¿Esto ha sido un flechazo? Capítulo 14
78%

Capítulo 14

El olor a café recién hecho tiene la capacidad de resucitar a cualquiera, pero si además viene acompañado por el sonido de una sartén y el aroma a mantequilla tostada, cruza la línea de lo místico.

Abrí los ojos despacio, estirándome entre las sábanas de mi cama.

La luz de la mañana inundaba la habitación de un modo limpio y  cálido.

Al girarme, el hueco a mi lado estaba vacío, pero la almohada todavía conservaba ese aroma a él que me había hecho flotar toda la noche.

Sonreí como una auténtica boba, tapándome la cara con la sábana.

Había pasado. Madre mía, había pasado. Y había sido... Increíble.

Me levanté arrastrando los pies, me puse una camisa de rayas que encontré tirada en la silla y caminé descalza hacia la cocina.

Allí estaba Jaime de espaldas, vistiendo únicamente sus pantalones de chándal grises, con el pelo deliciosamente alborotado por el sueño.

Estaba concentrado volcando unos huevos revueltos sobre dos tostadas de pan de masa madre.

Al escuchar mis pasos, se giró y esa sonrisa enorme y perfecta volvió a dibujarse en sus labios.

—Buenos días, Victoria —dijo, dejándolo todo en la encimera y atrapándome por la cintura en cuanto me tuvo cerca—. Pensaba llevarte el desayuno a la cama, pero veo que tú has sido mucho más rápida.

—Buenos días —susurré, apoyando las manos en su pecho desnudo, sintiendo el calor de su piel—. Huela a gloria. ¿De dónde has sacado el pan?

—Tengo mis trucos —me guiñó un ojo, dándome un beso corto pero jodidamente encendido en los labios—. Y hablando de trucos... ponte esto. No quiero que cojas frío en los pies.

Se agachó y dejó frente a mí las zapatillas de lona blancas gigantes de la otra noche. Al meterme en ellas, volví a parecer un Hobbit con ropa de adulto. Solté una carcajada, mirando el contraste de mis piernas desnudas con semejantes lanchas en los pies.

—Definitivamente, eres mi estilista oficial de calzado desastroso —bromeé, subiéndome a una de las banquetas de la isla.

Nos sentamos a desayunar entre risas, robándonos trozos de tostada y compartiendo la taza de café.

Había una comodidad tan natural entre nosotros, un hilo de complicidad tan limpio, que costaba creer que solo nos conociéramos de unas pocas semanas.

Jaime me miraba de esa forma que te hace sentir el centro del universo, bromeando sobre las técnicas de respiración que tendría que ensayar para aguantar a mi hermana Elena en el cumpleaños.

—A ver, los novios formales se dan la mano por encima de la mesa, ¿no? —preguntó él, entrelazando sus dedos con los míos con fingida seriedad—. Y se miran con cara de "estoy colgadísimo por ella". Lo segundo no me va a costar mucho ensayarlo.

Sentí que las mejillas me ardían de golpe. Cuando iba a replicarle con alguna bordería divertida para camuflar mi timidez, el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta principal nos congeló a los dos con las tostadas a mitad de camino.

Clac, clac.

—¡Vic! ¡Traemos cruasanes de manolitos y ganas de vivir! —la voz de Bea retumbó desde el pasillo, seguida por el eco de sus tacones—. ¡Abre esa boca que venimos a hacer el informe pericial de la cita!

—¡Y trae café de especialidad! ¡Que sabemos que el tuyo no se puede beber —añadió Alba, cerrando la puerta a sus espaldas.

Me quedé petrificada. Jaime arqueó una ceja, con una sonrisa de pura diversión contenida, mirando alternativamente hacia el pasillo y hacia mí. Yo seguía con su camisa puesta, las zapatillas tres tallas más grandes y él estaba... bueno, él estaba sin camiseta en mitad de mi cocina americana.

No me dio tiempo ni a pestañear. Alba y Bea doblaron la esquina del pasillo de golpe, cargadas con bolsas de papel y vasos de cartón.

Y se obró el milagro del silencio absoluto.

Bea se quedó con la boca tan abierta que temí que se le desencajara la mandíbula.

La bolsa de los cruasanes se le resbaló de los dedos, cayendo sobre el suelo de madera.

Alba, por su parte, se ajustó las gafas de sol sobre la nariz con una lentitud de película, analizando la estampa: los platos compartidos, mi ropa, el torso desnudo de Jaime y la atmósfera que apestaba a hormonas felices.

—Hola, chicas —saludó Jaime con una tranquilidad pasmosa, levantando su taza de café a modo de brindis—. Soy Jaime. Encantado.

Alba parpadeó dos veces, recuperando su faceta de abogada penalista en tiempo récord. Miró a Jaime, luego me miró a mí y carraspeó, dando medio paso atrás.

—Hola. Sí. Jaime. El... el interiorista —consiguió decir Alba, con una voz extrañamente aguda—. Nosotras... esto... nos hemos equivocado de piso. Claramente.

—¡Completamente equivocado! —reaccionó Bea, saliendo de su estado de trance con un brinco—. ¡Qué despiste! Es que... queríamos ir a la churrería de la esquina y nos hemos metido aquí por... por inercia. Sí, eso. Inercia.

—Bea, esta es mi casa —murmuré, tapándome la cara con las manos, roja como un tomate de huerta.

—¡Ya, ya! Pero la churrería tiene una fachada parecida —improvisó Bea de una forma lamentable, agachándose a toda prisa para recoger la bolsa de cruasanes del suelo—. Bueno, nos vamos. No queremos molestar a los... a los autónomos en su jornada laboral. ¡Haced mucho networking! ¡Adiós!

Alba agarró a Bea del brazo y, con una sincronización digna de un equipo de natación olímpica, se dieron la vuelta a la de tres y salieron pitando por el pasillo.

Escuché el sonido de la puerta principal cerrarse con un golpe seco, seguido por una explosión de chillidos y risas ahogadas que venían desde el hueco de la escalera.

Me quedé en silencio, con los ojos fijos en la mesa, deseando que la tierra me tragara por vigésima vez esa semana.

Cuando me atreví a mirar a Jaime, el tío estaba apoyado en la encimera, con los hombros temblando por el esfuerzo de no soltar una carcajada brutal. Al final, no pudo más y su risa incontenible inundó toda la cocina.

—Joder, Vic —consiguió decir, secándose una lágrima de la risa con el dorso de la mano—. Tus amigas son un auténtico espectáculo. Ahora entiendo perfectamente de dónde sacas ese don para el drama.

—Te juro que no sabían que estabas aquí —protesté, escondiendo la cabeza en su hombro mientras él me rodeaba con los brazos, aún riéndose—. Oficialmente, mi dignidad acaba de mudarse a otra comunidad autónoma.

—Pues a mí me han parecido encantadoras —murmuró, dándome un beso en el pelo—. Y además, nos han dejado los cruasanes. Creo que el ensayo para el cumpleaños de tu madre va a ser mucho más divertido de lo que pensaba.