¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1) Capítulo 1
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¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1)

¡Esto no es una comedia romántica! (¿En tu isla o en la mía? 1)

Por Eleanor Rigby

© inepub.com

Capítulo 1

Fayna

Hubo un tiempo en el que a las celebridades les bastaba con plantarse unas gafas de sol y calarse un sombrero fedora —o una gorra de visera plana si eras rapero— para pasar desapercibidos en su ruta al kiosko.

Hubo un tiempo en el que solo los artistas con verdadero talento eran abordados en plena calle, sufrimiento por el que rara vez pasaba un tipo o tipa que hubiera decidido dedicar su vida a subir vídeos a internet diciendo barrabasadas épicas frente a un círculo de luz LED .

Hubo un tiempo en el que se respetaban la intimidad y el espacio ajenos, o por lo menos se tenía la suficiente vergüenza para disimular la conmoción de ver a un presunto famoso.

Es decir: de ver a una persona de carne y hueso como otra cualquiera.

Por desgracia, ese tiempo no es el año actual, en el que a mí, Persona Que Cotiza Como Influencer , me ha tocado coincidir en el aeropuerto con un rebaño de adictos a TikTok: la única fauna que me prestaría atención en un lugar público con cierta admiración y no con el recelo que aún suscita mi apariencia en sectores como geriátricos y clubes de pádel.

—Espera, espera, calla un momento, Laura. ¿No es esa Fayna? ¿La Fayna que hace vídeos en redes con animales salvajes? Ya sabes, la que da ideas de recetas veganas y de champú ecológico.

Dicho así, no parece que mi contribución al mundo sea significativa.

Nunca he dicho que lo fuera, por otro lado.

—¿@lafaynasilvestre, dices? ¿La que estuvo a punto de morirse de hambre para que no construyeran un hotel?

Sí, es lo que tiene declararse en huelga de hambre por razones políticas: que pasas hambre. Y la protesta estaba fundamentada de sobra porque el mencionado hotel de La Tejita vulneraba la Ley de Costas.

—¡Sí! ¡La que se metió en una pelea con otra influencer porque se fue a Hawái de vacaciones!

Siendo justos con la verdad, formé trifulca porque promocionaba Hawái como si fuera un parque temático para turistas y no una isla cuyas políticas sociopolíticas deberían priorizar el bienestar del lugareño.

—Hombre, tiene sentido que nos la encontremos —tercia un componente masculino—. Es canaria y estamos en Tenerife.

Esa sí es una afirmación cien por ciento verídica.

Chicharrera a muerte.

—Tías, yo no sé de quién estáis hablando, si soy sincero. ¿En serio ahora la gente se hace famosa por sus protestas? ¿Por qué no seguís a streamers y humoristas, como las personas normales?

—Porque tenemos conciencia social, Juan Carlos. Y me gusta ver sus rutinas de autocuidado.

Menos mal que llevo gafas de sol, o por poner los ojos en blanco me habrían estado insultando en Twitter hasta el año que viene.

Tenemos conciencia social, Juan Carlos, pero también tenemos que averiguar qué productos se echa en la cara una chica de veintidós años para... ¡sí, aparentar veintidós años!

Suspirando para mis adentros, agarro el mango de mi maleta de cabina y la patilla de mis Ray-Ban de imitación con la vana esperanza de hacerme invisible mientras paso por delante.

Aunque agacho la cabeza para tratar de mantener un perfil bajo, la de persona anónima es una fachada que yo misma saboteé luciendo una estética tan reconocible como la de Minnie Mouse o Betty Boop.

Se me detectaría aun de espaldas por la melena rubia con rastas intercaladas con trencitas hasta la cintura —algunas matizadas con cuentas de vidrio y otras no— y por las dos mangas de tatuajes coloridos que no se interrumpen ni al llegar a la mano.

Pero incluso si no me hubiera decantado por una apariencia tan antisistema como, por lo visto, mis opiniones, el atuendo o falta de él con el que me disfracé anoche para pegarme una juerga de órdago ya me habría convertido en el blanco de miradas: la parte de arriba de un biquini de triángulo con estampado de leopardo, falda de talle alto y de crochet bajo la que se intuye la ropa interior, un tanga negro, y una colección de collares estilo boho que intentan cubrir sin éxito un exceso de piel bronceada.

Vengo de una fiesta, ¿sí? No me ha dado tiempo a cambiarme. Y, aun así, nadie está juzgando tanto mi vestimenta como yo juzgo la del grupito, que combina sus bermudas con una camiseta blanca que reza « I Love Tenerife ».

Seguro que adoras fleje mi patria.

Por eso vienes a vandalizar charcos protegidos, mi niño.

Se me escapa una sonrisa displicente acordándome enseguida de esa frase manida pero a la que no le falta razón —como a todas las frases manidas— que reza «quiéreme menos y quiéreme mejor».

A fin de evitar un intercambio breve pero incómodo —«¿Eres @lafaynasilvestre?

», «No, te has equivocado»—, me oculto al final de la cola de embarque.

Pasaré desapercibida detrás de un barbudo con sobrepeso y su esposa veinte años menor aficionada a los rayos UVA y a la dieta keto.

Como para mi desgracia sigo escuchando los cuchicheos de los amigos y me da la impresión de que barajan el modo no necesariamente más educado de perturbar mi paz, me enchufo un auricular de cable en cada oído y procedo a reproducir a todo trapo un álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado.

No tardo en arrepentirme. Todavía tengo la cabeza bimbando del reguetón que ha estado haciendo temblar los suelos de los pubs de Verónicas, de donde solo el deber podría haberme despegado tras una fiesta de celebración que pasará a los anales de la historia.

Tengo agujetas en músculos de cuyo nombre no puedo acordarme, el maquillaje se me ha cuarteado alrededor de los ojos y el sabor a alcohol de garrafón sigue adherido a mi paladar como una hostia consagrada.

Acumulo la suficiente experiencia en los sórdidos rincones de la vidilla tinerfeña para saber que, por más que masque chicles de menta y dé sorbos compulsivos a una botella de agua mineral, el malestar no desaparecerá hasta que haya caído en un coma de doce horas de sueño.

Justo lo que habría necesitado con los primeros síntomas de un resacón endemoniado es que un puñado de turistas con acento castellano me hubieran pedido fotos.

Por suerte, eso no va a suceder. Las puertas de embarque se abren por fin y dos azafatas repeinadas con las ganas justas de vivir comienzan a ticar billetes de vuelo.

Como no quiero tentar a la suerte, me aseguro de blindarme contra posibles interrupciones sacando una novela de Irene Solà de mi macuto y abriéndola por una página al azar para fingir que leo.

Sé por experiencia que la gente no teme abordarte si creen que andas deslizando tiktoks o respondiendo wasaps.

Si estás enfrascado en un libro se sienten algo más intimidados.

El aura que confiere diferenciarse como Lector en público, supongo.

Viendo que el embarque se estanca al cabo de diez minutos y empieza a agobiarme la amenaza de autógrafos y preguntas insolentes que se cierne sobre mí, me asomo por un extremo de la cola.

Una de las trabajadoras trata de razonar con un pasajero que se defiende con aspavientos muy medidos, como un diplomático inglés.

Desde mi posición apenas atisbo unas bermudas verde militar y una camiseta de algodón deslavado que se ajusta a su espalda en forma de uve.

La banda de quizá una cámara o quizá una riñonera le cruza el torso.

Lleva en la muñeca un par de pulseras de cabo, un reloj analógico con correa de cuero, una pulserita roja de la suerte y un ojo turco.

Estos dos últimos signos de superstición pican mi curiosidad.

Paro la música con regocijo, decidida a no perder detalle del asalto —contendiente A , Aerolínea de Bajo Coste; contendiente B , Humilde Cliente Con Todas las de Perder— para luego despotricar en redes ante mis tres millones de seguidores.

¿Para qué los tengo, si no es para iniciar una revolución en contra de las grandes empresas?

Según intuyo, la azafata insiste en que su maleta no cumple los requerimientos para embarcar sin pagar el módico precio de —redoble de tambores— ¡sesenta euros!

¡Sin los noventa y nueve céntimos! ¡Chollazo!

Ahí donde yo me habría liado a bolsazos hasta quedarme sola, el chico no se altera explicando su desacuerdo.

Tiene una voz lo bastante grave para llegarme a pesar de la distancia, pero no entona sus protestas malhumorado —si es que sus argumentos lógicos pueden entrar en la categoría de protesta—, sino con ligereza y hasta cierta amabilidad.

Al asomarme con mucha menos discreción por las espaldas del rubicundo alemán, la melena me acompaña en el movimiento y pienso en un golden retriever que saca la cabeza por una ventanilla.

No he volado lo suficiente para haber presenciado altercados de esta índole, pero sí que paso suficiente tiempo colgada de los reels de Instagram para haberlos vivido en diferido.

No tienen desperdicio.

Aun así, no es el contenido de la discusión lo que me interesa.

El chico lleva el pelo oscuro rapado al uno y una colección de piercings en la oreja del perfil derecho. Citados de abajo a arriba, serían dos pendientes, tragus, daith, helix e industrial.

El veredicto de una madre que quiere casar bien a su hija sería el siguiente: macarra.

Perroflauta. Delincuente. Tres etiquetas que me han colgado a mí misma por idénticas razones y que pasados los primeros años de adolescencia, en los que por desgracia aún no me resbalaban, terminé abanderando con orgullo patriótico.

Entre las perforaciones y el ojo turco, siento una simpatía instantánea hacia él.

La misma que me invade cuando me cruzo con un motero que viste una camiseta de Ska-P u oigo a alguien preguntarle al barista si tiene leche vegetal.

Esta simpatía solo aumenta cuando agarra su maleta y se dirige sin prisa pero con seguridad al punto de medición del equipaje, que da la casualidad de que se encuentra justo a mi lado.

Nada más situarse en cuclillas frente al aparato, concentrado en la gloriosa tarea de hacer justicia, me llega un rastro de colonia masculina tan sutil que creo habérmelo imaginado.

Pero no lo he imaginado. Aparte de jabones, comparto recetas para hacer fragancias ecológicas y percibo un conjunto familiar de notas: cuero, madera y algo dulzón.

¿Este pibe lleva Creed Aventus? ¿Alrededor de doscientos cuarenta euros de perfume de nicho?

Para decepción del público expectante que se ha granjeado en cuestión de minutos con su audacia — ¿cómo se atreve a desobedecer las leyes de la aerolínea?

—, su maleta no cabe por culpa del asa, que sospecho que sobresale por haberse encasquillado.

Esto no le frena ni le desalienta. Saca la maleta de un movimiento fluido con un brazo que podría robar las estrellas del firmamento como quien arranca frutos de un naranjo, extrae el tirador y, colocando el pie en el borde y haciendo palanca con la mano, lo arranca de cuajo.

Acto seguido, coloca la maleta en el medidor de nuevo, ahora con la misma solemnidad con la que un sacerdote entrega el bebé recién bautizado a sus padres.

Esta vez sí entra.

Un aplauso generalizado, preñado de vítores y carcajadas, se levanta en la cola. Algunos han sacado el móvil para inmortalizar la escena, temerosos, a lo mejor, de no tener el suficiente carisma para narrar la anécdota sin apoyo audiovisual.

Hasta la azafata sonríe y niega con la cabeza.

No creo que sea porque le haya divertido la exhibición de maña y fuerza, sino porque una suele sentirse inclinada a perdonar las travesuras de los chicos guapos.

No puedo sino entenderla cuando él, aún agachado con cuidado de que la funda de la cámara — es una cámara, entonces — no sufra daños o perjuicios, levanta la cabeza y mira con profunda satisfacción a la primera persona que encuentra.

Yo.

Si no hubiera perfeccionado el arte de la indiferencia, de seguro habría dado un respingo al recibir su atención.

El chico curva los labios en una especie de sonrisa de Mona Lisa que oculta un placer retorcido, el de haberse salido con la suya, y ladea la cabeza levantando las cejas, un gesto que viene a decir: «Para que veas, guapa».

(Lo de «guapa» lo añado de mi cosecha, lo confieso.)

Por un segundo lamento llevar las gafas de sol puestas. Habríamos podido mirarnos mejor.

Se incorpora ágilmente, se carga la maleta bajo un brazo como una mujer indígena su cántaro de agua y pasa su billete por el escáner para perderse pasillo abajo. Los aplausos de la cola le persiguen como un séquito de fieles.

En tanto que desaparece, me da tiempo a ver asomar entre las cremalleras traseras de su segundo macuto el borde blanco desvaído de un libro de la editorial Anagrama y los colores de una imagen de portada que me suena.

Claro. Es el mismo ejemplar de Irene Solà que yo estaba sosteniendo para ahuyentar a las bestias, solo que su versión original en catalán, Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres .

«Pues ya es casualidad», pienso con un extraño ardor en el pecho, y sigo avanzando ahora que ningún hombre con recursos y los ojos más bonitos del planeta está desafiando el status quo .