Capítulo 17
El timbre de mi piso no sonó. Jaime, demostrando una delicadeza que me encogió el corazón, prefirió arañar suavemente la madera de la puerta con los nudillos para no alterar el silencio del vecindario.
Me levanté del suelo del pasillo, con las piernas aún un poco flojas y giré las llaves con rapidez.
En cuanto la puerta se abrió, me topé con él.
Llevaba unos vaqueros arrugados, una camiseta cualquiera puesta del revés y los ojos cargados de una preocupación tan genuina que me desarmó.
No dijo nada. No hizo preguntas. Dio un paso adelante, me envolvió en sus brazos grandes y me pegó contra su pecho con una fuerza que me devolvió el eje del mundo en un segundo.
Me colgué de su cuello, enterrando la cara en su hombro, y dejé que el resto de la tensión se evaporara en forma de lágrimas silenciosas contra su piel. Jaime me acariciaba el pelo, subiendo y bajando la mano por mi espalda, mientras me mecía sutilmente en mitad del recibidor oscurecido.
—Ya está, Vic... Ya está. Estoy aquí —susurró contra mi oído, con esa voz grave que tenía la capacidad de calmarme—. Estás a salvo. Todo está bien.
Me levantó en vilo con una facilidad sorprendente, sin romper el abrazo, y me llevó hasta el dormitorio.
Nos tumbamos juntos en la cama, de lado, manteniéndome pegada a su cuerpo.
Me retiró con el pulgar los restos de lágrimas de las mejillas, mirándome con una ternura infinita.
Me quitó las zapatillas que aún llevaba puestas y nos cubrió con la sábana.
Durante el resto de la noche, Jaime no buscó nada más que protegerme.
Me acunó el cuerpo con el suyo, entrelazó nuestras piernas y mantuvo su mano firme sobre mi cintura, transmitiéndome su calor, recordándome con cada respiración acompasada que el pasado ya no podía tocarme.
Dormir abrazada a él fue como encontrar, por fin, un puerto seguro en mitad del océano.
A la mañana siguiente, el sol entró con fuerza por el balcón.
Me desperté con el olor a café y vi una nota en la mesilla: "He bajado a por churros para la campeona.
Vuelvo en cinco minutos. Te quiero". El corazón me dio un vuelco al leer ese "te quiero", escrito de forma tan natural sobre un papel de cocina.
En ese momento, el móvil vibró. Era Bea. Respondí al instante.
—¡Hola, cielo! —canturreó mi amiga desde el otro lado—. Llamo para el control de calidad. ¿Está nuestra actriz principal preparada para el despliegue familiar? ¿Tienes el guion aprendido? Aunque no sé exactamente qué vais a interpretar en vuestra relación…
—Hola, Bea —respiré hondo, sentándome en la cama—. Sí, estoy preparada. Pero... pasó algo anoche. Después de que os fuerais, Carlos vino a casa. Intentó colarse, se puso violento y tuve que amenazarle con llamar a la policía. Incluso salió Manuel, el vecino, a echarme un cable.
El silencio al otro lado de la línea duró un segundo antes de que estallara el terremoto.
—¡¿Qué ese pedazo de imbécil hizo qué?! —rugió Bea, transformándose en una auténtica fiera—.
¡Me cago en su estampa y en toda su sucursal bancaria!
¡¿Pero quién se cree que es?! ¡Voy a ir ahora mismo a su oficina y le voy a arrancar la corbata con los dientes, te lo juro por mis plantas!
¡Acosador de mierda! ¿Estás bien, Vic? Dime que estás entera.
¿Quieres que Alba le monte una querella esta misma mañana? ¡Porque lo hacemos!
—Estoy bien, de verdad, Bea —me reí bajito, emocionada por su nivel de protección—. Jaime vino a los diez minutos y se quedó a dormir conmigo. Me cuidó muchísimo. Ya está todo hablado y zanjado con Carlos. Le dejé clarísimo que estoy enamorada de otro y que no vuelva a pisar mi calle.
—Más le vale... —gruñó Bea, aún resoplando de pura rabia—. Bueno, menos mal que San Jaime acudió al rescate. Le convalidamos el título de novio oficial pero ya.
—Escucha, Bea, me tengo que ir —dije, mirando el reloj de la mesilla con un respingo—. Jaime está a punto de volver con el desayuno y no quiero llegar tarde a la reunión con mi hermana antes de que empiece la fiesta. Deséame suerte.
—Toda la del mundo, Vic. Si Elena se pone tonta, le lanzas un bollo a la cabeza. ¡Te queremos!
Colgué el teléfono con una sonrisa. Tras un desayuno rápido cargado de besos con sabor a azúcar y café, Jaime y yo nos vestimos para el gran asalto familiar.
Él se puso unos pantalones chinos oscuros y una camisa de color blanco que le daba un aire de elegancia informal irresistible.
Yo opté por un vestido midi de flores, fresco pero arreglado.
El trayecto en coche hacia el norte de la capital lo pasamos repasando los últimos detalles de nuestra "historia", agarrados de la mano sobre la palanca de cambios, alternando los nervios con risas cómplices.
Treinta minutos después, el coche se detuvo frente a la verja de la casa de mis padres. El jardín estaba decorado con globos blancos, la música clásica sonaba de fondo y ya se divisaba el coche de mi hermana Elena aparcado en la entrada.
Apagué el motor. Miré la fachada de la casa familiar y luego miré a Jaime. Él me dedicó esa sonrisa reconfortante, me dio un apretón firme en los dedos y me guiñó un ojo. La hora de la verdad había llegado.