¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—¿No hay una canción de Daddy Yankee que dice algo al respecto?

—pregunta en voz baja. Han apagado las luces del pasillo para activar el modo vuelo en tanto que el amanecer florece en el cielo.

El reloj aún debe marcar las seis y media—.

Tú eres hielo, yo soy fuego, vamos a ver quién se va a quemar.

—¿Escuchas a Daddy Yankee y también a Él Mató A Un Policía Motorizado? —improviso con la sonrisa alterada por los nervios. Cesc tiene que estar percibiendo mi rigidez e interpretándola como debe ser interpretada—. Qué chico tan completo.

El corazón me late a toda pastilla. Sabe algo que yo ignoro, o, mejor dicho, algo que no quiero saber pero sobre lo que debo decidir ahora, ya , si voy a actuar o no.

Las mujeres nacemos con un chip integrado en el sistema que empieza a pitar como loco ante la promesa o amenaza de un beso.

O quizá no sea tanto un presentimiento como solo una intuición muy obvia que se activa cuando recibimos una mirada anhelante.

La cuestión es cómo se responde a esa primera piedra. ¿Se abre la ventana?

Le he dado muchas vueltas a cada sugerencia romántica que se me ha presentado esta noche, cuya celebración, por haber acontecido en mi nombre y haber sido costeada gracias a mi bolsillo, me ha puesto en una posición de sujeto deseado que ha atraído a mi espacio de la pista a hombres y mujeres de todas las calañas, nacionalidades e intenciones.

Todas las he sopesado y luego rechazado por responsabilidad —me esperaba un viaje a las pocas horas— o desinterés.

Pero esta vez, ahora, por cansancio físico o por una apertura emocional sin duda patrocinada por el cansancio, ni me opongo ni me lo cuestiono, y menos cuando él contraataca en voz baja:

—Y tú qué chica tan guapa.

Cesc se inclina sobre mí lo bastante despacio para darme la opción de retirada.

Me encuentro con él a medio camino.

La sensación de sus labios contra los míos es la misma que la de encajar la última pieza del puzzle, de una satisfacción tan sobrecogedora que toda la frustración de la búsqueda, la prueba y el error se cristalizan en un liberador deseo de llorar.

Sorprendida por la visceralidad de mi reacción, me llevo una mano cerrada en un puño al pecho.

Él esquiva mi melena para rodearme la nuca con dedos cariñosos, llenos de caricias persuasivas, y profundizar el beso.

No hay una violenta invasión de lengua. No hay una escena erótica de película porno, de esas que empiezan con un besuqueo y terminan con sexo frenético en un baño a mil pies de altura.

Cesc atrapa mi labio inferior, luego besa el superior y espera con paciencia inquisitiva a que yo devuelva sus iniciativas.

No sé cuánto rato pasamos así, enredados en un abrazo que parece no tener fin, pero lo que le pone fin no es el hartazgo, sino la ardiente necesidad de acercarnos más.

Cesc nos quita el cinturón en un descuido y yo, sin dejar de responder los tiernos ataques de su boca, cada vez más exigentes, obedezco al deseo sentándome en su regazo.

Le echo los brazos sobre los hombros torneados.

Él facilita un abrazo con más sentido, un abrazo en el que se involucran dos, separándose del respaldo y yendo a buscar mi pecho y mis labios con la cabeza ladeada.

Al principio temo que nos interrumpan, que me graben y lo suban a redes sociales, pero el avión se ha sumido en el silencio soñoliento de las mañanas de domingo.

Las azafatas siguen en sus asientos hablando entre susurros de sus andanzas de fin de semana.

Quienquiera que pudiese estar interesado en mi vida sexual, si es que esto es algo relacionado con la sexualidad y no un delirio incomprensible, no tiene los ánimos para levantar su iPhone con el botón REC activado.

Sea lo que sea que dure, me parece insuficiente para cuando las trabajadoras se preparan para su ronda de cafés, perfumes y lotería —en ese orden— y nos descubren violando al menos dos normas de seguridad.

La que nos reprende por malportados procura hablar en voz baja y, como castigo por habernos convertido, por lo visto, en poco menos que un peligro público, nos insta a volver a ponernos el cinturón a pesar de que no es obligatorio en este tramo.

Me aparto el pelo de la cara, me paso la lengua por el piercing del labio inferior y espero a haber serenado mi pulso para mirar a Cesc, que también respira con la boca entreabierta.

Le he dejado rosetones de mi pintalabios marrón en las comisuras y la barbilla, y su barba le ha regalado a mi piel una leve irritación.

Lo cazo limpiándose el mentón con el dorso de la mano y contemplando con una sonrisilla perversa la mancha de carmín en su mano.

Esa no solo no se la limpia, sino que la besa con delicadeza. Luego se gira hacia mí en silencio y me toma de la barbilla para tirar hacia él.

Resulta que uno puede besarse aun sentado de forma decorosa en un avión.

Resulta, también, que uno puede besarse durante casi tres horas seguidas.

No sé cuál será la probabilidad de que ocurra, pero apuesto a que es de una entre once millones.