Capítulo 15
Las tres semanas siguientes pasaron a la velocidad de un rayo de sol.
Jaime y yo nos habíamos vuelto adictos el uno al otro.
Cenábamos en su piso, desayunábamos en el mío, paseábamos por el Retiro y nos perdíamos en besos robados en los portales de Malasaña.
Estábamos muy enamorados; se nos notaba en la forma de mirarnos, en cómo buscábamos nuestras manos de manera inconsciente al andar y en esa complicidad que seguía quemándonos por dentro.
Sin embargo, seguíamos flotando en ese limbo delicioso y sin etiquetas.
No éramos "novios oficiales" —al menos no fuera del guion que estábamos montando para mi hermana—, pero nos pertenecíamos con cada mirada.
Por eso, el paso definitivo antes del gran día del cumpleaños de mi madre era la cena de presentación oficial con Alba y Bea. Un juicio inevitable.
—A ver, Jaime, una pregunta de vital importancia —dijo Bea, apuntándole con un pincho de tortilla de patatas en mitad de mi salón—. Si Vic se pone a cantar canciones de Taylor Swift en el coche a grito pelado y desafinando en tres tonos distintos, ¿tú qué haces?
—Le subo el volumen a la radio y le hago los coros —respondió Jaime sin pestañear, dándole un trago a su cerveza y dedicándome una mirada de reojo cargada de picardía.
Alba, sentada con las piernas cruzadas en el sillón, asintió lentamente con la cabeza, anotando mentalmente un punto a su favor.
—Buena respuesta. Ha superado la sección de tolerancia musical —aprobó Alba, sonriendo por fin—. Ahora en serio, gracias por meterte en este embolado del cumpleaños. Elena puede ser... intensa. Muy intensa. Un cruce entre Pepa Bueno e Inquisidora Mayor de Castilla.
—Estoy entrenado para las reformas más duras de Madrid, chicas.
Creo que podré sobrevivir a una cena familiar —bromeó Jaime, estirando el brazo por encima del sofá para entrelazar sus dedos con los míos.
El calor de su mano me devolvió instantáneamente la paz—.
Además, el guion lo tenemos clarísimo. Nos conocimos en una exposición de diseño, fue amor a primera vista y llevamos meses saliendo discretamente. Impecable.
La cena fue un éxito rotundo. Mis amigas, que al principio iban dispuestas a hacerle un tercer grado digno de la Audiencia Nacional, cayeron rendidas ante su encanto, su naturalidad y la forma tan bonita y respetuosa con la que me trataba.
Había una verdad tan grande entre nosotros que a veces a mí misma se me olvidaba que la mitad de la historia era un montaje para mi familia.
La mitad.
Tal vez lo único que era falso era que no éramos oficialmente novios. Al menos ninguno de los dos había puesto en palabras nuestra relación.
A medianoche, la cena llegó a su fin. Jaime se ofreció a acompañar a Alba y a Bea a coger un taxi antes de marcharse a su propio piso, ya que al día siguiente madrugaba para supervisar la instalación de unos muebles en un hotel de Chamberí.
—Te veo mañana, Victoria. Descansa —se despidió en el umbral de la puerta, acunando mi rostro con sus manos grandes y dándome un beso lento, profundo, de esos que te dejan las piernas de trapo y el corazón latiendo al revés.
—Buenas noches —susurré, viéndole caminar por el pasillo del brazo de mis amigas, que me hacían gestos de aprobación absoluta a sus espaldas.
Cerré la puerta y eché el pestillo, suspirando de pura felicidad.
El piso se había quedado en un silencio cálido.
Me entretuve un rato recogiendo los vasos de la mesa, metiendo los platos en el lavavajillas y tarareando una melodía bajito, aún con el sabor de sus labios grabado a fuego en mi boca.
Estaba sola, en pijama, disfrutando de esa resaca emocional tan bonita que te deja una noche perfecta con la gente que quieres.
A la una de la madrugada, apagué la luz del salón. Justo cuando enfilaba el pasillo hacia mi dormitorio para irme a la cama, un ruido extraño me hizo detenerme en seco.
Clac. Clac.
Venía de la puerta principal. Al principio pensé que era algún vecino ruidoso en el descansillo, pero el sonido se repitió, más nítido, más insistente.
Alguien estaba tocando el pomo de mi puerta desde fuera.
No estaban llamando al timbre. Estaban intentando girar la manilla, empujando la madera con una familiaridad pesada y torpe.
El corazón me dio un vuelco violento, borrando de un plumazo toda la calma de la noche. Caminé de puntillas por el pasillo, conteniendo la respiración, hasta pegarme a la puerta de entrada. Miré por la mirilla.
La luz fluorescente del descansillo iluminaba una silueta que reconocí al instante, y el estómago se me cayó directamente a los pies.
Era Carlos.
Llevaba una cazadora oscura, el pelo ligeramente despeinado y una expresión de pura frustración y rabia contenida grabada en el rostro.
Tenía el móvil en una mano y con la otra volvía a aferrar el pomo de mi puerta, zarandeándolo con brusquedad al ver que estaba echada la llave.
Parecía fuera de sí, consumido por el orgullo herido de llevar semanas bloqueado, ignorado y apartado por completo de mi vida.
Los desplantes y mi silencio absoluto lo habían traído directo a mi alfombrilla, dispuesto a exigir las explicaciones que yo ya no le debía.
Me quedé congelada en el interior de la casa, a oscuras, con la mano en el pecho sintiendo mis propios latidos desbocados y el ruido metálico del pomo vibrando en el silencio de la noche.