Capítulo 2
Fayna
Todavía no he conocido a nadie que no odie las compañías aéreas de bajo coste con todo el fuego de su alma.
Principalmente porque sabemos que, al final, el coste no es bajo.
No solo te cuesta la dignidad de viajar encorsetado y perder un elevado porcentaje de los vuelos debido a legítimas huelgas o retrasos que no piensan justificarte.
El precio también es monetario. Como ya hemos visto, hay que abonar sesenta deliciosos euros extra si tu maleta engorda en el destino inicial por culpa de un atracón de souvenirs ; veinte más si quieres elegir tu asiento para no viajar a diez filas de distancia de tu aerofóbico hijo de seis años o bien evitar la cola del boeing, donde el motor barrunta si estrellarse entre terroríficos bramidos.
Pero, con diferencia, el último jueguecito al que nos hemos prestado de forma más o menos voluntaria es especialmente diabólico.
Se ha puesto de moda que, un rato antes de embarcar, recibas un correo que especifica que tu reserva «ha sufrido un cambio» — de parecer, me imagino — y que tu número de asiento se ha visto afectado.
Lo que no te dicen es a qué se debe: a que, suponiendo que alguien se quedará en tierra por impuntual o por razones de fuerza mayor, han vendido más asientos de los ciento ochenta y nueve de los que dispone el aeroplano.
¿Resultado? Bienvenido a Los Juegos del Hambre .
Este ha sido mi caso en la madrugada de hoy.
En principio iban a sentarme en la fila diez, con la suerte de poder estirar las piernas a cambio de encargarme de las puertas de emergencia en caso de aterrizaje forzoso —un trueque la mar de razonable—, y allí me disponía a plantar las posaderas cuando de pronto me topo con que hay alguien ahí sentado.
Un azafato demasiado alto como para no sufrir claustrofobia en un avión de dos hileras nos atiende sin perder la calma y me escolta al fondo para indicarme el asiento del pasillo, «el que me corresponderá durante la travesía, gracias por su comprensión y un cordial saludo»: butaca 38A o Virgen de Núremberg, apodo para sus amigos los torturadores de la Inquisición.
Sé que los trabajadores a pie de campo no tienen ninguna culpa, pero yo tampoco.
Arrojo mi libro y la riñonera al asiento de en medio expresando mi desacuerdo.
Tecleo un mensaje rápido a mi padre para informarle de mi paradero —pájaro de hierro a punto de alzar el vuelo— y destino —capital del Reino de España— y me dejo caer con cansancio en el maltrataculos de la última fila.
Ya con el cinturón puesto, me giro a recoger mis pertenencias.
Los ojos se me desvían a la pantalla iluminada del privilegiado pasajero de la ventanilla, que no tendrá que levantarse para que nadie estire las piernas, orine, pelee con el asiento que pretende cambiarle a quienquiera que vaya aposentado junto a su pareja o solo dé por saco.
El rectángulo de luz exhibe la portada y título de la canción que está escuchando en Spotify: El Magnetismo de Él Mató A Un Policía Motorizado.
«Cámbate las patas», alucino.
Ceñuda por la pareja de casualidades que llevo contadas hoy, levanto la vista con las gafas de tres euros con cincuenta a punto de caérseme del puente de la nariz.
Objetivo: descubrir quién me ha copiado otro rasgo de la personalidad.
Vuelvo a verme las caras con el libro de Irene Solà en catalán y con los vibrantes ojos verdes del rebelde sin causa, que ya me estaba mirando a su vez con un rastro de sonrisa a medio hacer... o a medio abortar.
No sé si la está conteniendo o le está costando desplegarla en todo su esplendor.
Con una familiaridad que me deja con la duda de si lo conozco, coloca la novela formando el tejado de una casita en su regazo y utiliza el dedo índice para subirme las Ray-Ban de baratillo hacia el entrecejo.
El aturdimiento inicial por el gesto me dura algo más de lo que me habría gustado.
—No soy de esas que llevan gafas de sol en sitios cerrados para hacerse las interesantes —aclaro, vaya uno a saber por qué.
Él se quita no uno, sino los dos auriculares inalámbricos, para mirarme con tanta intención que por un segundo vacilo.
¿Seguro que no lo conozco? —. Es que me lavé la cara de cualquier manera en el baño después de irme de bares y tengo una pinta que da miedo.
Y, además, llevo un resacón de vodka que lo carga el diablo.
—Pues sí que te han liado los de la fiesta, que te vas a Madrid para el after .
Se me escapa una carcajada tan sincera como incrédula.
Me hace más gracia la despreocupación natural con la que responde que la respuesta en sí misma.
Y me habría gustado estar a la altura de la broma haciendo alarde del ingenio y el humor seco por el que soy conocida —y apreciada, o eso me gusta pensar— en internet, pero tengo el cerebro hecho papilla y me ha invadido una extraña timidez.
—A lo mejor solo me subí al avión por el servicio de bar.
Él hace una mueca cómica que resume de maravilla lo que opina sobre los precios de las copas en zona de control aéreo.
—Joder. No habría dicho que estoy ante una fortuna millonaria —comenta con humor, y señala mi top con un movimiento de barbilla— considerando que no tiene ni para comprarse una camiseta.
Vuelvo a ser consciente de que mi atuendo mataría del susto a un caballero victoriano.
La recalcitrante activista de dieciséis años que habita en mí pugna por castigar su comentario con un rapapolvo antisexismo, pero la curiosidad prefiere concederle el beneficio de la duda y simplemente lo miro con una ceja arqueada.
Sé que él deduce mi expresión pese a las gafas.
—Esa broma fue muy arriesgada, mi niño.
El chico sonríe despacio y hacia abajo, como si hiciera un puchero para contener una carcajada.
Una pareja de hoyuelos aflora justo debajo de las comisuras.
Nunca había visto hoyuelos en esa zona de la boca, hacia la que se me distrae la mirada un instante.
Tampoco había visto a nadie sonreír de ese modo, formando con los labios el paréntesis inverso y aun así confiriéndole al gesto un aire totalmente jovial.
—Ya estaba corriendo un riesgo cogiendo este avión, aunque el porcentaje de probabilidad de estrellarse sea de uno entre once millones. ¿Por qué no otro? —Pausa deliberada—. Y algo me ha dicho que me perdonarías el atrevimiento.
—¿El qué te lo dijo? ¿Que te nombrara aliado en el nombre del padre y del hijo por estar leyéndote una novela sobre mujeres de Irene Solà?
—Señalo el libro. Como un gato mimoso, permanece recostado con mansedumbre sobre sus bermudas.
Luego levanto el mío y lo sacudo a desgana—.
¿Cuál dirías que es el porcentaje de probabilidad de que yo trajera el mismo?
—Pues no sé cuál será el porcentaje de probabilidad de que alguien tenga buen gusto, pero me gustaría pensar que no es tan ínfimo.
En cualquier caso, el libro me lo ha prestado mi hermana.
—Entorna los ojos una fracción de segundo, como si de pronto lo hubieran deslumbrado los faros de un coche, y se me queda mirando con fijeza—.
Y si no eres de esas que llevan gafas de sol en sitios cerrados, entonces...
—Con la misma naturalidad que antes, me quita el accesorio tirando de ambas patillas, las dobla con primoroso cuidado y las deposita en el hueco entre los dos—, ¿quién eres? Yo soy Cesc.
—¿Como el centrocampista del Barça?
Él suspira, de seguro harto de que se lo señalen, pero responde con cómica soberbia.
—Sí, lo apodaron así por mí. Soy un hombre muy influyente.
Vuelvo a reírme, aunque con una nota de agradable incomodidad; la que se siente en compañía de un hombre cuyo remolino de atractiva confianza podría abducirte antes de que te dieras cuenta.
—Pues ya es curioso que compartas el nombre con Fábregas teniendo toda la cara de Guardiola cuando desfiló para Antonio Miró.
—Por lo menos me has dicho a dos del Barça. Bien, bien.
Acepto su mano sabiendo que corro un riesgo —y no de uno entre once millones, sino de once millones entre uno— y se la estrecho.
—Pues claro que eres del Barça. Godo tenías que ser. —Pongo los ojos en blanco, risueña—. Yo me llamo Fayna.
Él levanta las cejas, ni muy finas ni muy pobladas, pero tan cercanas al acantilado de los ojos que le confieren una mirada penetrante. El vello de la ceja izquierda se le interrumpe nada más empezar por culpa de una cicatriz, lo que da impresión de que la tenga despeinada.
—Es un nombre guanche, ¿no?
—Además de experto en probabilidad, experto en antroponimia. ¡Fuertito puntal!
De seguro picado en la curiosidad por la palabra que no conoce, Cesc sonríe con la cabeza ladeada, como un perrito que no entiende una orden.
—Llámame todólogo. Eso es lo que significa «puntal», ¿no? ¿O es «puntar» y lo estás pronunciado como los boricuas?
—En la lucha canaria, un puntal es el luchador de máxima categoría. En el argot popular, se utiliza para referirse a una persona que es muy buena.
—O sea, que soy un crac [1] , como decimos en mi tierra. Estoy pensando —añade enseguida, sospecho que para que no muera la conversación—, pero no se me ocurre ninguna jugadora de fútbol que se llame como tú.
—No hay famosos actuales a los que bautizaran en mi honor, me temo.
Cesc chasquea la lengua sin soltar mi mano ni pestañear.
—Qué jodido ser única en el mundo, ¿no?
Procuro ignorar que el corazón me da un vuelco. Prefiero vivir en la mentira de que soy inmune a los coqueteos inocentes pero adorables de un desconocido... o en el autoengaño aún más grande de que hay algo de inocente en un coqueteo.
O en un desconocido.
—Bueno, la Fayna original, la que me dio nombre, era una princesa de Lanzarote.
—¿Y tú eres su heredera biológica en Tenerife?
—¿Me estás preguntando si soy de aquí?
Se justifica con un humilde encogimiento de hombros.
—Todavía no distingo los distintos acentos isleños.