo, sino que también es lo mejor .

Los dos lobos de la leyenda cherokee que viven dentro de mí sostienen opiniones opuestas pero compatibles: uno de vez en cuando necesita un arrumaco y el otro quiere que lo dejen en paz para no perder el foco, que, en mi caso, es forrarme a expensas de mi trabajo de pandereta.

Cuando uno habla, el otro calla. Cuando el otro actúa, el uno duerme.

Así se encuentra el equilibrio perfecto en este sistema de abstinencias y gratificaciones que son los afectos o los revolcones, lo mismo da que da lo mismo.

¡Ah!, pero hay agazapado un tercer lobo.

El lobo del romanticismo, que es más o menos feroz dependiendo de las sensibilidades de la mujer a la que ronde.

Es ese el que me habla del destino, porque ¿cuál es la probabilidad de que otro hombre lea a Solà, escuche a Los Motorizados y viaje a Madrid el mismo día y a la misma hora que yo?

, ¿de que otro hombre drene mis niveles de hiel en sangre tan solo poniéndome un apodo absurdo que denota que le gusta escucharme y me bese como si fuéramos a estrellarnos?

Mi lobo con pompones rosas en las orejas y pasión por las películas de Nora Ephron tiene claro que esta coincidencia ha sido obra de un complot divino y que este hombre es el Gran Amor de mi Vida y debo agradecer y honrar esta oportunidad corriendo bajo la lluvia, y luego por el aeropuerto —y después por Nueva York, por respetar los escenarios clásicos—, para arrojarme a sus brazos y declarar mis sentimientos con el mayor número de cursilerías que quepan en una oración: There’s no use, Jo, we have to have it out.

I love that you get cold when it's 71 degrees out. To me, you are perfect.

Etcétera.

Gracias al cielo, entre la manada de lobos estoy yo, la princesa Mononoke, proclamando que soy una bestia y no una chica.

Una bestia con una conciencia hiperdesarrollada que se manifiesta en contra de los discursos reduccionistas del romanticismo.

Le ajusto la correa a mis animales para contener su hambre, pues, y pongo los pies en la tierra para recordarme que el amor no existe en esta economía y que la idea de la predestinación, además de ser de una inverosimilitud demencial, encierra una cierta crueldad.

Al final, si fuera cierto que existen las almas gemelas, que sin la nuestra estamos incompletos y que este tipo es el Gran Amor de mi Vida, también es un hecho que acabo de perderlo para siempre porque no le he pedido el Instagram y que el resto de mi existencia será un infierno de soledad.

Por lo que sea, he decidido que, antes que el Gran Amor de mi Vida, sea un don nadie.

Reducir estas bonitas tres horas a un oasis en medio del desierto de la vida laboral, que a ratos parece la única vida que existe.

Unas bonitas tres horas con potencial para convencerme de que hay gente ahí fuera que merece la pena, pero que se quedaron en una anécdota interesante.

¿O acaso no hay también películas que te cuentan lo que pasa cuando persigues un reflejo de luz en el mar? Por seguir respetando las leyes de la probabilidad, es muy posible, casi seguro, que todo se hubiera ido al carajo luego.

Por eso, un par de horas más tarde, me adentro en las entrañas del edificio de BNA revitalizada gracias a mis conclusiones realistas. Incluso liberada. Una pierde entre cinco y doscientos mil kilos cuando se quita de encima el peso de las expectativas.

—¡Fayna, querida! ¡Ya estás aquí!

El saludo lo profiere un hombre de mediana edad con el aspecto mediocre que cabe esperar cuando se describe a alguien como «hombre de mediana edad».

Disimula las entradas con un flequillo desdentado al más puro estilo vasco que su hijo adolescente le habrá dicho que le hace parecer joven para aplacarlo porque se ha gastado un dineral en una peluquería grunge de la gentrificada Malasaña.

Viste el clásico atuendo de vaquero Levi’s — informal ...

— con camisa metida por dentro —... pero serio — que respetan los adeptos del lujo silencioso.

La diferencia entre el sujeto que se dirige a mí y cualquier otro hombre de mediana edad es que este en concreto ostenta un patrimonio que asciende a los veinte millones de euros y trabaja día y noche para especular con ellos para duplicarlos, triplicarlos o lo que corresponda para satisfacer su ambición.

Me parece que en sus ojos se refleja el símbolo del dólar cuando me da dos besos.

Aun y con todo, no me cae mal. Si me tuviera que caer mal todo sujeto con la aspiración de ser el nuevo Jeff Bezos, más me valdría no salir de mi choso.

—¿Has tenido un buen viaje? ¿Has podido descansar? Perdóname por haberte citado a estas horas de la mañana sabiendo que venías de Tenerife, pero ya sabes que tenemos prisa por dejar zanjados los preparativos y el horario de reuniones termina a mediodía. Podrás echarte en el hotel toda la tarde.

Continúa hablando una vez ha iniciado la marcha pasillo a través.

A lo mejor debería sentir curiosidad por el enjambre de abejas que es la oficina de una de las mayores plataformas de visionado del mundo, pero me siento abrumada por la cantidad de gente que pasa por nuestro lado aireándonos la camisa y el tupé respectivamente: el ruido de carpetazos, máquinas de café en funcionamiento, conversaciones elevadas, carcajadas y pasos frenéticos que no ha dejado de taladrarme los oídos desde que entré en Madrid.

—Te recuerdo que por la noche hemos organizado una cena en un restaurante de estrella Michelin para que el equipo intime.

Te los voy a presentar ahora, pero en dirección pensamos que sería buena idea que también nos viéramos en un entorno más distendido para conocernos bien.

Por experiencia te digo que los proyectos suelen salir mucho mejor cuando los involucrados mantienen una relación sana.

Me muerdo la lengua para no replicar. Es demasiado pronto para sembrar discordia y seguramente ya conozca mi opinión.

No estoy en contra de que se forjen amistades de forma orgánica en ambientes laborales.

Supongo que es inevitable cuando te codeas con los mismos fulanos un mínimo de ocho horas diarias.

Pero tampoco estoy a favor de convertir a tus compañeros de trabajo en tus amigos.

Es la manera más rápida e insidiosa que tiene el monstruo del trabajo de acaparar poco a poco el resto de ámbitos de tu vida.

Cuando quieres darte cuenta, solo puedes salir de cañas con la gente de la oficina, y resulta que odias a la gente de la oficina porque, como la confianza da asco, te encasquetan turnos que no te corresponden, hicieron un comentario desafortunado sobre tu nuevo corte de pelo y se han tirado a lo callado al informático que llevabas seis meses diciendo que te gustaba.