Capítulo 2 #2
—Son difíciles de diferenciar si no eres de la zona —le concedo con un asentimiento.
Seguimos cogidos de la mano. Parece que esperemos que nos hagan la foto de dos políticos de la OTAN .
O que ocurra algo de peso que justifique romper un contacto deseado, como, por ejemplo, una catástrofe nuclear—.
Pero si quieres averiguar si alguien es de Tenerife o de Gran Canaria, pregúntales cómo se refieren a las palomitas.
Nosotros les decimos cotufas por la herencia venezolana. Los canariones les llaman roscas.
Cesc vuelve a sonreír despacito, como si supiera que el gesto es un flechazo a traición y debiera asegurarse de que puedo soportarlo.
Tiene los dientes rectos, pero no de la forma artificial que otorgan un retenedor y fundas nocturnas de por vida, sino un regalo de nacimiento.
Un indicio de barba le sombrean el bigote y la mitad inferior del rostro.
—Cotufas —repite con ese acento peninsular que respeta las eses finales.
Chasqueo la lengua.
— Qué manera de quitarle la diversión al lenguaje tienen ustedes los godos.
Él se encoge de hombros con alegría. «Culpa mía no es», dice con el gesto.
—Y además de única en el mundo y lingüista de modismos canarios, ¿a dónde irás cuando aterrices? ¿Viajas por negocios o por placer?
«Eso depende de ti», responde una voz oculta en mis entrañas.
O no tan oculta, porque vengo de echarme unos bailes y, claro, #ModoFlirteo ON .
—Si te lo dijera, tendría que matarte.
Suelta una risa inesperada que sirve para ponerme en contacto con la Tierra.
Carraspeo, más o menos recuperada de la intensa e inesperada complicidad, y recupero mi mano.
Siento latir la calidez de su contacto en la palma mientras medito dónde depositarla, si en el regazo o en el reposabrazos.
Temo que se dé cuenta de que por un momento ha dejado de pertenecerme y no sé qué hacer con ella.
—Tu trabajo no puede ser más peligroso que el mío.
—¿En qué trabajas tú?
—Según mis padres, en ser una constante decepción. Es un curro a tiempo completo y con pocos beneficios.
Su humor oscuro no revela ninguna antigua tristeza, así que me permito reírme.
—En mi caso, solo firmé un acuerdo de confidencialidad con la empresa que me contrató. Hasta que el proyecto no vea la luz, no podré hablar de él. Lo siento.
Cesc me sondea con la mirada, sospecho que por gusto y no porque no me crea.
Supongo que si hubiera seres con el don de leer la mente, serían los que pertenecen al dos por ciento poblacional que ha nacido con la anomalía de los ojos verdes. Según sé, no se debe a un pigmento esmeralda, sino a la dispersión de la luz en la falta de melanina.
Se supone que es un defecto.
Que se lo digan a él.
O a quien se lo crea.
—No pareces muy ilusionada, Cotufas.
Abro la boca para recalcar que no puedo profundizar en detalles porque me debo a mi promesa, a mi empresa, a mi público.
Termino cerrándola porque quiero contárselo: me rebelo como aquel libro de Cristina Morales: ni amo, ni Dios, ni marido, ni partido de fútbol ; en este caso, ni empresa, ni contratos, ni silencios obligados.
Pero justo entonces el avión adquiere velocidad de despegue y sale de la pista en dirección a los sempiternos cielos encapotados del aeropuerto Tenerife Norte.
Intento mantener una expresión más o menos serena presionando el respaldo con toda la fuerza de mi cuerpo.
—Un controlador aéreo con el que salí me contó que el tipo que construyó este aeropuerto no era un lumbreras, ¿sabes?
En esta zona del norte de la isla hay siempre muy mala visibilidad por la panza de burro, las nubes bajas y los vientos.
En solo un día tuvieron que desviar trece vuelos al sur porque no se pudo aterrizar. Imagina.
—¿Panza de burro? —repite, encantado—. Qué concepto tan adorable.
—A mí siempre me recordó a Platero y yo .
Mi padre me contaba de pequeña el cuento de Juan Ramón Jiménez a su manera: «Platero era pequeño, peludo y suave...
y cuando se fue al cielo, se quedó atrapado en las nubes de lo gordito que estaba y por eso la pancita le quedó asomando en el norte de la isla».
Me habría encantado regodearme en la risita cálida de Cesc, pero el avión desciende bruscamente antes de acelerar su ascenso. El inesperado movimiento me forma un nudo en el estómago y la garganta, y mi primera reacción es agarrar de la mano a mi compañero de viaje.
Él, a lo mejor acostumbrado a las turbulencias o a las mujeres miedosas, no se queja y cierra los dedos en los huecos de los míos.
—¿Cuántos besos diste ya en la séptima fila del cine, como canta Día Sexto, con la excusa de una película de terror? —bromeo para quitarle importancia—. Reaccionas con demasiada naturalidad al abuso de una desconocida.
Menea la cabeza mientras cuenta para sus adentros.
—Alguno que otro. Pero no he dado ninguno en la última fila de un avión.
Me habría encantado burlarme de su burdo flirteo. Por desgracia, el boeing la ha tomado conmigo y parece decidido a cumplir cada uno de mis malos presagios: otra sacudida me hace respingar y apretarle la mano con fuerza.
—Parece que los isleños del sur sois más de agua que de aire, ¿no?
—comenta con la dosis justa de dulzura, la dosis justa de diversión, todavía mirándome, y no de reojo: ha recostado la cabeza de lado, una postura que me parece, de nuevo, perruna en el mejor de los sentidos.
Y entrañable—. ¿O los barcos también te aterran?
—Los barcos están bien —atino a responder. Trago saliva y le devuelvo la mirada consciente de que trasluce mi pavor—. ¿De qué signo serían ustedes, los godos? ¿Tierra?
Cesc sonríe ajeno al bamboleo del avión.
—Yo soy ibicenco, Cotufas; isleño del este. Y, por cierto, nosotros también llamamos así a las palomitas en nuestro dialecto eivissenc . O casi. Es catufas .
Le agradezco con una risita crispada la bondad de distraerme con más cháchara.
—Entonces eres de agua también —murmuro con la lengua trabada—.
Oí hablar una vez de la belleza de Es Vedrà y de las aguas mediterráneas que bañan sus costas convirtiéndolas en un paraíso turquesa.
Aquí el clima subtropical no nos permite un paisaje tan amable.
En el sur del que yo vengo, la tierra es árida y caprichosa.
Él me atiende con un interés tan halagador como intimidante.
—Pero la gente no.
—No, la gente no. —Le devuelvo la sonrisa con los nervios a flor de piel, todavía sin mirarlo directamente. No sé por miedo a qué—. Aunque seamos isleños, nosotros somos más fuego que agua. Volcánicos.
—¿Y cómo se complementan nuestros signos? —pregunta, muy atento.
Siempre he pensado que los hombres que hacen preguntas tienen mucho peligro.
—¿Según la naturaleza? Pues uno causa la extinción del otro, así que tú dirás.
—¿Y según la astrología?
—¿Qué sabes tú de astrología?
—Lo suficiente.
—¿Gracias a los conocimientos que te legó una chica alternativa?
—Por descontado. Como los besos en la séptima fila del cine.
Recuesto la nuca en el respaldo y respondo mirando al techo.
—Nuestros signos simbolizan una unión pasional. El fuego es el deseo y el agua la sensibilidad.
Como no contesta y he sido consciente del peso de mi respuesta, inspiro hondo y me preparo física y mentalmente para enfrentarlo. El avión se ha estabilizado, pero no he retirado la mano, y no tanto por falta de ganas como porque él ha apresado la mía y no da muestras de querer devolvérmela.
Cesc sigue con la cabeza apoyada en el asiento, la cara orientada hacia mí. Me mira a través de las pestañas, sin rastro de sonrisa pero con algo aún más poderoso que la mera simpatía dotando de una intensidad especial sus expresivos ojos.