¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 16
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Capítulo 16

El sonido del pomo sacudiéndose contra el marco metálico cesó durante tres segundos eternos, sustituido por el golpe sordo de sus nudillos contra la madera.

—¡Vic! Sé que estás ahí dentro. Abre de una puta vez —la voz de Carlos llegó amortiguada, pero arrastraba una vibración espesa, cargada de alcohol y de una frustración largamente contenida—. He visto luz en el salón desde la calle. No me hagas esto. Abre.

Sentí que un frío helado me recorría la columna vertebral, pero en lugar de paralizarme o correr a esconderme bajo las sábanas como habría hecho tres meses atrás, algo cambió dentro de mí.

Una chispa de pura indignación prendió en mi estómago.

Estaba harta. Harta de tener miedo en mi propia casa, de esconder la pantalla del móvil, de arrastrar culpas que no eran mías y de permitir que su incapacidad para aceptar la realidad gobernara mi vida.

Con las manos firmes, giré la llave del pestillo. Abrí la puerta de golpe, manteniéndome firme en el umbral, bloqueando el paso con todo mi cuerpo.

Carlos dio medio paso atrás, sorprendido por mi súbita aparición.

Al mirarlo de cerca, la luz del descansillo confirmó mis sospechas: tenía los ojos inyectados en sangre, la corbata del banco medio suelta y el olor a ginebra barata le precedía.

Al verme en pijama, con la mirada fría y cortante, su expresión mutó de la rabia a una desesperación patética.

—Vic... por fin —dio un paso adelante, intentando cogerme del brazo, pero yo di un paso atrás hacia el interior del pasillo, cruzándome de brazos—.

Tienes que escucharme. Me equivoqué, ¿vale?

Me equivoqué muchísimo. Lo de dejarlo...

fue una estupidez. Estaba estresado por la oficina, bajo mucha presión.

Llevo semanas sin dormir, pensando en ti, en nosotros.

Cuatro años no se tiran a la basura por un bache.

Podemos volver a empezar. Te juro que voy a cambiar.

—No hay ningún "nosotros", Carlos. Se terminó —mi voz sonó extrañamente calmada, rotunda, como el golpe de un mazo contra la mesa—. Lo bloqueé todo para que lo entendieras. No te quiero en mi vida. Vete a tu casa.

Al ver que sus palabras no surtían efecto, la vulnerabilidad de Carlos desapareció, devorada por ese orgullo herido y violento que tanto me había asfixiado en el pasado.

Su rostro se transformó, dio un paso agresivo hacia el umbral y apoyó las dos manos con fuerza contra el marco de la puerta, acorralándome en mi propio espacio.

—¿Que no te quiero en mi vida? ¡No me vengas con esas, Victoria!

—gritó, alzando la voz de un modo que hizo eco en todo el tiro de la escalera—.

Sé perfectamente lo que pasa. Estás zorreando con el puto ese de la Latina, ¿verdad?

Te abres de piernas para el primero que pasa y a mí me tratas como a un perro.

¡No te vas a reír de mí! ¡Abre la puerta del todo que vamos a hablar de esto ahora mismo!

Hizo el amago de empujar la madera para colarse en mi pasillo, y su mirada fija, violenta y descontrolada me encendió todas las alarmas.

El pánico intentó colarse, pero no permití que ganara la partida.

Saqué el móvil del bolsillo del pijama con un movimiento limpio y se lo planté a un centímetro de la cara.

—Da un solo paso más hacia el interior de esta casa y marco el 091 ahora mismo, Carlos —le siseé, sosteniéndole la mirada con una furia que jamás le había mostrado—. No te tengo miedo. No me vas a volver a gritar en tu puta vida. ¡Fuera de aquí!

—¡¿Pero de qué coño vais?! —una voz ronca y potente estalló desde el piso superior.

La puerta del 4ºB se abrió de golpe y Manuel, un vecino de unos cincuenta años que trabajaba en el servicio de limpieza del ayuntamiento, asomó la cabeza por la barandilla de la escalera, vistiendo una camiseta de tirantes y con el gesto torcido por el insomnio—.

¡Son las dos de la mañana! Llevas diez minutos aporreando la puerta y gritando como un desquiciado, chaval.

Como vuelvas a tocar ese pomo o a levantarle la voz a la vecina, bajo yo mismo y llamo a la policía local antes de que pestañees. ¡Lárgate a tu casa a dormir la mona!

Carlos se quedó congelado, con los brazos aún apoyados en el marco.

Miró hacia arriba, luego me miró a mí y vio que mi dedo estaba, efectivamente, apoyado sobre la pantalla del móvil dispuesto a lanzar la llamada de emergencia.

El baño de realidad le sentó como un cubo de agua congelada.

La fachada de tipo duro se le desmoronó por completo, dejando paso a una súplica lastimera.

—Vic... por favor —susurró, con los ojos llenos de una mezcla de rabia y lágrimas—. No me hagas esto. Solo quiero hablar. Te quiero.

—No, Carlos. Tú no me quieres. Tú quieres poseerme, y yo ya no soy tuya —le respondí, dando un paso adelante para obligarle a salir del umbral—.

Escúchame bien porque es la última vez que me vas a oír en tu vida.

Estoy enamorada de alguien más. De un hombre que me respeta, que me escucha y que sabe lo que significa la palabra libertad.

No empeores más las cosas. Ten un mínimo de dignidad, Date la vuelta, baja esas escaleras y no vuelvas a aparecer por mi vida jamás.

Si vuelvo a ver tu coche cerca de mi calle, te juro por mi madre que te pongo una orden de alejamiento.

Carlos dio dos pasos hacia atrás, completamente destrozado, asimilando mis palabras como si fueran puñaladas en su orgullo. Me dedicó una última mirada cargada de un veneno impotente, se dio la vuelta y empezó a bajar los escalones a zancadas, haciendo retumbar el portal.

Esperé a escuchar el portazo de la entrada principal del edificio abajo del todo. Cuando el silencio regresó a la escalera, miré hacia arriba.

—Gracias, Manuel. De verdad —le dije a mi vecino, con la voz empezando a quebrarse por la adrenalina que empezaba a abandonar mi cuerpo.

—No hay de qué, Vic. Asegura bien esa puerta. Si vuelve, me pegas tres golpes en el techo y bajo con la escoba —asintió el hombre, volviendo a cerrar su puerta con suavidad.

Cerré mi puerta, pasé las dos vueltas de la llave, eché el cerrojo de seguridad y apoyé la espalda contra la madera.

En cuanto me vi a salvo en la penumbra de mi pasillo, las piernas me fallaron por completo.

Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo de madera, abrazando mis rodillas.

Empecé a temblar de forma incontrolable, un temblor de pura descarga emocional.

Tenía el corazón golpeándome las costillas a una velocidad ridícula.

Con los dedos torpes y vibrando por el shock, busqué el teléfono. No llamé a las chicas. Necesitaba otra voz. Necesitaba su voz.

Busqué el chat anclado y pulsé el icono de llamada. El tono sonó una, dos veces...

—¿Vic? —la voz de Jaime saltó al otro lado de la línea, pastosa, profundamente dormida pero transformándose en pura alerta en un segundo—. ¿Pasa algo? Son las dos y cuarto. ¿Estás bien?

Al escuchar el eco de su preocupación, la primera lágrima de la noche me resbaló por la mejilla, pero no era una lágrima de dolor; era de puro alivio.

—Jaime... por favor —conseguí decir, con la voz rota y un hilo de temblor en cada letra—. Necesito que vengas. Carlos ha estado aquí. Ya se ha ido, pero... por favor, ven a mi casa.

—Voy para allá. No cuelgues. Estoy saliendo por la puerta.